La barbarie consentida

Violentos combates, golpes rabiosos, cortes de ceja, sumisiones o TECs cerrados son parte de las bestialidades que se aplauden en las AMM. El arribo del UFC a Chile reabrió la discusión respecto a un negocio que convierte en espectáculo una carnicería. ¿Vale todo?

El público grita y Diego Rivas pega. El público se queja y el Pitbull continúa castigando. Guido Canetti, argentino con ocho combates ganados y tres perdidos, aguarda para conectar en el momento preciso. Y lo consigue: toma a Rivas, entierra su cabeza contra la lona, y abajo, encorvado para evitar un poco todos esos puñetazos, el cholcholino intenta ponerse de pie. No importa el sexo, tampoco la edad. Afuera, niños y adultos braman porque el hiperrealista horror show continúe con su salvaje tranco. Como una catarsis, diversos sentimientos afloran en las gradas del escenario capitalino. Morbo, euforia, chovinismo, nacionalismos y alegría… Todos juntos, casi como todas las artes marciales que adentro se conjugan para saciar las exigencias de los espectadores. Una brutalidad consentida. Un negocio disfrazado de espectáculo, y hasta de deporte, de los más rentables de este siglo y el que más se ha expandido entre los aficionados de todo el mundo.

El Ultimate Fighter Championship (UFC) es sólo uno de tantas otras compañías a cargo de organizar y normar estos combates. Es el más importante, el más profesional y poderoso. Cuenta con reglas claras para entregar la mayor seguridad posible -si es que esto no es sólo un eufemismo- y por eso es que quienes siguen de cerca esta carnicería se escandalizan al momento de cuestionarla. Resisten mejor un puñetazo en la sien que un titular en contra.

“No es una brutalidad”, recalca tajante el sensei Víctor Vásquez, uno de los pioneros en las artes marciales mixtas (MMA, por sus siglas en inglés) en Chile. Él fue uno de los impulsores de esta actividad en Latinoamérica, participando en el surgimiento de ésta a finales del siglo pasado en Sao Paulo y Río de Janeiro, cuando el todo vale era realmente, sin matices, una carnicería humana.

Su aspecto llama de inmediato la atención. Tiene 51 años, pero su fisionomía no representa más de 40. Es fornido y musculado y posee las clásicas orejas de coliflor, producto de diversos traumatismos en el cartílago de los oídos, prácticamente un sello en todos los luchadores de estos deportes. “La gente no entiende que quienes se suben al octágono son prácticamente únicos. Son elegidos. Para mí, si alguien es capaz de conectar tres golpes en la cara del rival es un virtuoso, no una bestia”, rebate.

Está sentado en una oficina de Las Condes, junto a otras dos personas. Aquí atiende a eldeportivo para debatir sobre distintos puntos relacionados a su pasión, todos enfrentados y reflotados tras el paso del UFC por suelo nacional. Quienes lo acompañan son el empresario Alberto Maturana (46), presidente de la Federación de MMA de Chile y con quien formó la productora One, a cargo del Master Fighters Championship (MFC), el más importante evento de artes marciales mixtas en el país, donde, por ejmeplo, debutó el propio Pitbull Rivas. El otro es Alejandro González (32), conocido entre los fanáticos como AT Steve Duncan, comunicador especializado y uno de los dueños de MMAuno.com.

Entre todos exponen su visión, a raíz de una contracrónica publicada hace una semana en estas páginas y titulada El circo de una carnicería, que remordió la conciencia de los aduladores del circo, también de los que negocian con él. Y de los que se declaran entendidos para desacreditar a quienes los ponen frente a su crudo retrato, como si para escandalizarse de una nariz rota tras un rodillazo hubiera que estudiar en Harvard.

“Nos costó un mundo que las MMA en Chile comenzaran a crecer y con esto se hizo una imagen negativa de nuestro deporte”, dice Maturana. Explican, desde sus puntos de vista, ahora más comedidos, que el nivel de violencia presente en este espectáculo es menor al que se presencia en un partido de fútbol profesional: “En un súper clásico está lleno de delincuentes, que se apuñalan y se matan. Eso no lo critican, pero a nosotros sí”.

Lo cierto, sin embargo, es que en esencia este deporte es violento. “Yo no lo llamaría violento, sino agresivo”, corrige Vásquez. Pero una actividad en que se busca la victoria a través de la pérdida de conciencia mediante un TEC cerrado o por la vía de sumisión, no puede ser considerado de otra forma. “Es cierto que en el Movistar Arena llegó mucha gente queriendo ver sangre y golpes, harto morbo, pero es porque muchas personas aún no se han interiorizado en esto”, dice Maturana. Así, la única diferencia entre este show y una corrida de toros pareciese ser que, por lo general, nadie muere después de una pelea en el octágono (y a veces sí).

Pero las secuelas que sufren quienes se suben al ring son ciertas. En 2013, el doctor Charles Bernick dio a conocer la realización de un análisis titulado Estudio de salud mental de los luchadores profesionales: fundamentos y métodos. Aún se realiza a cargo de la Clínica Cleveland Lou Ruvo para Salud Mental, donde pretende estudiar el cerebro de más de 800 artistas marciales y boxeadores. Hasta ahora, ha descubierto que todos presentan disminución de la masa cerebral. “Los hallazgos sugiere que el trauma cerebral repetitivo causa la degeneración de las células y las áreas se encogen”, se lee en su informe preliminar.

“Te aseguro que la tasa de mortalidad entre el boxeo es mucho mayor que en las MMA”, dice Vásquez. Tiene razón. Desde 1998 hasta 2011, la Velázquez Collection, la empresa encargada de anotar los decesos en el el boxeo, consignó 60 muertes. En cambio, desde 1998 a 2013, la fecha en que se comenzó a regular las artes marciales mixtas, ocurrieron cuatro fallecimientos. “Es porque en un round de boxeo, el deportista recibe 10 golpes en la cabeza en promedio, en cambio, en las MMA son sólo tres”, argumenta Vásquez. Ser menos bestia que otra modalidad, en todo caso, no lo libera de serlo.

Sin embargo, en otro estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Toronto, se examinó los registros y vídeos de 884 combates de UFC, desde 2006 a 2012, determinando que de 108 peleas, casi el 13 por ciento de ellas, terminó en nocaut. Otros 179 combates (21%) finalizaron en nocauts técnicos, que consisten en la descalificación después que un peleador recibe entre cinco a 10 golpes directos al rostro antes de acabar la pelea. Además, otra publicación del American Journal of Sports Medicine detectó que un tercio de las peleas profesionales de MMA finalizan en nocaut o nocaut técnico, lo que indica una mayor incidencia de trauma cerebral que el boxeo.

Alejandro Orizola, médico del COCh, consultado respecto a esta disciplina, asegura: “Tiene tantos riesgos como cualquier otro deporte de contacto. A diferencia del boxeo, este es puño, pies y otras partes del cuerpo. Este tiene más posibilidades de lesionar que otros. También es bastante más agresivo que el boxeo y más lesionador”.

Existen normas claras para la práctica de las MMA. Todas buscan garantizar la seguridad de sus peleadores. “Por ejemplo, si durante un mes alguien sufrió un nocaut en entrenamiento, este no puede pelear”, comenta Maturana.

Pero en la práctica, cierto es que más allá de la UFC, la carnicería humana se desarrolla de las formas más insólitas y menos normadas. En Chile, dicen Vásquez y Maturana, muchas veces se organizan eventos con peleadores sin experiencia y sin contar con las medidas de seguridad básicas, como una ambulancia y paramédicos presentes.

¿En verdad no lo consideran violento? “Esto viene desde la antigüedad. El circo romano tenía mucho de esto también, porque la gente disfruta el morbo”, remata Maturana. La carnicería justificada en el gusto popular.

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