Los mensajes del sudor

Las gotas no son inútiles, sirven. La tecnología permite, a través de un parche, extraer lecturas interesantes del agua que desprendemos durante el esfuerzo físico. Un redactor de eldeportivo se sometió al test para comprobarlo.


El desafío parece sencillo. Una serie de ejercicios moderados, de los que, a través de un parche que mide la sudoración, se van a extraer una serie de conclusiones. La prueba, organizada por Gatorade, tiene lugar en septiembre en un gimnasio de Las Condes. Participan 15 personas, entre ellas un redactor de eldeportivo. Un instructor guía la actividad. Son las cuatro de la tarde y el calor golpea Santiago. Aunque al interior del recinto, la temperatura es agradable: 22 grados, 45% de humedad.

Antes de empezar el esfuerzo, cada cual debe devolver un frasco con su orina. Eso permite medir si se llega en estado de deshidratación o no. Luego, pesan y miden. 67 kilos y 1,79 metros, mi caso. Finalmente, pegan el parche en la espalda. El instructor avisa de que será una prueba intensa, con sólo dos momentos para tomar agua o una bebida hidratante. Se parte con una elongación clásica. Luego de 10 minutos, los músculos ya están listos para comenzar la acción.

En 25 metros, hacemos piques cortos, velocidad. Movimientos ágiles, breves, pero intensos. Uno, dos, tres, cuatro, hasta diez repeticiones. Los rostros de cansancio aparecen apenas arranca la prueba. El sudor envía las primeras señales. Segundo ejercicio, por parejas, uno frente a otro. Se denomina espejismo y consiste en seguir cada gesto de la otra persona. Más sudor.

Caminamos unos metros y recogemos una pelota grande para trabajar la zona media. Ponemos las piernas sobre ella y estiramos los brazos. “10 flexiones y luego continuamos”, indica el instructor. Los abdominales aprietan. El sudor es mayor. El circuito lo completan dos ejercicios más, dirigidos al tren inferior. Tras la secuencia, permiten consumir líquido por primera vez.

La segunda parte del trabajo consiste en repetir los últimos tres ejercicios. Se suma uno nuevo. Todo con la pelota. Los peores movimientos del test fueron con ella. 20 minutos de trabajo. Se acusa el cansancio. No es inhumano, pero los músculos lo notan. Más bebida para recuperar la respiración.

Finalmente, nos acostamos en una tela donde finalizamos a través de otra elongación. Mi polera está empapada. De vuelta al estado normal, con las pulsaciones ya no tan altas, nos conducen a la sala para volver a pesarnos. El primer resultado está a la vista: 100 gramos menos. Luego, retiran el parche con pinzas y mucho cuidado. “Ya te enviaremos los resultados”, dice el instructor antes de la despedida.

El parche sobre la espalda para registrar los resultados del test.

Un mes después, la semana pasada, los resultados llegan. Y las explicaciones. Cuando se pierde el dos por ciento del peso inicial, el rendimiento físico es negativo. No fue mi caso. Según comenta el ayudante encargado de traducir mi ficha, aguanté el test.

Del descenso en mi hidratación corporal, 0,604 litros fueron a través del sudor (ver ficha abajo). Las glándulas sudoríparas, el elemento más influyente, se atribuyen a la genética. Cada cual tiene una cantidad. El sodio, principal electrolito que se pierde al hacer ejercicios, resultó ser bajo en mi caso. Al ser una actividad con intensidad moderada sólo bastó con el consumo de líquido en dos ocasiones para hidratar de buena manera y no tener resultados negativos como calambres, náuseas, vómitos o desmayos.

El análisis va más allá. Según los números, mi tasa de hidratación al llegar al test fue baja. Principalmente porque previo a la prueba no bebí el suficiente líquido. A través del estudio de mi orina detectaron esa falencia. Sin embargo, consumir líquido durante el ejercicio hizo que el resultado final de mi hidratación alcanzara un puntaje del 84 por ciento. Muy bueno. “Su nivel de sodio en el sudor fue bajo. Por tanto, no requerirás de ingestas extras para actividades como la realizada”, resume el informe. El mensaje de mi sudor.

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