Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.

El Deportivo

Las lecciones de Chimamanda


Hasta hace unos meses no sabía de la existencia de Chimamanda Ngozie Adichie. Supe de ella por un libro de relatos que me regaló Francisco Mouat: Algo alrededor de tu cuello. Nacida en Nigeria, Chimamanda tiene 40 años y ha escrito novelas, cuentos y ensayos. Hace unos días, buscando información en internet, me encontré con una charla TED en la que Chimamanda desarrolla su idea sobre los peligros de estar expuestos a una historia única.

Cuenta, por ejemplo, que cuando ella comenzó a escribir a la edad de siete años construía sus historias a imagen y semejanza de los libros infantiles que había leído: ingleses y estadounidenses. Entonces, en los relatos de esta precoz escritora los personajes eran blancos, tenían los ojos azules y jugaban en la nieve, a pesar de que ella nunca había salido de Nigeria. Porque sólo leía libros donde aparecían extranjeros, ella estaba convencida de que los libros, por naturaleza, debían tener extranjeros y narrar cosas con las que no podía identificarse. Sólo cuando leyó los primeros libros africanos entendió que era posible escribir historias donde los personajes se parecieran a ella: que tuvieran la piel del color del chocolate, el cabello rizado y que comieran mangos.

“Mi descubrimiento de los escritores africanos me salvó de conocer una sola historia sobre qué son los libros”, dice Chimamanda en su charla.

También cuenta lo que fueron sus primeras semanas como universitaria en Estados Unidos, en donde compartió cuarto con una chica norteamericana. Ella no podía entender cómo una nigeriana podía hablar tan bien el inglés, ignorando que el idioma oficial de Nigeria es el inglés. Igual de sorprendida quedó cuando le preguntó si podía oír la música de su tribu y ella le dio a escuchar el último éxito de Mariah Carey. Por lo demás, la chica, sin conocerla siquiera, sentía por ella una lástima condescendiente.

“Mi compañera conocía una sola historia de África, una única historia de catástrofe. En esa historia no había posibilidad de que los africanos se parecieran a los estadounidenses, no había posibilidad de una conexión como iguales”, cuenta la escritora.

Es más, ella misma confiesa haber sido cómplice de la historia única. Viajó a México en los días en que los debates sobre la inmigración estaban a la orden del día en los diarios y la televisión. En esos debates, el sinónimo recurrente de inmigrantes era mexicanos. Mexicanos que saqueaban el sistema de salud y que se escurrían por la frontera en una y otra dirección. Estaba tan inmersa en la cobertura mediática que mostraba a los mexicanos como inmigrantes abyectos, que el primer día que paseó por Guadalajara se sorprendió de ver que los mexicanos iban al trabajo, amasaban tortillas, reían, fumaban…

Chimamanda dice haber sentido vergüenza de haber creído la historia única sobre los mexicanos.
Escribo esto porque durante mucho tiempo me construí, involuntariamente, una idea de lo que era la Garra Blanca, la barra de Colo Colo. Una idea que se fundaba precisamente en una única historia cargada de irracionalidad, desmanes y delincuencia. Sin embargo, hace unos días conocí a un grupo de garreros que han dado forma a la Fundación Garra Blanca. Los mismos que gritan por su equipo domingo a domingo han levantado una organización que busca canalizar todo el trabajo social que ellos realizan. Tuve la suerte de conocer la otra historia, la que pocos quieren oír, la que no sale en los diarios.

Y como Chimamanda, también sentí un poco de vergüenza…

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