Juan Cristóbal Guarello

Juan Cristóbal Guarello

Periodista y panelista de El Deportivo.

El Deportivo

Cancha rayada

Reinaldo Rueda durante su presentación oficial como técnico de la selección chilena. Foto: Agencia Uno.

Desde que Juvenal Olmos le firmó contrato a Reinaldo Sánchez hace una década y media, la llegada de un entrenador a la selección chilena no había sido tan pacífica. Ni puertordazo, ni escándalo en la ANFP, ni entrenadores echados en el camarín, ni rehenes del fútbol chileno precedieron a Reinaldo Rueda. Con Chile fuera del Mundial y un año y medio antes de enfrentar el primer torneo de verdad, el colombiano produjo un extraño y sosegado consenso. El que fue respondido con la misma amabilidad: al contrario de varios de sus predecesores, a Rueda le pareció apto Juan Pinto Durán, sin exigir grandes obras o cambios radicales. Hay una cancha de pasto. Le alcanza.

Otra cosa que fue diferente es la ausencia de discurso del nuevo técnico. A contramano con los tiempos, Reinaldo Rueda no tiene una declaración de principios ni un manifiesto que explique su fútbol. Él mismo lo sintetizó en una frase contundente: “Quizás no soy el non plus ultra en la parte táctica, técnica y conceptual, de mucha terminología, pero me gusta hacer equipos de hombres que se quieran, que se respeten, y que respeten la camiseta que tienen puesta, y después jugar”. Porque, una cosa es que Rueda no apele a ideas elaboradas o sofisticadas o que no haga referencias sociológicas o culturales para explicar su fútbol, pero otra muy distinta es que no tenga bien claro lo que quiere y puede hacer.

Con las metas también fue transparente: Copa América 2019 y clasificar al Mundial 2022. Porque, como lo dijo él con esa claridad sin adornos de las que nos tendremos que acostumbrar: “Ver el Mundial por la televisión o desde la tribuna es muy berraco”.

Sin haber dirigido una práctica, ni haber hecho una nómina, con apenas una conferencia de prensa en el cuerpo quedó establecido quién era Rueda: directo, sencillo, sin grandilocuencias ni grandes palabras. Y como pocas veces, o tal vez nunca en la historia, rayó la cancha como advertencia a los inevitables actos de indisciplina del fútbol chileno: “Deben entender que la Selección es un lugar sagrado. Las normas se tratarán en su momento (…) Les hago una invitación a los jugadores. Que se respeten. El que se equivoca, mala suerte…”.

Claro, una cosa es decirlo así, sin adornos, otra muy distinta es aplicarlo después en un camarín de pesos pesados. Borghi se fue a los palos y perdió la batalla, Sampaoli prefirió escapar para evitar problemas y Pizzi dejó hacer hasta perder el control del camarín.

Con la pizarra no hay mucho que innovar, Rueda lo sabe. Con el garrote y la zanahoria está la verdadera prueba: si la selección es un lugar sagrado, como piensa el nuevo técnico, o si las figuras son las sagradas, como creen, y obran en consecuencia, varios del equipo.

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