El camino de Santiago para adjudicarse los Panamericanos

El fracaso de 2013 dejó enseñanzas para intentar una nueva postulación, que a pesar de los obstáculos, fue mucho más sencilla que la anterior.


 Uno de las grandes apuestas del gobierno de Sebastián Piñera y del Comité Olímpico de Chile fue conseguir la organización de los Juegos Panamericanos de 2019. La apuesta fue en grande, con un amplio despliegue de recursos y un intenso lobby ante el resto de los comités que componían la Odepa.

El trabajo realizado fue catalogado como “exitoso” por las autoridades deportivas y políticas, quienes se mostraban muy confiadas en lograr la sede. No obstante, la decepción fue mayúscula cuando al momento de la votación, Lima se impuso en primera vuelta con 31 votos a favor contra 9 de la capital chilena.

Luego del fracaso, se puso en duda intentar la postulación para 2023. El cambio de gobierno también puso una cuota de incertidumbre, por lo que significaba emprender una nueva campaña. Pero también estaba el antecedente directo de Lima, que en 2007 había perdido ante Toronto y que en su segunda candidatura consecutiva logró el objetivo. Además, estaba lo avanzado en el proyecto presentado en 2013, lo que aseguraba no comenzar de cero.

Así, a mediados del año pasado comenzaron las conversaciones entre el Ministerio del Deporte, Hacienda y la Presidencia para comprometer el apoyo a la postulación de 2023. La incertidumbre se estiró hasta el último día de plazo, principalmente por las tensiones que hubo con el ministro Rodrigo Valdés, quien tenía serias aprensiones para iniciar una empresa de esta envergadura.

A esas alturas también se sabía que si Santiago se presentaba tendría la carrera ganada, pues ningún país estaba dispuesto a competir. Pero ante las dudas del gobierno, Buenos Aires se presentó pensando en una eventual baja nacional. No obstante, con la ratificación criolla, los transandinos decidieron restarse a los pocos meses y así hoy concretar el viejo sueño panamericano.

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