La trampa lleva su ritmo

Pasan los años y la ciencia del engaño evoluciona ferozmente. Aunque los controles para descubrir a los dopados intentan acortar en algo la brecha, la tarea aún se ve difícil. Chile no es ajeno al problema: desde 2012 a la fecha, suma 59 deportistas sancionados. Pasa el tiempo, pero la cifra difícilmente disminuye. Los ciclistas lideran la lista.


Los relatos sobre el dopaje en el deporte chileno prácticamente están desde hace más de 70 años. Peter Tormen, el legendario ciclista que se coronó en la Vuelta de Chile de 1987, recuerda esas historias que contaban los más grandes, cuando él aún era un niño y el EPO de los años 60 era la estricnina, que se extraía del veneno para ratas y hacía volar a los pedaleros. “Los dejaba activos, eufóricos; era una locura”, asegura, remontándose a una época donde el control a los deportistas era nulo.

Han pasado los años y la ciencia de la trampa evoluciona ferozmente. Y aunque los controles para descubrir a los dopados intentan de alguna forma acortar en algo esa brecha, la tarea aún se ve difícil. Chile no es ajeno al problema. En la región, desde la conformación de la Comisión Nacional de Control del Dopaje (CNCD), en 2014, el país se ha transformado en uno de los íconos en la lucha por el juego limpio, consiguiendo encontrar y sancionar a decenas de deportistas durante los últimos años.

Pero la trampa sigue ahí, incrementando una cifra que tiene al deporte chileno en un triste debate por la preparación real de sus atletas. Desde 2012 a la fecha, ya van 59 deportistas nacionales sancionados por consumir sustancias prohibidas (12, los de este año, de forma provisional). Un alto número de casos, sobre todo pensando en que muchos han sido importantes referentes en sus respectivas disciplinas.

Los últimos casos, aunque aún en proceso de investigativo, son los del campeón mundial de patinaje de velocidad Lucas Silva y el del hockista Nicolás Carmona. Ambos están dentro de una amplia investigación por parte de la Agencia Mundial Antidopaje y la Federación Internacional de Deportes de Patín (FIRS, por sus siglas en francés) por una muestra adversa en que arrojaron clembuterol, mientras competían en los World Rollers Games de China.

Se escudan en que la causa de las muestras positivas fueron por el consumo de carne contaminada con la sustancia, algo siempre advertido cuando se compite en China (de hecho, la propia organización les alertó a todos los participantes contra el riesgo de dicho consumo), y a cuya causa fue atribuido el positivo del equipo de velocidad jamaicano (con Usain Bolt a la cabeza), durante los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008. Lucas -que sólo fue notificado, pero no suspendido de competir- por instrucción de la FIRS debe guardar silencio, pero su entorno niega rotundamente un dopaje. ¿Fueron los dos únicos del equipo que comieron carne? ¿Cómo se puede probar que fue el filete lo que provocó el positivo: la prueba se la comieron? Casi todos los deportistas que dan positivo por dopaje pregonan su inocencia. El caso es que Silva aún figura en la nómina del Team Chile que competirá en los Juegos Bolivarianos de Santa Marta, que comienzan el 11 de noviembre.

Pero hay otros casos que ya pasaron a la historia. El que quizás marcó el inicio de ésta década fue el del pesista Cristián Escalante. El campeón panamericano iba a ser el abanderado para los Juegos Panamericanos de Guadalajara, en 2011, pero un control preventivo a días de la cita reveló una muestra de dimetilamilamina (metilhexanamina), una sustancia que él mismo dijo haber consumido por ignorancia, exiliándolo de la delegación nacional y, más tarde, obligándolo a un amargo adiós.

Pero han venido muchos más. El mayor escándalo de los últimos años es quizás el que se desató en los Panamericanos de Toronto. Hasta 2015, Carlos Oyarzun era el ciclista mejor proyectado del medio nacional. El de Isla Maipo era, muy probablemente, uno de los mejores exponentes históricos de este deporte, pero un rutinario control antidopaje previo a su presentación en Toronto terminó por sepultarlo. Se le detectó presencia de FG4592 (Roxadustato), una sustancia totalmente desconocida hasta ese entonces, utilizada en pacientes que sufren anemia para la producción de glóbulos rojos, que son los que transportan el oxígeno en la sangre.

Su caso y el de Christopher Guajardo, el maratonista al que se le encontró EPO durante la misma competencia, marcaron el triste auge de los casos de dopaje en Chile. En 2015, fueron 14 los deportistas castigados.

El pedalero fue sancionado con cuatro años de suspensión por el TAS. Recurrió al tribunal de Lausana para revertir la pena que le cargó la UCI, pero se desestimó su queja. Volvería a los 35 años, quizás viejo para su deporte. No será fácil. Su equipo español, como en todos los casos, lo botó.

Guajardo, en cambio, fue castigado por dos años al asumir su culpa. Ya cumplió y ahora vuelve a ser parte de la selección chilena de fondo, estará en los Juegos Bolivarianos de Santa Marta. Para evitar una sanción mayor, el atleta entregó información sobre cómo se desarrollaba el dopaje en el fondismo chileno, delatando a Iván López y Mauricio Valenzuela, compañeros en la selección de fondo, detonando un escándalo en el atletismo nacional. En 2016, hubo 21 dopajes, cifra histórica; cuatro de ellos correspondieron al atletismo.

También hay otro ítem que llama la atención. Se trata de los castigados por consumo de drogas recreativas. Aunque en su mayoría son por marihuana, se encontró presencia de cocaína y anfetaminas en otros caso. El más llamativo, pero que aún no ha sido castigado, es el de Álvaro Cortez, uno de los mejores triplistas de sudamérica, suspendido por ser descubierto en competencia con presencia de THC en el organismo. El atleta explicó que se trató de un queque mágico que comió, pero luego otra muestra lo volvió a condenar.

Este año han disminuido a casi la mitad los casos detectados. Los ciclistas siguen siendo los líderes en la trampa, con 18 casos en total. Mejor control o mayor dopaje, la discusión aún es amplia.

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