El dios de Zorrilla

Hace 35 años del debut de Pato Yáñez en España, donde se le recuerda con mucha más admiración que en Chile. Los que lo vivieron en primer persona no lo olvidan: “Cuando te encaraba era como si te pasaba un avión”.

Pato Yáñez tenía 21 años y una sonrisa con la que se podía llegar al fin del mundo el día de su debut con el Valladolid. Sucedió en septiembre de 1982, ante el Real Madrid, en un partido que Jesús Corral, que entonces tenía 16 años y era socio desde 1975, recuerda como si no hubiese pasado el tiempo: “El Pato hizo diabluras por todas partes”. Y Julio Ares, que hoy, a los 64 años, trabaja de abogado y ayer, a los 29, era redactor radiofónico de Antena 3, añade: “Los que vivimos a Pato Yáñez en Valladolid no tenemos derecho a olvidarlo. Era un futbolista descomunal. Tenía una potencia de cuádriceps y una velocidad que desbordaba siempre. De hecho, él con 18 años tenía unos registros bárbaros en 100 metros en Chile, donde lo ganaba todo. Hasta podía haber sido el Usain Bolt de la época, porque era pura velocidad”.

Juan Carlos era un joven lateral izquierdo, que luego fue campeón de Europa en el Barcelona de Cruyff y que lo sufría en los entrenamientos. “Él era extremo derecho y cuando te encaraba es verdad que era como si te pasaba un avión. No había casi nada que hacer. Era letal”.

Así que es natural que Pato Yáñez dejase leyenda en Valladolid. El hincha Corral se enteró leyendo el periódico y no daba crédito: “No concebía a un futbolista de esa categoría para el Valladolid. Yo ya le había visto en el Mundial con Chile, donde era una de las figuras. Así que no concebía lo que estaba leyendo en esa información. Por eso me acuerdo que fui a ver su primer entrenamiento. Fui con mi hermano en autobús. Recorrí media ciudad, porque entonces llegar al viejo Zorrilla era una aventura. Y olvidaré esa primera imagen de Pato Yáñez en el césped. Llevaba un chubasquero (impermeable) oscuro que le daba un aire misterioso”.

En realidad, sus piernas eran como sus labios, en los que Julio Ares advirtió “una ilusión enorme”. Lo explica: “Él venía desencantado de estar una semana en el Barcelona, donde lo dejaron en el filial. Entonces yo me enteré de que su transfer pertenecía a un representante: Carlos Poblete. Se lo comenté a Manuel Esteban, que era el presidente del Valladolid y, aunque se decía que Yáñez costaba 100 millones de pesetas, la realidad fue que le faltó tiempo para contestar que sí al Valladolid”.

El instinto no le engañó, como explica Juan Carlos, uno de esos chavales que revolucionaron aquel Valladolid de los 80: “Hace tres o cuatro años, Yáñez vino a vernos a Valladolid y recuerdo que vi el partido con él en el palco y empezaron a venirme a la memoria recuerdos como aquella Copa de la Liga que ganamos en Zorrilla al Atlético de Madrid o aquella delantera que Pato hizo con Da Silva, que, a la temporada siguiente, fue Pichichi de la Liga española en un equipo modesto como el Valladolid. Algo que hoy se dice y no se cree. Pero es precisamente lo que nos ayuda a explicar el valor de Pato Yáñez. Sería ideal que nos acompañase una cinta de vídeo para demostrarlo. La gente que no le vio lo entendería rápido. Era extraordinario”.

Son 35 años los que han pasado desde septiembre del 82 cuando el periodista Julio Ares iniciaba una amistad con Pato Yáñez que hoy podría reflejarse en un poncho chileno que le regaló y aún tiene guardado en casa: “Tuvimos esa química. Incluso, cuando tenía una duda acerca del estilo de vida español, me llamaba para preguntarme. Recuerdo cuando llegó el momento de marcharse al Zaragoza y yo le decía ‘Pato, te vas a una ciudad que es como Valladolid, pero con el doble de habitantes’. Pero la realidad es que lejos de Valladolid ya nunca le fue tan bien. De hecho, luego marchó al Betis, donde tampoco terminó de adaptarse. Y fue una pena, porque era un futbolista de época. Un tipo capaz de desbordar a Camacho, que era el rey de los laterales izquierdos de esa época. Pero la potencia, la velocidad que tenía Yáñez insisto en que era como para escribir un libro”.

Jesús Corral, que hoy es un controlador aéreo, instalado en Madrid, recuerda “hasta partidazos de Pato Yáñez en campos absolutamente embarrados” en aquellos años ochenta en los que el fútbol no tenía el glamour de hoy. “No, no para nada. Era distinto”, asiente Juan Carlos. “Si uno piensa en el Yáñez de entonces se acuerda de un chaval de lo más normal o de lo más encantador. Cuando yo debuté en equipo en el año 84 él ya llevaba una temporada. Tenía un peso en el equipo y sabías que tarde o temprano el club lo utilizaría como moneda de cambio. Pero él siempre era uno más”.

Quizás por eso Pato Yáñez se enamoró de Valladolid y Valladolid se enamoró de Pato Yáñez, donde hizo negocios (“que, si no me equivoco, aún conserva”, señala Julio Ares). “Me refiero a una tienda de bisutería, Línea 7, que demuestra hasta donde llegó su relación con la ciudad. Fue un tiempo imborrable en el que Pato debería haber acabado fichando por el Real Madrid. Y si no lo hizo fue porque no tenía gol. Era un futbolista que apenas tiraba a portería. Pero es que entonces hubiera sido perfecto. Es más, recuerdo que en ese Valladolid sacaba Fenoy de volea desde la portería a la esquina en la que se encontraba Yáñez. El balón era una garantía en sus pies”.

Hoy es fácil recordar y emocionarse, regresar sin obstáculos al pasado. Y evocar a un futbolista que, en cualquier caso, también arrastraba su letra pequeña. “Recuerdo que Pato tenía problemas para conservar el peso”, añade Julio Ares. “Sobre todo, después de las vacaciones de verano y él era consciente de ello. Por eso venía unos días antes a Valladolid y me acuerdo que quedábamos a las tres de la tarde los dos para jugar al tenis. Y, a pesar del impresionante calor que hacía a esas horas, él iba con chubasquero para sudar y empezar a perder peso”.

Pero era otra de las características de Pato Yáñez, la capacidad para reinventarse siempre o para imaginar lo que no imaginaba nadie más que él en la cancha. El día que anunció su marcha realmente fue un muy mal día en Valladolid, que, 35 años después, tal vez no haya vuelto a ver a un futbolista de esa categoría. “Pero llegó el momento en el que se tenía que ir”, explica Julio Ares, “porque él no se llevaba bien con Cantatore, el entrenador, que a veces hasta lo acusaba de no correr y que fue el hombre que, finalmente, pidió a la directiva que lo traspasasen. Y así terminó pasando, porque Cantatore era un hombre difícil con el que no todos los jugadores se llevaban bien. No era fácil de entender”.

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