Archivo de Chomsky

Un espacio para recordar a las grandes figuras del fútbol chileno que engalanaron las canchas de nuestro país.

Chomsky

Carlos Campos, el Tanque

Autor: Chomsky


Llegó a Universidad de Chile con 11 años e hizo todo el escalafón: tercera, segunda y primera infantil, juvenil, cuarta especial, reserva y división de honor. Siempre con Luis Álamos como entrenador y Leonel Sánchez como compañero. Dio seis vueltas olímpicas con el Ballet Azul (1959, 1962, 1964, 1965, 1967 y 1969) y fue tres veces máximo goleador del torneo: 1961 (junto con Honorino Landa), 1962 y en 1966 (con Felipe Bracamonte). Participó en dos Copas del Mundo: Chile 1962 e Inglaterra 1966.

Carlos Héctor Campos Silva nació el 9 de febrero de 1937 en Santiago (cumplió 81 años). Medía 1,82 metros y pesaba 85 kilos. Hasta juvenil actuaba de half de apoyo: “El antiguo 6. Mis ídolos eran Carlos Cubillos y Carlos Rodolfo Rojas y yo era hincha de Unión Española. También me gustaba el Pelusa Augusto Arenas, de Everton. El Zorro Álamos me transformó en centrodelantero”.

¿Recuerda los dos goles que le anotó a Sergio Livingstone en Colo Colo (1957)? “¡Claro! En el arco norte del Estadio Nacional. Uno de cabeza y uno con la izquierda, los dos en pases de René Meléndez. Ganamos 3-2 y los dos goles de Colo Colo los marcó Cua-Cuá Hormazábal”.

¿Quién le enseñó a cabecear? “El Pocho Norberto Ferrari, un centrodelantero argentino. Me repetía: ‘¡No cierres los ojos! Mira siempre la pelota. ¡Mueve la cabeza!’ Le quité el puesto, pero fuimos muy amigos”.
¿Cuál es su gol predilecto? “Ante Colo Colo, en la penúltima fecha del campeonato 1959. A Misael Escuti, en el arco sur del Estadio Nacional, de cabeza, en el minuto 90. Ganamos 3-2, después definimos, fuimos campeones y empezó la era del Ballet Azul”.

En octubre de 1961 le convirtió seis tantos a Rangers. “Es uno de mis partidos inolvidables, junto con las definiciones frente a Colo Colo (1959) y Universidad Católica (1962). Con Rangers perdíamos 2-0 en el Estadio Nacional y anoté seis goles en 28 minutos (62, 68, 71, 81, 86 y 90) en el arco norte: cuatro de cabeza, uno con la derecha y el último con la izquierda”.

En su único partido del Mundial 1962, no lo pasó bien ante Yugoslavia. “Como a los 15 minutos recibí un rodillazo en el muslo derecho, un pancorazo terrible, apenas podía moverme. En el primer tiempo, me pifié de izquierda en el área chica, pero porque desde el piso rechazó (Vladimir) Markovic. Y en el segundo, por mi lesión fallé increíblemente en el área chica luego de un cabezazo de Armando Tobar. Claro que en el gol de Eladio Rojas, quien me hizo un gesto con el brazo, me llevé la marca hacia la izquierda. Después del Mundial, el derrame bajó y estuve como tres meses sin jugar”.

Toda su carrera luchó contra la balanza y el hecho de que no llenaba el gusto del entrenador, que llevó ocho jugadores para su puesto: el paraguayo Adolfo Godoy (1961), el argentino Héctor Fumaroni (1963), Adolfo Olivares (1964), el transandino Juan Carlos Oleniak (1965), el checoslovaco Djanko Daucik y el ecuatoriano Félix Lasso (1968), y los mendocinos Luis Luporini y Osvaldo Camargo (1969). Hasta que llegó el rosarino Jorge Spedaletti (1969). “El Flaco era extraordinario. Lo vi jugar y dije: me sacó, con este me voy. Tuve ofertas de Unión Española y Audax Italiano para continuar, pero quise terminar mi carrera en la U. Las dos rodillas me estaban dando problemas”.

¿Admite ser uno de los cinco casos del fútbol chileno en que un tronco se convirtió en un gran jugador, igual que Ignacio Prieto, Alberto Quintano, Manuel Pellegrini y Javier Margas? “¡De acuerdo! Fui el más discutido y el más vilipendiado de los futbolistas. Me gritaban tronco y al final de mi carrera algunos me decían maestro”.

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