Tarkovski y sus apuntes: el arte de pensar lo intraducible

Autor: Pablo Marín

Se publican en español los textos que el cineasta ruso redactó para la Comisión Cinematográfica de la URSS. Atrapad la vida se suma a las traducciones de Esculpir en el tiempo y de los diarios de entre 1970 y 1986.


No sin fruncir ceños, la revista Sight & Sound acuñó a fines de los 2000 la expresión “cine lento” (slow cinema) para definir propuestas más bien contemplativas que ganaban adeptos en el circuito festivalero. “Es una expresión práctica y se usa en la medida que funciona”, declararía en 2015 Nick James, el director de la publicación británica, la misma que cada 10 años moldea el canon fílmico a través de una célebre encuesta. Y remata: “Creo que describe apropiadamente lo que llamaríamos el cine de los hijos de [Andréi] Tarkovski”.

Si esta anécdota viene hoy a cuento es como insumo para una discusión: ¿Hay algo de tarkovskiano en nuestro tiempo? En los 31 años transcurridos desde su muerte, ¿ha pesado el realizador de Stalker? Pareciera que, con todo, algo ha habido: piénsese, por ejemplo, en Steven Soderbergh, James Cameron y George Clooney tratando en 2002 de estar a la altura de Solaris (1972); o en Abbas Kiarostami contándole a Akira Kurosawa, en 1993, sobre un funcionario iraní que le dijo que el cineasta nipón y Tarkovski eran los únicos cineastas extranjeros “que cumplían los preceptos del sistema de valores” de las artes en su país. Lo otro son los libros.

Si el hoy referencial Esculpir en el tiempo propuso a principios de los 90 un set de reflexiones sobre estética y poética del séptimo arte, hubo que esperar hasta 2011 para Martirologio: los diarios donde Tarkovski plasmó vivencias, sueños e intereses entre mayo de 1970 y diciembre de 1986, dos semanas antes de su muerte. Pero faltaba: a principios de 2017, otro inédito en lengua española dejó finalmente de serlo.

Con traducción directa del ruso, llega a los escaparates locales Atrapad la vida. Lecciones de cine para escultores del tiempo. El volumen reúne los apuntes usados en los cursos de especialización postuniversitaria que impartió de 1967 a 1981 en la Goskino (la comisión estatal de cine de la URSS) e incorpora artículos aparecidos en revistas soviéticas.

Los guionistas no existen

“Prestamos poca atención a la vida. Nos mostramos desatentos y negligentes hacia ella, que es la razón del arte. Nos ocupamos de nuestras obras sentados en nuestros despachos, tal como decía Julio Verne. Así ha surgido una enorme cantidad de clichés, una especie de lengua convencional, un extraño esperanto”.

Poseído por un quehacer que dialoga con otros pero que tiene sus propias lógicas, el director de El sacrificio asoma para el mundo con aires de místico y de poeta. Pero, puestas por escrito, sus inquietudes y sus percepciones del oficio cobran vida y agarran vuelo.

A veces, como le pasaba a su admirado Robert Bresson, parece describir un cine, el de su tiempo, insatisfactorio, banal, lejos aún de aquel que tiene en su cabeza y al que aspira a llegar. Y sin embargo, no es ese un mundo de símbolos ni de abstracciones, sino que está hecho de la vida misma. ¿En qué se equivocan, entonces, los cineastas, Tarkovski incluido? Él mismo ensaya una respuesta:

“Nos dedicamos a contar historias, pequeñas historias en una lengua vieja que ya no nos pertenece, y nos las repetimos los unos a los otros sin poder ofrecer nada a nadie. Bueno, pueden atraer a cierto público y aumentar la recaudación. Pero, en general, con respecto a lo esencial, el cine aún no ha sido abordado con demasiada seriedad”.

De ahí que Atrapad la vida esté poblado de afirmaciones acerca del arte en general (“es la tentativa de establecer un equilibrio entre el infinito y la imagen”), del arte cinematográfico en particular (“así como el músico tiene ‘oído’, el director debe poseer cierto órgano de control que le permita traspasar los confines de su conocimiento de la vida”) y de los distintos aspectos del oficio.

Aspectos como el guion, aun si “los guionistas no existen”. Para este trabajo, agrega, sólo califican quienes “entienden a la perfección qué es el cine, o bien directores capaces de organizar por sí solos el material literario”. Y si no ocurre lo segundo, el realizador “debe contar no sólo con un guionista-sicólogo, sino con un guionista-siquiatra”. Ello, porque “el resultado material de la película depende (…), a menudo de manera decisiva, del estado concreto de desarrollo de un personaje”.

Para un cine de autor, propone Tarkovski, “es imposible exponer una idea por medio del lenguaje literario”. Tanto así, que el soviético celebra películas como Vivir su vida, de Jean-Luc Godard -cuyo guión completo “cabía en una única hoja”- y Sombras, de John Cassavetes, donde el guión surge de las escenas filmadas y no al revés.

Si es por admirar cineastas, también hay elogios para el petersburgués Aleksei German, por Veinte años sin guerra, y para los georgianos Otar Iosseliani y Serguéi Paradjanov. Al analizar sus obras, así como las de músicos, poetas y escritores, no deja de pensar en su arte de esculpir el tiempo ni en la finalidad última del arte, que “no es enseñar, sino, por así decirlo, aligerar el alma y dirigir la mirada hacia la verdad, hacia el bien”.

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