El monarca de Malasia

Autor: Ignacio Leal

Un viaje en Cabify terminó con una historia insólita: el chofer era Nelson San Martín, el Chuncho. Un jugador que en Chile pocos recuerdan, sin embargo, es el máximo embajador nacional en el Sudeste Asiático. Este es su relato.

Nelson San Martín (37 años) no tenía idea sobre cómo se vivía en el Sudeste Asiático. Mucho antes de que fuese un destino turístico atractivo para los chilenos, todo lo que él sabía (o creía saber) de allá eran ideas vagas. “Pensaba que todo era selva, básicamente. Mi señora trajo ropa para dos años, porque pensaba que allá no habían malls”, recuerda.

San Martín, el Chuncho, era un promisorio volante de las inferiores de la U -“pero me formé en Colo Colo hasta los 15 años; me dicen Chuncho porque soy hincha de la U”, aclara- de un discreto paso por el primer equipo azul a comienzos de milenio. Fue opacado por figuras como Leonardo Rodríguez o Luis Musrri, explica, y una rebelde lesión en la rodilla derecha, que recaló en una artrosis, lo obligó a deambular entre la Primera B chilena, el fútbol mexicano y el español.

Para muchos hinchas, su nombre no recuerda mucho. Lo asume: “Hay jugadores de nivel alto, medio y bajo. Yo siempre me consideré de nivel medio hacia abajo. Tal vez habían entrenadores y jugadores de la U que querían algo mejor para mí, pero no fue nomás. Estuve muy tapado en la época en que subí, porque había muy buenos jugadores en mi puesto y ahí uno se bajonea y no da el cien por ciento en los entrenamientos. Creo que en ese tiempo había una mentalidad distinta en los jugadores de chilenos; muchos creíamos que llegar al primer equipo y tener un auto era ya hacerlo todo”.

Así habla Nelson sobre él, frontal. Sentado en la terraza de un café en Apoquindo, hace una pausa para contar su historia, que encierra más éxitos internacionales de los quemuchos futbolistas chilenos han conseguido, pero que permanecen en silencio, pues ocurrieron en naciones tan lejanas como Malasia, Tailandia o Singapur, donde el fútbol es profesional, pero aún está en pañales.

Al volante y la pizarra

El Chuncho ha manejado su camioneta Kia desde las tres de la mañana y hasta ahora, que son las 11, sólo ha tomado un café. Debe regresar a trabajar en 50 minutos. Su vida en Chile desde hace un año gira en torno al transporte de pasajeros, sus estudios para entrenador profesional en el Inaf y su familia. “Trabajo en Cabify y también transporto turistas. Es sacrificado, pero no me va mal”, asegura. Quizás, muchos de sus pasajeros desconocen su rostro; a él no le complica en absoluto, dice.

Entiende que lo que aquí no fue, en Asia llegó. Pese a que arribó a un fútbol que se desarrolla alejado de cualquier liga importante, aterrizar allá no fue sencillo. Su primer destino en el Sudeste Asiático fue en Indonesia, donde un agente que prefiere no nombrar (es Nelson León) lo convenció de que allí encontraría la regularidad que tanto ansiaba. Llegó a finales de 2006 y allí duró apenas dos días, pues llegó a una casa en la que debía vivir junto a otra veintena de jugadores sudamericanos, hacinado.

Del archipiélago se trasladó hasta Kuala Lumpur, el corazón de Malasia y la región, donde debió probarse en tres equipos antes de firmar un contrato. Porque, a diferencia de lo que se cree, jugar profesionalmente en estas ligas exóticas no es tan fácil: “Todos piensan que llegar allá y jugar es sencillo, pero los extranjeros tienen muchas trabas para firmar. Yo tuve que jugarme un puesto contra otros 20 jugadores en mi posición. Hubo muchos chilenos que tuvieron que devolverse porque no les dio”, comenta el ídolo del Al Kedah, un equipo que San Martin compara con O’Higgins por su evolución deportiva.

Nadie lo conocía y al principio le costó adaptarse al juego malayo, pero Soledad, su esposa, junto a sus hijas Fernanda y Milah llegaron para sostenerlo en un país radicalmente distinto a Chile. “Los dos primeros meses me querían echar, porque no me acostumbraba al equipo. Pero llegó mi señora con mis hijas, me fui de gira y ahí me destapé: hice cinco goles”. De ahí en adelante, con habilitaciones de rabona y goles mágicos para aquel campeonato, se adueñó de la 10. No sólo eso: en dos años consiguió todo junto al equipo de la capital. Los bicampeonatos en la Superliga, la Supercopa y la FA Cup de Malasia llegaron junto a él. Fue su época más exitosa, la atesora con cariño.

“Fui el chileno más exitoso en 2008, pero estaba jugando en Malasia, no en Italia como David Pizarro. Pero sabes, igual fue bonito. Nadie lo había hecho y yo lo hice, me fui a jugar a un fútbol desconocido y logré cosas que nadie había logrado”. De hecho, aún ningún extranjero logra revalidar ese doble-triple.

En Chile, San Martín no tiene mucho que demostrar, pues nunca pudo llegar a brillar como tanto se le proyectó. Poco le importa, dice. “Imagínate, no tenía rótula. Me dio artrosis en 2005, los cartílagos se me desgastaron. Me operé a los 15 años y después a los 22 y ahí ya estaba cagado. Los test médicos yo no los aprobaba, por eso se me complicó todo”, explica. En Asia, en cambio, pasó a transformarse en una leyenda de su equipo y uno de los cracks de la liga. “Uno tiene que saber para qué fútbol está. Yo llegué a Malasia y encontré mi fútbol”.

El cariño que allá profesan por San Martin es gigante. Basta con buscar su nombre en YouTube para ver los videos que los fanáticos crean en su honor. Incluso en el Fan Page de Facebook, creado en su honor, cada publicación que postea se llena con miles de interacciones. Fue tal el aporte al club que para el día en que falleció su madre, Ana Arriagada, el estadio enmudeció en un improvisado minuto de silencio en su honor. “Tuve que entrenar y luego jugar ese mismo día. Ahí sentí el dolor y el cariño de ellos hacia mí”.

Aunque pasó por las ligas de Singapur y Tailandia -“ahí jugué con peleadores profesionales de Muay Thai”, cuenta entre risas- y retornó a Chile para formar parte del Barnechea que dirigió Mario Salas en 2012, su vida la proyecta al otro lado del pacífico, donde pretende ir a dirigir junto a Sebastián Pardo y los hermanos Felipe y Juan Pablo Muller. “Quiero vivir allá, quiero ejercer allá. Pretendo terminar mi curso de entrenador. Yo siempre le digo a los chicos que ahí también pueden desarrollarse, que es un país maravilloso”, confiesa.

Pero aún queda un año y San Martin, el Leyend, como le apodan en Malasia, debe continuar. Ya pasó más de una hora desde el viaje entre los recuerdos que quedaron de sus participaciones en Asia. Por ahora, el trabajo continúa a bordo de su vehículo; “mañana será en el futbol malayo”, promete.

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