Nadal emociona por undécima vez

El español se convierte en la máxima leyenda de Roland Garros. En tres sets (6-4, 6-3 y 6-2) venció a Dominic Thiem, su presunto heredero en la arcilla, escribiendo un nuevo capítulo del romance con el Grand Slam parisino.


Rafael Nadal ha establecido una regla virtual en Roland Garros: siempre que ha ganado el primer set se ha quedado con la victoria. Así ha sido en 77 juegos y así también fue ayer, cuando el número uno del mundo sumó su undécima corona en el Grand Slam parisino, el 17º título en grandes de su exitosa carrera. E incluso cuando ha tropezado en la manga inicial, también en alguna ocasión ha salido adelante, como ante el argentino Diego Schwartzman, en cuartos de final de este año. Monarca casi hasta en la excepción.

Ahora, en el partido por la corona, lo hizo frente al austríaco Dominic Thiem, a quien muchos se empeñan en nombrar como su heredero en tierra batida, pero que a sus 24 años deberá esperar mucho aún para sucederle.

Ayer, sobre la pista del Philippe Chatrier, Nadal demostró por qué el juego mental al que somete a sus rivales le viene tan bien. Sus golpes retumban en todo el court como si cada pelota fuese la última y, lo que es aún más terrible y desgarrador, al terminar cada juego parece como si nada hubiese ocurrido, con esa cara de póquer del que mantiene todo en orden, aterrorizando a cualquiera que se le pare en frente. Bien lo sabe Thiem, el único que lo ha podido derrotar en arcilla durante un período de casi un año (lo hizo en Roma el año pasado y hace un mes y medio en Madrid) y que ayer poco a poco cayó en ese juego, muy físico, pero más mental, donde sólo Nadal sabe gobernar.

El austríaco (7º ATP) comenzó soportando cada uno de sus mazazos, moviéndose por inercia, conociendo ya al verdugo al que se enfrentaba. En cambio Nadal, que sólo quería hacerse de ese primer set, buscó y buscó hasta que pudo derribar el ímpetu de Thiem, desmoronándolo para hacerse de ese primer set con el 6-4 final. Luego, ya superando ese nivel, el español ascendió en confianza. Thiem, en cambio, entró en un pánico horrible, siendo cada vez más errático y cediendo importantes espacios ya para el segundo set.

Nadal maniató a su oponente. Lo atacó con bolas altas al fondo que le impidieron sacar su potente derecha y siempre que pudo le buscó el revés, demostrando el dominio que posee en el certamen y esa tranquilidad exhuberante, casi tanto como su potente juego físico, capaz de fatigar incluso a un jugador como Thiem, que precisamente se caracteriza por pegarle fuerte a la pelota y poseer piernas ágiles.

Ya en el final, Thiem se limitaba a verbalizar imprecaciones en alemán contra la bestia que no podía dominar. Éste, que de tantos garrotazos terminó acalambrando su antebrazo, hizo una pausa para seguir luego con la caza del undécimo Trofeo de los Mosqueteros. Thiem, eso sí, no quiso vender barata su derrota y obligó a Nadal, que ahora ya emociona, a disputar cinco puntos de partido antes de que pudiera celebrar. El desenlace de esta historia no iba a ser distinto. Tras dos horas y 42 minutos, Nadal festejó, ya transformado en historia andante.

Seguir leyendo