La Tercera

Ídolo

Foto: EFE.

De los diferentes recuerdos que tengo de mi abuelo, hay uno que siempre asoma con una fuerza especial. Lo veo a él recostado en su cama, con la mirada perdida en los recortes que adornaban su habitación. La habitación de mi abuelo no era como la de todos. De hecho, más que una habitación era una pequeña construcción de madera que estaba dentro de un patio interior de la casa donde vivía mi abuela con una de sus hijas -tía Regina- y sus dos nietas -mis primas Chabela y María Teresa-. Si entendiéramos ese territorio matriarcal que habitaban mi abuela, mi tía y mis primas como un país, debería decir que el abuelo era un exiliado de esa patria. Como fuere, la escena que tengo en la cabeza es la de mi abuelo ahí en la cama observando las paredes llenas de recortes de diarios y revistas en los que aparecían grandes deportistas y uno que otro actor o cantante. Me gustaba ir a la pieza de mi abuelo precisamente por eso, porque las paredes de su habitación eran una forma de asomarme al mundo, un mundo muy especial.

Un día cualquiera yo entraba a la habitación de mi abuelo y le preguntaba quién era ese que aparecía ahí, como de medio lado, con los guantes en las manos, y él me respondía: Godfrey Stevens. Y ese otro, abuelo, ese que aparece con una pelota en los pies, y él me decía: Carlitos Reinoso. Y el de acá, abuelo, el que tiene un micrófono en la mano y viste de blanco, a lo que él respondía: ese es Elvis Presley. Si mi memoria no me falla, la habitación entera estaba cubierta de esos recortes que, de tanto en tanto, se iban renovando porque mi abuelo encontraba otra nota en el diario o en una revista que horas más tarde pegaba en una de las paredes. Supongo que de esa manera mi abuelo paliaba la soledad a la que había sido confinado quién sabe por qué motivos. Sus ídolos lo ayudaban a sobrellevar el día a día.

Así como le ocurría a mi abuelo, durante largos pasajes de nuestra vida precisamos de los ídolos, sobre todo deportivos; esos personajes que en apariencia son similares a uno -ninguno tiene tres brazos ni dos cabezas-, pero que habitan un mundo extraordinario, viviendo aventuras que, probablemente, uno esté muy lejos de vivir. En mi infancia y en mi adolescencia, recuerdo haber seguido a varios: desde Carlos Caszely a Elías Figueroa, pasando por Martín Vargas, Jaime Fillol y Patricio Cornejo. Y debo decir que viví sus alegrías y sufrí sus dolores.

Si los ídolos son necesarios para el individuo, para la comunidad país lo son todavía más. Basta recordar los ingentes esfuerzos de las superpotencias en los días de la Guerra Fría para formar súper atletas que descollaran en los Juegos Olímpicos. O cómo todo Chile se movilizaba para seguir las peleas de Martín Vargas. O cómo enloquecimos con las actuaciones de La Roja en el mejor momento de la Generación Dorada.

Un ídolo vale oro no solo en el mercado de pases o para la firma de contratos publicitarios, también posee una riqueza social que contribuye a hacer más llevadero el día a día de todos.

Por eso, cuando vemos que algún deportista tiene pasta para alcanzar la categoría de ídolo y nos entusiasma a todos para vivir junto a él sus glorias y sus fracasos hay que celebrarlo. Nicolás Jarry hizo que viviéramos una semana diferente y aunque no ganó la final del Abierto de Sao Paulo estuvo muy cerca de hacerlo. Claro que eso no es lo más importante. Lo verdaderamente importante, lo trascendental, es la promesa que dejó sembrada, la posibilidad cierta de que con él se nos vienen días distintos, imprevisibles, vibrantes. Estoy seguro que de haber estado vivo mi abuelo habría corrido a comprar el diario al kiosco de la esquina, para luego recortar la foto y colgarla en la pared de su habitación.