Juan Cristóbal Guarello

Juan Cristóbal Guarello

Periodista y panelista de El Deportivo.

El Deportivo

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Foto: Aton.

Bastante polvo se levantó con la Fórmula E. Por un lado los que apoyaban la carrera de autos eléctricos por la vitrina que significa para el país y, por otro, los que la rechazaban por la cantidad y profundidad de trastornos que ocasiona al normal funcionamiento de la ciudad. Sin meterme en esa discusión, hay un hecho que no es debatible: el Estado financió gran parte del evento. Y no fueron pocos dólares.

Pero aquí hay un hecho que exculpa, o, al menos, le da un poco de espaldas a la Fórmula E. Tal vez usted no lo sepa, pero todos los grandes eventos deportivos que se realizan en Chile son cofinanciados por el Estado. Por todos nosotros. Ocurrió con el Chile Classic de Golf, que pertenecía a la Web.com Tour, con los torneos ATP, con el Dakar, la Copa América, el Mundial Sub 17, los Juegos Odesur, el Maratón de Santiago… Si papá Fisco no se mete las manos a los bolsillos, no hay baile.

Desde hace un buen tiempo que el modelo de negocio es así. Desde los Mundiales de fútbol o los Juegos Olímpicos, con sus recursos millonarios, al más modesto campeonato binacional de veteranos, el Estado debe sostener y en gran parte financiar la organización. Es por ello que los lobistas son fundamentales en todas las federaciones deportivas internacionales y las empresas productoras. Estos hombres y mujeres obran milagros. Por ejemplo, que el gobierno saliente gastara dos millones de dólares en boletos y traslados para que el Mundial Sub 17 de 2015 no estuviera con las gradas vacías ¿Valió la pena?

O los seis o siete millones de dólares que el Fisco invirtió en el Dakar 2013, con la consecuencia de no pocos daños arqueológicos y un notorio desinterés del público. Ni hablar del auto de un millón de dólares que el gobierno le regaló a Carlo de Gavardo, que terminó hecho papilla contra la baranda de un puente en el Dakar 2010.

Recuerdo haber asistido a la final del ATP Tour en Las Salinas en 2012. Con suerte éramos 200 personas mirando el intenso partido entre Juan Mónaco y Carlos Berlocq. Si era por ambiente, parecía una final de un futuro en algún pueblo perdido. Pero se trataba de un torneo con más de 300 mil dólares en premios. A nadie le importó mucho. La presencia de Rafael Nadal el año siguiente le dio un poco de aire a un torneo de tenis que parecía agonizar.

No somos un país deportivo. Nos gusta poco el deporte. La cosa prende cuando hay un chileno. De lo contrario, son pocos los que se arriman o pagan un boleto caro para ver atletas de alto rendimiento. Lo mismo para las empresas. Con reparos, medidas hasta el máximo, yendo siempre a lo seguro, sueltan recursos para financiar competencias deportivas. El resto corre por cuenta del Estado. Así no más, sin recursos públicos, no tendríamos una sola competencia deportiva de nivel en Chile. Ni hablar de campeonatos mundiales. Apenas el de jugosos…

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