Archivo de Chomsky

Un espacio para recordar a las grandes figuras del fútbol chileno que engalanaron las canchas de nuestro país.

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Leonel… y 10 más

Autor: Chomsky


Por jerarquía, goles, liderazgo y carisma fue el mejor futbolista del Ballet Azul, que conquistó seis estrellas en una década (1959, 1962, 1964, 1965, 1967 y 1969). Su importancia en la selección nacional quedó retratada en la afirmación del comentarista Julio Martínez, quien dijo que cualquier nómina empezaba con Leonel y 10 más…

Leonel Guillermo Sánchez Lineros nació el 25 de abril de 1936 en Santiago (cumplió 81 años). Medía 1,71 metros y pesaba 66 kilos.

“Vivía en la población Juan Sebastián Bach, con Sierra Bella; de esa calle era Jorge Toro, quien es tres años menor. Jugábamos fútbol todo el día y apostábamos melones o sandías; el que perdía, pagaba. Había una cancha de tierra, ahí se jugaba a pata pelá y hacíamos la pared tirando la pelota contra la cuneta. También peleábamos, tirándonos piedras con honda. Nuestros padres nos tenían prohibido bañarnos en el zanjón de La Aguada, pero en verano, todo transpirados al sol, ¿cómo no nos íbamos a tirar al agua? El canal estaba lleno de inmundicias y nos salían granos en la cara, nos pillaban por eso, por los ojos colorados y por las mechas tiesas”, recuerda.

Llegó a Universidad de Chile a los 11 años, descubierto por Luis Tirado, y las cadetes entrenaban en el estadio Recoleta y en la cancha de tierra del Hospital San José.

“Yo era hincha de Santiago Morning. ¿Por qué? Simplemente porque todos nombraban a Raúl Toro. De fútbol me acuerdo desde el Sudamericano de 1945, ese que Chile perdió 1-0 en la final ante Argentina, gol de (Rodolfo) Micheli”.

A los 17 años, Leonel trabajaba de ayudante de linotipista en La Nación y empezaba a las seis de la mañana. El club azul le ofreció un poco más de lo que ganaba en el diario y dejó de madrugar para dedicarse exclusivamente al fútbol.

Debutó en la Selección ante Brasil en 1955, el 18 de septiembre. Esa tarde también hizo su estreno Garrincha. “Había 100 mil espectadores en el estadio Maracaná, en Río de Janeiro. Me marcaba Djalma Santos. Las tres primeras pelotas que recibí se me pasaron bajo la suela. Preso de los nervios empecé a llorar. Enrique Hormazábal se acercó, me habló fuerte y empezó a darme pases cortos, hasta que adquirí confianza. Empatamos 1-1 con gol de Jaime Ramírez. Cua-Cuá Hormazábal fue uno de los jugadores que más admiré, el otro era René Meléndez, de quien tuve la suerte de ser su compañero en la selección y en la U”.

Sánchez fue vicecampeón en el Sudamericano de Montevideo 1956 y goleador en la Copa del Mundo 1962, con cuatro tantos, junto con los brasileños Garrincha y Vavá, el húngaro Florian Albert, el yugoslavo Drazen Jerkovic y el soviético Valentín Ivanov.

En 1970, Leonel dio la vuelta olímpica en Colo Colo, jugó por Palestino en 1971 y terminó su carrera en Ferroviarios (1972 y 1973).

¿Cuál es su gol inolvidable? “Son tres y de tiro libre. El que convertí de más lejos, unos 40 metros, a Misael Escuti, en la definición que le ganamos a Colo Colo en 1959. El que le hice a la Araña Negra (Lev) Yashin en Arica 1962: tres dedos al primer palo. Y a Ecuador, en la definición de Lima que nos clasificó para el Mundial de Inglaterra 1966: al segundo palo. El arquero era un brasileño nacionalizado (Helinho)”.

¿Su choque con Rubén Marcos? “Él era mi ahijado: fui su padrino de matrimonio. Yo jugaba en Ferroviarios y él en Palestino y nos agarramos en el Estadio Nacional primero y en Santa Laura después. Se me tiró con todo y me hundió tres costillas en el lado izquierdo. Nos peleamos por los diarios, yo le decía que lo había recibido cuando llegó de Osorno con su maleta de mimbre. Don Lucho Álamos nos mandó llamar, nos retó y nos hizo ponernos en la buena. El huaso Rubén contaba que él me preguntó: ¿Y usted para dónde iba, padrino? Y que yo le habría contestado: ‘¡A pegarte!’”.

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