El chico profesional

Alabado por su técnico y avalado por los referentes. Blindado ante los medios y las chequeras. Alejado del lujo y la vanidad que sacan el fútbol del foco. Un juvenil modélico. Un ejemplo valórico. La historia corriente de un tipo corriente. Nicolás Guerra.


Hace nueve meses que debutó como profesional, pero actúa como si llevara toda una vida siéndolo. 18 años y 184 días le han bastado a Nicolás Bastián Guerra Ruz para ganarse un puesto en la oncena titular de la U. Y cuatro encuentros para convertirse en su segundo artillero. Pero la verdadera excepcionalidad del niño prodigio de la Villa El Arrayán no radica probablemente en su precocidad goleadora ni tampoco en su talento, sino en esa asombrosa capacidad para comportarse como un profesional mucho antes de llegar a serlo.

Son las 11 de la mañana en Santiago y mientras en las instalaciones del CDA la nueva perla de la U se ejercita junto a sus compañeros preparando la visita de Antofagasta, a 21 kilómetros, en Maipú, la calle Chacareros de Paine presenta el mismo aire aletargado de siempre. Aquí nació, el 1 de septiembre de 1999, el delantero, bautizado como el Kun por el maestro del símil Guillermo Hoyos -su actual técnico-; aquí creció, pateando una pelota en el pasaje sin salida en que se encuentra su casa el otrora goleador de las series menores de Cobreloa; y aquí vive, aún hoy, con su familia, el jugador de la U, completamente ajeno a cualquier ruido mediático, como si nada hubiera cambiado en todo este tiempo.

Pero antes de su debut profesional con el conjunto azul, en el Nelson Oyarzún de Chillán, el 16 de julio de 2017, frente a Ñublense; antes de su despunte en el arranque del Transición (con goles incluidos, por Copa Chile, a San Luis y a Antofagasta); antes de los entrenamientos en el CDA, de las comparaciones con Agüero y de su explosión definitiva en el presente semestre; la vida de Nicolás Guerra era muy diferente. O tal vez no tanto. “No ha cambiado nada, ni él ni su familia. Siguen actuando exactamente igual, como si nada hubiera cambiado. Yo estoy muy orgullosa porque al Nicolás lo conozco desde que estaba en la barriguita de la mamá. Desde pequeñito jugaba acá, en el pasaje, y yo le decía a mi amiga de enfrente: ‘Oye, cómo mueve los pies ese niño’”, rememora Ivonne Pérez, vecina del futbolista.

Pero pese a que lleva toda la vida habitando en el mismo lugar, cuesta esfuerzo rastrear las huellas de Nico Guerra en la Villa El Arrayán. Su humildad característica y su modesto talante explican que continúe pasando inadvertido en su barrio natal. Jaime Faúndez, dueño del minimarket Leyla, situado muy cerca del domicilio de los Guerra Ruz, va un paso más allá en su justificación: “Es que yo creo que son muy pocos los que saben que Nicolás Guerra vive acá. Yo lo sé porque la familia es cliente mía de toda la vida, pero él es un chico tan humilde, tan de bajo perfil, que muchos ni saben que es de acá. Pero es nuestra joyita”, proclama.

Una joyita pulida, por cierto, muy cerca de allí, en la escuela de Cobreloa en Maipú, a la que el jugador arribó con ocho años de la mano de su padre. “Llegó para iniciar la Sub 9, entrenó un día y lo dejamos inmediatamente porque demostró cualidades distintas a los otros chicos. Una potencia diferente. Lo inscribimos y ese mismo fin de semana, contra Unión, fue a la banca. Íbamos perdiendo, entró, hizo dos goles y terminamos ganando 3-2”, evoca César Bravo, el primer formador del ariete. “Pero su mayor fortaleza son sus valores, que partieron netamente de la casa. Hoy en día uno lo ve más mayor, más grande, pero mantiene la misma humildad y caballerosidad que tenía cuando chico. El secreto es que viene de una familia muy bien constituida, una familia que se preocupa por el bien de su hijo y no por la fama de su hijo. Y eso es un gran sostén”, ahonda.

El 22 de octubre de 2012, con 13 años y luego de proclamarse campeón de la Copa Chilectra con la comuna de Quinta Normal, Nicolás Guerra firmó un doblete en Valdebebas para tumbar a todo un Real Madrid (1-3). Aquella fue su primera gran noche de gloria. Pero no iba a ser la última. Porque las noticias sobre el olfato goleador del jovencísimo ariete loíno comenzaron a correr como la pólvora. Cruzaron el desierto. Llegaron a Calama.

“Leímos una noticia sobre un delantero que había en las juveniles de Santiago de Cobreloa. Ésa fue la primera vez que supimos del Nico Guerra. Después, para una pretemporada de nuestra serie, vino como una semana y media para Calama. Y ahí por fin lo conocimos”, evoca Fernando Cornejo (22), referente indiscutible de la división Sub 19 de Cobreloa que terminaría adjudicándose el campeonato nacional de fútbol joven aquel año y que hoy se desarrolla como centrocampista en las filas de Audax.

Apenas una semana en el Norte Grande bastó a Nico Guerra para ganarse un sitio entre los mayores. “Nos sorprendió desde el primer entrenamiento. No desentonaba aunque era tres años menor que nosotros. Era muy aguerrido en la cancha, pero tenía los pies en la tierra. Era muy humilde, muy esforzado, pero lo que más sorprendía era que tenía las cosas bien claras, algo que a esa edad es bastante complicado”, asegura Cornejo. Y César Bravo, técnico también de aquella flamante Sub 19, complementa: “Lo que más llamaba la atención de Nicolás era que entraba a la cancha y actuaba como un profesional. Porque a esa edad muchos van a jugar, pero también a conversar, a lesear, porque es propio de su edad. Pero él era distinto. Yo le decía el chico profesional porque tenía muy clarito lo que tenía que hacer. Entrenaba como sabiendo inconscientemente que eso le iba a servir en el futuro”.

Y terminó sirviéndole. El 10 de febrero de 2014, tras firmar con 14 años la friolera de 40 goles en su última temporada con el filial de Cobreloa y llegar a entrenar con el primer equipo, la U logró hacerse con sus servicios ante la clamorosa apatía de la dirigencia minera. Andrés Lagos, entonces gerente del conjunto laico, lo vio jugar, y ordenó a Hernán Saavedra, entonces jefe de divisiones menores del club, que fuera a reclutarlo inmediatamente.

Y si el acuerdo no tardó demasiado en cerrarse fue porque Cobreloa miró hacia otro lado y Juan Carlos, el padre del jugador, miró hacia el futuro. “Fue una mala visión deportiva de la dirigencia porque lo único que el padre pidió a Cobreloa fue que le ayudaran a buscar un buen colegio para los estudios de su hijo. No estaba pidiendo un contrato, ni plata, estaba pidiendo que le buscaran un colegio para que su hijo pudiera tener buenos estudios y crecer como persona. Pero no le dieron bola y terminaron regalando al jugador”, desclasifica Bravo.

Ya de vuelta en El Arrayán, en compañía de sus padres y sus dos hermanos (Andrés, el mayor; y Juan Carlos, el más pequeño), Nico Guerra se propuso simplemente seguir creciendo. Continuó quemando las etapas formativas e ingresó en el selecto grupo de proyección de la U (integrado por ocho jugadores, incluido Franco Lobos, hoy atacante del filial del Celta y a quien todos consignaban como el más prometedor de la factoría) hasta que terminó llegando su momento. “Cuando sube al primer equipo, el semestre pasado, había una tranquilidad absoluta en el club de que iba a tomar las decisiones correctas porque así lo venía haciendo. Porque Nico es un chico muy profesional para todo, para relacionarse con los compañeros, con los entrenadores, con su cuidado personal. Y luego está la humildad, porque a pesar de lo rápido que fue su ascenso, no experimentó un cambio grande en su personalidad, no cambió”, reflexiona el ex futbolista César Henríquez, técnico de Guerra en la Sub 17 laica.

Tras realizar su estreno, con solo 17 años, en el plantel adulto de la U por petición expresa de Hoyos, deslumbrar con dos tantos en Copa Chile y fracturarse la muñeca en noviembre, en la final del torneo, despidiéndose de la temporada, Guerra extendió el 27 de diciembre su vínculo contractual con los azules por cuatro años. Una auténtica declaración de principios en un país y una era marcados por el éxodo precipitado y casi siempre poco rentable de jóvenes talentos al extranjero. “Venimos trabajando como club el tema de la identificación. Y siento que Nico quiere asentarse en la U. Eso es lo que manifiesta, que busca esa consolidación local. Él refleja esos valores que hemos ido potenciando y eso nos gusta”, manifiesta Henríquez.

Pero la labor de proteccionismo de la joven promesa desarrollada por parte del club adquiere, por momentos, tintes de verdadero blindaje. El juvenil, arropado por algunos de los pesos pesados del plantel, como Herrera o Pizarro, desestima la invitación de este medio a hacer declaraciones. Al igual que su padre, mientras la U se resiste también a exponerlo mediáticamente. “Nosotros, como formadores, tenemos que prepararlos para estar expuestos, pero debemos saber gestionarlo, porque si a un brote lo cargas con mucha agua, no sale”, culmina César Henríquez.

Pero basta con escuchar el juicio emitido esta misma semana por Johnny para entender la dimensión excepcional que representa Guerra. “No es por la regla, el Nico se ganó su oportunidad por su rendimiento. Desde el primer día que entrenó con nosotros marcó una diferencia tremenda, que nos llamó mucho la atención, es un tremendo jugador. Para mí es una mezcla entre el Matador y Felipe Mora. Estoy seguro de que con los pies bien puestos en la tierra, va a triunfar en el fútbol”, sentenciaba el miércoles el mismo capitán que hace dos años manifestaba su preocupación por el recambio al interior del club argumentando que el juvenil de la U era, en su opinión, “bastante desenfocado”.

Con dos goles en cuatro encuentros, Nico Guerra es hoy el segundo máximo goleador de la U. Y su foco, el del chico profesional, parece seguir estando aún solamente en el arco contrario.

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