El Pelao José González

Autor: Chomsky

Fue regalón de la barra colocolina por su juego aguerrido y sus tacles deslizantes. José Eugenio González Pardo nació el 7 de septiembre de 1939 en Santiago (cumplió 78 años). Medía 1,71 metros y pesaba 68 kilos. Vistió la camiseta de Colo Colo desde los 10 años, se hizo socio del club en 1952, jugó en primera división desde 1960 a 1969, dio dos vueltas olímpicas (1960 y 1963) y defendió la selección nacional en las eliminatorias que dieron los pasajes al Mundial de Inglaterra 1966.

“Cuando fui campeón en la cuarta especial de Colo Colo cumplí una manda y me pelé al cero: desde entonces me dicen Pelao. Como la mayoría de los laterales izquierdos, yo era diestro. En mi puesto jugaban Manuel Machuca, de quien aprendí a hacer la tijera, y el Mono Rogelio Núñez”, cuenta González.

En fútbol llega el que quiere llegar. “Con los años, pasé de ser el peor futbolista de la cuarta especial, el que no tenía dominio de pelota ni cabeceaba, al que le sacaban una vuelta de ventaja en el test de Cooper, hasta un defensa voluntarioso, vehemente, veloz, técnico y táctico. Era más de esperar que de anticipar, le pegaba con los dos pies, desbordaba, buscaba la pared o remataba al arco. Tanto, que en los duelos con Universidad de Chile, el Zorro Luis Álamos le encargaba a Braulio Musso marcarme o ponía con el 7 en la espalda al Cañón José Moris, con la exclusiva misión de tapar mi subida”.

En una temporada de verano le anotó dos tantos a Universidad Católica (1963). “Partido nocturno, el arquero era Walter Behrends y los dos goles desde afuera del área y en el arco sur”, recuerda.
¿Cuál es su encuentro inolvidable? “Tengo dos. Con el Real Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, perdimos 0-2, pero borré al brasileño Canario (1961). Y la definición con Ecuador en Lima (1965)”.
Usted estuvo a un paso de perderse ese partido: “Uno aprende de las equivocaciones que cometió y quiere transmitirles su enseñanza a los más jóvenes. Faltaban dos entrenamientos y me extravié en Lima con Lupe, una polola del Bim Bam Bum. Se me pasó la mano con el coñac Napoleón y cuando reaparecí, el Chita Humberto Cruz me sentó en una silla bajo la ducha y me empapó con ropa y todo. Álamos ni me miraba. En la última práctica, lo encaré y le dije: ‘no puede sacarme, porque estoy mejor que nunca’. El Zorro llamó al profesor Gustavo Graef y le pidió que me hiciera pruebas de acción y reacción. Cumplí en todas y anulé a Washington Muñoz, a quien le decían el Garrincha ecuatoriano por su dribbling y velocidad”.

En las Eliminatorias y en la Copa Libertadores se podía hacer un cambio sólo hasta el minuto 44. “Justo en ese instante, el lateral derecho de Ecuador, Alfonso Quijano, quien era hachero me metió un planchazo en la rodilla izquierda. En el camarín, el médico José Ercole dijo que estaba fracturado y el Zorro Álamos le avisó a Rubén Marcos que fuera de lateral izquierdo y tomara a Muñoz. Yo no podía dejar a Chile con 10 jugadores y dije que seguiría en la cancha, pero que no iba a escuchar la charla técnica porque tenía que estar en movimiento para evitar que la pierna se me enfriara. Resistí todo el segundo tiempo con puro coraje y hasta le devolví la patada a Quijano. Después, estuve tres meses enyesado”.

González dice que Muñoz no le resultó tan difícil. “Yo estaba acostumbrado a vérmelas con punteros de la calidad de Maserati Carrasco, Pedro Araya, Pedro Arancibia, Eugenio Méndez, Motoneto Mario Ramírez, Rómulo Betta, Pernil Torres… Y de los extranjeros enfrenté a los brasileños Garrincha, Dorval, Espanhol y Jairzinho, y al francés Raymond Kopa”.

Según el Pelao González, “la yugular es cancha”. “En realidad la frase no es mía, era del Perla Luis Reyes, el preparador físico”.

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