Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.


Resulta difícil no emocionarse con algunas imágenes que el deporte en general, y el fútbol en particular, nos ofrece semana a semana. No sabría decir con exactitud qué es lo que hay en ellas que nos toca el corazón o cómo se llame el lugar donde anidan nuestras emociones. Recuerdo, así de memoria, la gran celebración de Marco Tardelli en la final de la Copa del Mundo de España 1982. El italiano marcó el segundo gol del partido definitivo contras los alemanes -lo ganaría Italia 3-1- con un zurdazo desde el borde del área grande. Si la anotación fue espectacular, el festejo lo fue todavía más: Tardelli marca y corre con el gol en la boca, los puños apretados, moviendo la cabeza como si no creyera lo que acaba de hacer. El delirio y la felicidad se unían en una sola secuencia, tan auténtica, tan espontánea que hasta ahora, 36 años después, es inevitable ver el video y contagiarse con lo que le pasa al propio Tardelli.

Algo de eso hubo a mitad de semana sobre el césped del estadio Olímpico de Roma. El tercer gol del equipo romano -que significó la eliminación del Barcelona de la Champions League y la clasificación de la Roma a las semifinales del torneo-, obra de Kostas Manolas, también obligó al delirio y a la felicidad. El griego de 26 años fue a buscar un cabezazo improbable a ocho minutos del final y el testazo terminó colándose en el arco del equipo español -los catalanes nunca imaginaron que tras la victoria en el Camp Nou podían quedar fuera de carrera-. Tal vez por lo mismo, el festejo de Manolas fue tan verdadero: corrió con los brazos extendidos, las palmas abiertas, la incredulidad en la boca, la mano que golpea su pecho frente a la tribuna y la mueca teatral anunciando las lágrimas. Alrededor suyo, miles y miles de hinchas abrazados, con la boca llena de felicidad y los ojos humedecidos por la emoción.

Más allá de la belleza estética que por momentos el juego puede alcanzar, el fútbol nos sorprende con estos fragmentos que contienen una carga emotiva que, si me permiten la hipérbole, nos reconcilia con el género humano.

Como contrapartida, el clásico del fútbol chileno dejó algunas imágenes que no quisiéramos ver. Es posible entender que un juego tan decisivo como el que enfrentó a albos y azules pueda llevar a los jugadores al límite del gobierno de sus acciones. Sin embargo, la escena de los pechazos y manotazos que hubo entre Jean Beausejour y Mauricio Pinilla -¡compañeros del mismo equipo!- son escenas que el fútbol podría ahorrarnos, sobre todo si consideramos que quienes están en la cancha son futbolistas que llevan la etiqueta de profesionales. Siento que hoy más que nunca es importante que los deportistas entiendan que hay miles, sino millones, de ojos puestos en ellos. Y que muchos de esos ojos corresponden a niños y niñas que están absorbiendo modelos de conducta y que los tienen a ellos como máximos referentes.

Por fortuna, incidentes como este no son pan de cada día. Es más, de tanto en tanto nos encontramos con gestos que ennoblecen la práctica deportiva. Sin ir más lejos, hace muy poco el tenista argentino Diego Schwartzman, número 15 del mundo, envió, a días de finalizado el enfrentamiento entre chilenos y argentinos por la Copa Davis, un mensaje vía Twitter en el que se podía leer: “Me gustaría reconocer y agradecer el respeto que hubo de parte de todo el equipo chileno hacia nosotros una vez terminada la serie. Esta vez nos tocó a nosotros pero tienen un muy buen futuro @massunico @NicoJarry @hanspodlipnik y Garin. #RivalesNoEnemigos”.

Para celebrarlo, ¿no?

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