La bitácora del tatarabuelo

A sus 96 años, Luis Fernando Araya, ex arquero de Colo Colo e integrante del plantel del último campeón invicto del balompié criollo, es el ex jugador profesional vivo más longevo del país. En su puerto, San Antonio, recibe la visita de La Tercera.


Luis Fernando Araya tiene 96 años, las manos demasiado grandes y una memoria que apenas se resiente. Vive, no podría ser de otra manera, en una calle con nombre de Cacique -Huenchún- y en un puerto, San Antonio, en el que aterrizó hace 70 años y del que nunca más volvió a moverse. En su living diminuto, que parece más pequeño aún cada vez que gesticula moviendo sus largos brazos en el aire quieto de la pieza, no hay sitio para más recuerdos. Porque el fútbol lo inunda todo. “El fútbol para mí lo es todo. Está llena de fútbol esta pieza. Y eso que tengo sobrinos que se llevan cosas y no me avisan”, advierte, a modo de introducción, el ex arquero, mientras toma asiento con dificultad en el sofá, situado frente a la ventana, se ajusta lentamente su viejo jockey sobre las orejas y respira hondo, muy fuerte.

Nacido el 21 de junio de 1921 en la localidad de Hospital (Paine), en el seno de una familia de ascendencia española e italiana, tres fueron los sonidos que marcaron la niñez del guardameta; el de la pesada pelota que comenzó a patear con “12 ó 13 años”; el de las canciones napolitanas de ópera interpretas por Enrico Caruso “que escuchaba desde la calle, con la oreja parada”, hasta aprenderse la melodía; y el del ir y venir incesante de los trenes. “El pueblo está entre Champa y el casino que hicieron, el Monticello, y aunque no sé qué pasó ahora que no lo nombran para nada, todavía tiene la estación de ferrocarriles, con su letrerito y todo. Así que tiene que estar sirviendo”, explica. Fue a bordo de uno de aquellos trenes como llegó al profesionalismo, casi por accidente. “Yo le empecé a llevar la maleta a Eugenio Soto Cañete, seleccionado chileno y jugador de Magallanes que era cuñado mío. Lo acompañaba a los Campos de Sports de Ñuñoa a los entrenamientos. Y ahí me empecé a meter de a poquito”, recuerda.

Para 1938, el cancerbero figuraba ya en la nómina del plantel juvenil de Colo Colo, el equipo de su vida. “Yo sigo siendo colocolino porque yo nací en Colo Colo. Soy de la juvenil”, proclama orgulloso, mientras rebusca entre sus papeles un registro que lo acredite. “Éste”, añade después, sonriendo, y masculla: “Equipo juvenil de Colo Colo, 1938”.

Tras cada frase o sentencia, Luis Fernando Araya, el penúltimo de diez hermanos y el único superviviente, muestra un recorte, una figurita o un galvano a modo de prueba fehaciente. Como si no bastase sólo con su palabra, como si hiciese falta manipular cada objeto inerte para volver el recuerdo cierto.

Diez años jugó al fútbol profesional el ex arquero, ocho de ellos al servicio de Colo Colo, con quien conquistó tres títulos nacionales (en el 41, el 44 y el 47) y con quien llegó a consagrarse incluso campeón invicto. Por más que los libros de historia -protesta- no digan lo mismo. “Es que en los libros de Colo Colo, los seis partidos que no jugó (Obdulio) Diano ese torneo, aparece que jugó Valentín Erazo, que era el que tenía Colo Colo antes de que llegara Diano. Pero una vez que llegó Diano, nos quedamos Diano y yo. Y los seis partidos que él no jugó, los jugué yo. Pero en la historia ponen al amigo Erazo, que nada que ver. Así que me robaron seis partidos”, explica riendo el quien es, entonces y por derecho propio, el único invicto del último invicto del fútbol chileno. “No me quedan amigos del fútbol. Hace como tres años atrás conversaba por teléfono con un amigo de la cuarta especial, de mi edad, pero después se perdió. Tiene que haber fallecido. En este momento debo ser el más longevo de todos. Y no sé si es un orgullo, porque ya estoy un poco aburrido”, explica. Y después vuelve a reírse.

Fue otro corpulento guardameta, convertido ya entonces en técnico revolucionario, el responsable de su promoción al primer equipo del Cacique, en los albores de los 40. Franz Platko, el Oso Rubio húngaro, se enamoró de su planta de portero, pero sobre todo de sus manos de gigante: “El Gringo (Platko) sabía mucho. Había sido seleccionado de Hungría, había jugado en el Barcelona, había hecho el curso de entrenador en Inglaterra. Y le gustaron mis manos. Por eso me ponía. Siempre tuve las manos grandes, desde chico, tanto que cuando jugaba a las bolitas nunca me dejaban hacer la cuarta”.

En 1948, tras haber completado ya su póker de títulos nacionales (fue campeón también en el 42, jugando a préstamo por Santiago National), Luis Fernando Araya recibió un cabezazo dentro del área que terminó por precipitar su retiro. Su camino en el fútbol había sido ya lo suficientemente largo y fructífero -pensaba entonces- como para dilatarlo de manera innecesaria. Contaba de hecho -pondera hoy- con una sola espina: “Cuando el Gringo dirigía a la Selección, durante un Sudamericano, cortó a Mario Ibáñez. Y pidió que le mandaran otro arquero de Chile. Las opciones eran el Sapo Livingstone y yo, pero los dirigentes prefirieron mandarlo a él porque tenía más cancha. Así que nunca llegué a jugar por la Selección, me quedé siempre ahí, muy cerca”.

Tras colgar los botines, Araya fue técnico de fútbol amateur en Cartagena y San Antonio (con ambos campeón invicto), empleado administrativo de las micros, jefe de personal de buses, fundador del Círculo Musical de Tomé y tenor en el coro de la Universidad de Chile, con el que interpretó el oratorio El Rey David en la asunción como presidente de la nación de Carlos Ibáñez del Campo.

Se casó dos veces, enviudó otras tantas y se convirtió después, ya jubilado, en coleccionista y artesano, es decir, en un nostálgico ex futbolista vivo. Hace mucho tiempo que recorta, reproduce y colecciona insignias de equipos de fútbol. Lleva ya 286. “Todo esto me ha servido para entretenerme porque no tengo nada que hacer. Yo hago mi vida de soltero aquí arriba. Tengo la tele, el diario de aquí y esta entretención. Aquí están todos, franceses, rusos, alemanes, mexicanos”, enumera, haciendo inventario, saltando de hoja en hoja, manoseando su álbum manufacturado de recuerdos.

Para Araya, que ha vivido mucho, que nació cuatro años antes de que se fundara su equipo y debutó cinco después de que se empezase a jugar fútbol profesional en Chile, el mejor portero criollo de todos los tiempos fue Eduardo Simián, de Universidad de Chile (“era muy elástico y volaba, tenía unas lanzadas horizontales increíbles”); el más completo de los últimos años Claudio Bravo (“se parece a mí y no llegó a embarrarla tanto como el Cóndor Rojas, que hizo aquello contra los brasileños y eliminó todo lo bueno que había hecho antes”); y la gran flaqueza del cancerbero moderno, su escaso dominio del área chica: “No se entiende que con la plata que ganan les hagan goles encima de ellos, que les cabeceen a un metro la pelota”.

Son más de las 21 horas en San Antonio cuando el ex jugador profesional más viejo del fútbol chileno (96 años y 121 días) entrega por fin su receta de longevidad. “Yo fui un chico bien alimentado, de campo, muy bueno para la leche, y de mayor tuve cuidado con el asunto del trago y el cigarro. Y mire que me he pegado cinco o seis porrazos y me he caído de espalditas en el pavimento, pero esos porrazos me hicieron más duro. El resto me viene de familia, de mi abuela, que murió a los 110 años”, desclasifica.

Y cuando al fin cae la noche en el puerto, el ex jugador se levanta con dificultad de su asiento, se afirma sobre su muleta y comienza a caminar en dirección a la puerta. El living sigue pareciendo igual de pequeño, pero una vez concluida su larga disertación, los objetos y recuerdos que Luis Fernando Araya atesora porque explican su historia, parecen más vivos que nunca. Se diría que incluso se mueven.

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