Muere Toro Salvaje

El legendario púgil Jake LaMotta, inmortalizado por Scorsese en el cine y campeón mundial de peso medio, falleció ayer en Florida, a los 95 años.


Hicieron falta 95 años para noquearlo y fue finalmente una neumonía la que terminó por lograr lo que ni el mismísimo Sugar Ray Robinson había sido capaz de conseguir en toda una vida dedicada al boxeo: derribar a Jake LaMotta. Ayer, en un hospital de Florida, el corazón de Toro Salvaje simplemente dejó de latir, llevándose consigo a una leyenda fundamental del pugilismo mundial del Siglo XX, al protagonista de una de las rivalidades más recordadas de la historia de este deporte y al inspirador de la que es, probablemente, la mejor película sobre el mundo del boxeo trasladada jamás al cine.

Nacido el 10 de julio de 1922 en el Lower East Side de Manhattan, en el seno de una familia de ascendencia siciliana y judía, pero criado en la jungla de asfalto del Bronx de Nueva York en la época de la Gran Depresión, fue el hostil y despiadado paisaje de su infancia el que terminó por moldear el indómito carácter de LaMotta, dentro y fuera del cuadrilátero. “Sólo tuve dos escuelas; el reformatorio y el ring. Por eso luchaba como si no me importara vivir”, llegaría a confesar, años más tarde, el recordado púgil.

A pesar de su baja estatura (apenas 1,73), de su evidente tendencia a engordar y de que no se trataba de un luchador prodigioso desde un punto de vista técnico, el joven Jake no tardó demasiado en abrirse camino en el mundo del boxeo. Y logró debutar en el circuito profesional con sólo 19 años, cargado de rabia y tormento.

El 16 de junio de 1949, en Detroit, el Toro del Bronx logró convertirse en campeón mundial de peso medio tras derrotar en nueve asaltos al francés Marcel Cerdan, defensor del cetro, quien fallecería en un accidente de aviación tres meses más tarde mientras viajaba a EEUU para disputar la revancha. Pero la verdadera leyenda de Jake LaMotta ya había comenzado a escribirse antes y terminaría alcanzando su punto álgido tiempo después, ligada siempre a la de otro púgil legendario, Sugar Ray Robinson; para algunos, el mejor boxeador de la historia y para el resto el mejor libra por libra de todos los tiempos.

La rivalidad desatada entre ambos, e inmortalizada con detalle en la cinta Toro Salvaje (1980) de Martin Scorsese, basada en el libro biográfico “Raging Bull: My Story”, marcó toda una época. Un biopic en el que Robert De Niro, en uno de los mejores papeles de su prolífica y exitosa carrera (el que le valió, precisamente, su segundo Oscar al mejor actor principal) realiza una descarnada y brutal interpretación de LaMotta en una película que explora, al mismo tiempo, los límites del boxeo y los bajos fondos de la condición humana. Porque el boxeador neoyorquino tocó fondo varias veces, maltratando al menos a dos de sus siete esposas cuando la espiral de violencia en que se encontraba sumido (doméstica, intrafamiliar, auto-infligida a veces) amenazó con devorarlo por completo.

Hasta en seis ocasiones llegaron a enfrentarse sobre el cuadrilátero Robinson y LaMotta en la década de los 40 y los 50, y aunque Toro Salvaje logró vencer sólo una vez, dos de aquellos combates son capítulos imprescindibles de la historia del boxeo. El primero tuvo lugar en Detroit, el 5 de febrero de 1943, en el segundo duelo entre ambos, la noche en la que LaMotta consiguió enviar a la lona a Sugar Ray haciendo añicos su condición de invicto e infligiéndole la primera derrota de su carrera. El segundo combate legendario, y quizás el más icónico, se celebró en Chicago, el 14 de febrero de 1951, con LaMotta defensor del título. Un pelea (la última entre ambos) apodada más tarde como “la masacre de San Valentín”, que Ray se adjudicó por K.O. técnico en el asalto 13º luego de que el árbitro suspendiera el combate por el lamentable estado en el que se encontraba LaMotta, aferrado a las cuerdas y sangrando ostentosamente mientras provocaba a su adversario con su célebre: “You never got me down, Ray” (“Nunca me has derribado, Ray”), terminando de forjar su fama de púgil indestructible.

En 1954 (con un balance de 83 victorias, 19 derrotas (dos de ellas por nocaut) y cuatro empates), Jake LaMotta decidió colgar los guantes e iniciar su particular descenso a los infiernos. Se mudó a Miami, abrió un club nocturno, se convirtió en un showman de dudoso talento en bares de mala muerte, pasó seis meses en prisión acusado de incitar a una menor a la prostitución y reconoció, en 1960, haber participado en un arreglo de combates por instigación de la Mafia dejándose perder en 1947 ante el mediocre Billy Fox.

Pero no fue fácil acabar con él y tuvo que ser finalmente la muerte la que viniera a domar al último Toro Salvaje del bronx neoyorquino. Y LaMotta, cuentan, se marchó tranquilo, sin pedir clemencia ni perdón, sin dejar de aferrarse a las cuerdas y sin llegar a hincar la rodilla, pero con esa serenidad que jamás había sido capaz de encontrar en vida.

Seguir leyendo