José Miguélez

José Miguélez

Editor de Deportes.

El Deportivo

Renegando del Rey


En boca de otros, el capitán ha decidido señalar a Vidal. Ha dejado correr el tiempo sin desdecir o desautorizar a sus cercanos confidentes y ha convertido así en suya la gruesa y creciente acusación a la que se subió luego el mundo con ferocidad. Un reproche real el de Bravo (y su clan), poco novedoso, pero al tiempo cínico, porque desvía las miradas de un juicio global hacia un solo compañero, distrae la reflexión de otros pecados igual o más importantes y, de paso, aleja la tentación de reparar que en Brasil (donde no estaba el malo de la película) fue una escandalosa pifia personal suya la que colocó la soga en el cuello de La Roja.

Pero es que además, los excesos que se le imputan al Rey, que vienen de años y tampoco son exclusivos , se le vuelven a Bravo, lo manchan directamente. Por la vía del consentimiento. Un capitán no lo es sólo para discutir premios o poner mala cara cuando la crítica aprecia que no está en su mejor momento. Lo es sobre todo para poner orden en el camarín, imponer valores en beneficio del colectivo y evitar precisamente esos desmanes que ahora conviene airear. Y sin embargo, el de la jineta dejó hacer. Miró para otro lado. No consta que se lo afeara ahí dentro a su colega (si lo hizo, perdió por debilidad). Lo que queda es que ha hablado por detrás, sin mover los labios, y a destiempo. Muy tarde.

Un pernicioso consentimiento (complicidad) en cuyo debe hay que incorporar a los entrenadores (el saliente y el otro, que sólo se atrevió a denunciar al Rey por la espalda pero le dio licencia para todo, hasta para el choque con alcohol, bajo su gobierno), a la ANFP (permisiva hasta la desesperación, débil para imponer el orden o frenar el descontrol), su agencia de representación (pendiente sólo del oro) y al país en general, que, al calor de conquistas inéditas, decidió convivir con las faltas de sus divos.

El peor Vidal, ése al que se lincha ahora con miserable ventajismo, es culpa de sí mismo. Pero también de los demás. De sus jefes y de sus alrededores, consentidores y asustadizos, incapaces de domesticar a la bestia. Y no vale ahora desentenderse. Porque del mejor Vidal, el socio de todos sobre la cancha, el futbolista aguerrido y talentoso, el tipo que sacrifica su salud por defender la bandera de Chile, el futbolista más grande que ha dado nunca este país, todos se cuelgan.

El Rey permanece sordo, sin ningún interés por corregirse. Demasiado convencido de que está por encima de la humanidad y de que sus faltas no le pasan factura. Inflado de una soberbia que no hace esfuerzos por disimular. Porque a diferencia del que raya el camarín visitante de Lima sin firmar o usa otros labios para hablar, Arturo se deja ver. Para bien o para mal, siempre va de frente.

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