Felipe Hurtado

Felipe Hurtado

Periodista.

El Deportivo

Los juegos de la élite

Eric Frenzel, de Alemania, cruza la meta para quedarse con el oro en la prueba combinada de esquí nórdico. Foto: AFP.

Pyeongchang está a 18 mil kilómetros de Chile. La verdad es que está a un millón de años luz. No se debe a que los resultados de la pequeña delegación nacional estén lejos de cualquier protagonismo, porque no se esperaba otra cosa. Eso de David y Goliat les queda chico. Deslizar el falaz argumento de que son deportistas de buena condición económica tampoco vale, porque no se puede esperar -aún en los casos en que efectivamente sea así- que un atleta financie su carrera.

Dirán algunos que Chile cuenta con una posición privilegiada para desarrollarse en deportes de invierno, con esa cordillera enorme y centros de esquí a los que vienen figuras planetarias (Lindsey Vonn, por citar un ejemplo de muchos), algo que deberían explotarse más.

Pero para que alguien de este lado del mundo -y este lado del mundo quiere decir todo el hemisferio sur y un poco más, con la salvedad de Australia y Nueva Zelandia- se interese en los Juegos Olímpicos de Invierno y quiera apostar a más que sólo participar, se requiere mucho más que pistas con buena fama.

Eso es el desde. Chile y Argentina bien podrían volverse locos, conseguir el financiamiento y promover un fanatismo hasta aquí inexistente, y apostar por una sede conjunta, aunque eso implicaría un giro que por ahora ni el COI ni las federaciones quieren hacer.

De partida, y antes de cualquier inversión en promover el evento, tendrían que cambiar la fecha y trasladarlo a la mitad del año, trastocando los calendarios de todos.

Pero acomodarse como hizo la FIFA con el calor en Qatar para el Mundial 2022 (motivaciones que resultaron ser mucho más oscuras) o hacer el gesto que el COI tuvo con Río de Janeiro en 2016, no es algo que ronde por la cabeza de los deportes de nieve.

Durante Londres 2012 reflotó la vieja historia de una postulación chilena y el COI se mostró abierto, como era de esperar, aunque expuso una larga lista de obstáculos que superar: aumentar la cantidad de cultores, de disciplinas y de aficionados. En definitiva, un no camuflajeado.

Tal vez no haya otra forma. No todos los países tienen nieve y nada se puede hacer contra eso. Algunos africanos, incluso, jamás han asistido a la cita invernal. Así, a este lado del mundo no le queda otra que ir para hacer número, para vivir la experiencia, para cumplir el rol de curiosidad, de la justa y necesaria cuota de apertura; el colorido que todo evento requiere.

Y poco más.

Los Juegos Olímpicos de Invierno son una fiesta a la que están todos invitados, pero a la que no importa si no alcanzas a llegar.

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