En la historia del fútbol hubo siempre jugadores considerados especiales, regalones, mimados y cabrones. Su condición era tan aceptada como escasa y se alcanzaba por años de trayectoria y gran calidad de juego. Dentro del equipo eran una excepción, siempre bajo el liderazgo del técnico.

En el último tiempo, la explosión del mercado y los miles de millones de dólares han instalado una problemática interesante y también compleja. Los jefes hoy son menos poderosos que los empleados. ¿Cómo decirle algo a una figura súper potente y ultra millonaria como Messi? ¿Qué corrección hacerle a esa verdadera multinacional en la que se ha convertido Cristiano Ronaldo? El tema es difícil y preocupante. En el mundo y en Chile. Sin embargo, en nuestro país el mayor peso específico de los futbolistas se está resolviendo de la peor manera. Desde hace un tiempo se escuchan lamentables declaraciones de los estrategas respecto de sus dirigidos. Comparaciones falsas y grandilocuentes con estrellas del fútbol mundial y verdaderos homenajes para ciertos ídolos por el sólo hecho de haber cumplido con su trabajo.

El resultado ha sido el peor. Los jugadores, conscientes de su nuevo estatus, se han convertido en personas intocables, en verdaderos semidioses. Uno entiende que el director técnico deba tener un discurso delicado y juicioso con los profesionales que están a su cargo y que no sea oportuno exponerlos públicamente. Pero otra cosa es asumir una postura temerosa e indulgente, tratando de ganarse la venia de sus cracks desde la alabanza y el halago, olvidándose de su autoridad y liderazgo.

Las consecuencias son evidentes; jugadores que se hacen expulsar de manera irresponsable y otros que declaran abiertamente en contra del trabajo de su técnico. Inaceptable. Lo que ocurre en varios equipos no dista de lo que pasó en la selección chilena. Varias de las estrellas de nuestro medio tienen alguna dificultad en saber quién es realmente el que manda y no es completamente culpa de ellos. Los técnicos, en su afán de no tener problemas con los que lideran el camarín, decidieron transar su autoridad y éste es el costo. Se avanza en un camino equivocado y peligroso, sobre todo cuando uno observa situaciones completamente diferentes.

Hace un tiempo Jupp Heynckes declaró públicamente que Vidal debía mejorar su condición física para jugar y lo sacó del equipo. Así de simple. Después de tres partidos volvió, convertido en el mejor. No necesitó que su jefe le chupara las medias, sino que ejerciera su liderazgo. Como corresponde.

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