El santuario del gol

Las huellas del legendario Chamaco Valdés en la población Juan Antonio Ríos. 35 años después de su retiro, sus 215 tantos (pese a jugar de volante), establecen el techo realizador del fútbol chileno. Ése que ahora Paredes amenaza.


Hay muchos caminos que conducen a Chamaco, pero todos desembocan en el mismo punto, en una plaza escondida en las entrañas de la población Juan Antonio Ríos. El lugar donde nació, creció y falleció el legendario volante, el máximo goleador en la historia del torneo chileno; y en donde hoy, nueve años después de su muerte, todavía vive. Porque basta con pasear un rato por las calles de la Río Inmortal -como reza un gigantesco grafiti que custodia el acceso a uno de sus pasajes principales- para darse cuenta de que, en realidad, su vecino más ilustre nunca se ha ido. Su imagen, grabada en las paredes, domina el paisaje.

Lo vigila. Lo protege.

El cuadrante perfecto que componen las calles Tres Norte, Baldomero Flores y el Pino, delimitado por una plaza rebautizada en su nombre, un día fue la patria de su infancia y hoy es su último refugio. Una casa pintada de color salmón mira directamente a la pequeña cancha de fútbol, construida donde antaño había un terreno baldío. Es el hogar de los Valdés Muñoz, y también la residencia actual de Eliana (80), la hermana mayor del ídolo colocolino.

“Éste era su lugar en el mundo, le gustaba venir a almorzar aquí, incluso cuando ya era famoso. Venía con varios jugadores más y mi mamá les preparaba porotos granados. Chamaco tuvo dos hijos, se separó, y luego se volvió a casar y tuvo dos hijos más, pero siempre que podía estaba aquí. Vivió al menos la mitad de su vida en la Río”, comienza a relatar Eliana, tras abrir a eldeportivo de La Tercera las puertas de su domicilio. “Con hartos recuerdos quedó la casa, porque acá fue donde murió también Chamaquito y justo ahí al frente donde jugaban a la pelota el Mario y el Chamaco, cuando era una cancha de tierra”, prosigue.

Nacido el 19 de marzo de 1943, Francisco Segundo Valdés Muñoz fue el quinto de los diez hijos que Don Luis y Doña Manuela trajeron al mundo. En la histórica y popular población de la comuna de Independencia, surgida en los ‘50 como una solución habitacional para familias de clase obrera, fue donde dio sus primeros pasos en el fútbol, acompañado siempre por su inseparable hermano Mario y un buen puñado de vecinos.

El Club Deportivo Manuel Montt, perteneciente a la población homónima, fue su primer equipo amateur y, de algún modo, también el último, pues en los albores de la década de los 60 y previo paso por las fuerzas básicas de Green Cross, el menudo y talentoso jugador ya figuraba en la nómina de Colo Colo. Fue precisamente vistiendo la camiseta alba que Francisco Chamaco Valdés debutó en el profesionalismo. Un estreno ilusionante aquel del 21 de enero de 1961, con gol incluido en su primer contacto con el esférico. Ante Cerro Porteño, en un amistoso de verano. Y con sólo 17 años y un rabioso y espléndido futuro.

“Él comenzó su carrera jugando como interior izquierdo, pero por su exuberancia técnica fue pasando a ocupar posiciones más de centrocampista porque en realidad era un habilitador. Como el Mago Valdivia, por poner un ejemplo. Pero si él hizo tantos goles fue porque tenía tiro de larga distancia, un gran tiro libre que era ya medio gol, y los penales los pateaba todos. Yo creo que era el jugador más talentoso que he visto, el más inteligente. Y tenía tal manejo de los dos perfiles que era peligro de gol con ambas piernas”, radiografía,con todo lujo de detalles, Leonardo Véliz, compañero de Chamaco en Colo Colo, Unión Española y la Selección.

Una jineta de capitán escrupulosamente enmarcada preside el living de la casa de los Valdés Muñoz. Al hablar, Eliana la mira como si estuviera mirando a su hermano. Y los recuerdos brotan. “Le pusieron Chamaco al nacer. En Ñuñoa había un cine que daban puras películas mexicanas. Mi papá trabajaba en la maestranza del agua potable, en Avenida Matta, y mi mamá se fue a la maternidad, así que cuando supieron que había nacido Chamaco y mi padre llegó al hospital, un caballero le dijo: ‘No sabe nada, Don Luis, nació un chamaquito’. Y ahí le quedó lo de Chamaco”, rememora. Pero lo que Don Luis no podía saber era que el quinto de sus vástagos iba a terminar escribiendo un capítulo fundamental en la historia del balompié chileno.

El extraño goleador

A tan solo algunos metros de la casa de Eliana, un gran mural con la imagen de Chamaco domina el lateral entero de un edificio. “Goleador hay uno solo”, puede leerse en la leyenda escrita bajo la efigie del jugador. Y no se trata de una consigna antojadiza, sino de un reconocimiento concreto. Y es que con 215 goles en su haber, Francisco Valdés continúa siendo todavía hoy, 35 años después de su retiro efectivo de las canchas, el artillero más voraz de toda la historia del torneo local. Un registro sideral tan fácil de entender como difícil de explicar considerando que Chamaco jamás fue un goleador al uso. Ni siquiera un delantero. “Cuesta encontrar un volante, con la forma de jugar que tenía mi tío, que hiciera tantos goles. No debe haber muchos en la historia. La gente habla de los goles de mi tío por el récord que tiene, pero lo que avalan todavía hoy es cómo el construía, cómo habilitaba”, reflexiona al respecto el ex atacante Sebastián González (39), sobrino de Chamaco y conocido en el ambiente futbolístico, precisamente por su parentesco con el extraordinario centrocampista, con el sobrenombre de Chamagol.

Y no le falta razón, pues cuesta verdadero esfuerzo hallar un torneo nacional cuya tabla histórica de goleo se encuentre encabezada por un futbolista que no sea delantero. Y más aún dar con un espécimen tan raro como Chamaco, capaz de ostentar el récord general de anotaciones sin haber llegado nunca a proclamarse máximo realizador de un campeonato.

Huelga decir que ni en las principales ligas europeas (española, inglesa, italiana, alemana, francesa o portuguesa); ni en los más importantes campeonatos del continente americano (Brasil, Argentina, Colombia, Uruguay o México) lidera o ha liderado un volante la clasificación de máximo goleador histórico. La excepción a la regla, en ese sentido -más allá de la encarnada por Chamaco- la representa la Eredivisie holandesa, donde el ex volante Willy Van der Kuylen (contemporáneo, por cierto, de Valdés) continúa liderando la estadística goleadora de su país con sus 311 goles en 545 partidos.

“El fútbol ha cambiado mucho, hoy hay más partidos que antes y el hecho de que Chamaco fuera máximo goleador siendo mediocampista es algo muy difícil de superar”, ahonda, en la misma línea, el inmortal lateral derecho de Colo Colo Mario Galindo (66), compañero de Chamaco en la segunda etapa del volante en el Cacique, aquella que terminó cristalizando en la consecución del subcampeonato continental en 1973. “Chamaco fue como un hermano mayor para mí. Gracias a él comencé a jugar cuando joven. Cuando lo conocí yo era un juvenil de 18 años que no había jugado nunca, y después viajábamos juntos, concentrábamos juntos, siempre fui como el cabro chico que él andaba trayendo para todos lados. Conmigo fue una extraordinaria persona, cuando él era el más famoso de todos”, finaliza Galindo, con voz temblorosa.

Pero lo más paradójico de todo es, quizás, que sin proponerse nunca trascender -aseguran- por su faceta goleadora, Chamaco Valdés, pupilo y admirador de otro prodigio del balompié llamado Cua Cua Hormazábal; máximo realizador histórico del Cacique (con 180 dianas); mejor anotador chileno en Copa Libertadores (con 20 tantos); y con 18 conquistas todavía de ventaja sobre Paredes (el único en condiciones, hoy en día, de emularlo); hizo goles de todos los colores. 180 vistiendo la elástica alba, 11 jugando por Unión y otros tantos por Wanderers, 10 al servicio de Antofagasta Portuario, cuatro en las filas de Deportes Arica y nueve defendiendo la roja de la Selección, incluido aquel de la vergüenza, en noviembre de 1973, ante la Unión Soviética en Santiago, en un estadio reconvertido en centro de tortura y en un partido fantasma contra nadie que jamás debió disputarse.

“El Zorro Álamos le dio el honor a él, por así decirlo, y porque era el capitán, de hacer ese gol emblemático en un partido que ya todos sabemos lo que pasó”, confiesa el Pollo Véliz.

Y cuando el reloj da el mediodía en la Juan Antonio Ríos, Patricia Valdés, hermana menor del ex futbolista, llega a la casa color salmón de Eliana y se suma a la conversación sobre Chamaco. Podrían pasarse horas hablando de él. “Se siente orgullo al pasear al lado de los murales de Chamaco. La gente no lo va a olvidar porque era diferente, era humilde”, manifiesta.

El ídolo transversal

Tras disputar los mundiales de 1966 y 1974 con la Selección, luciendo en este último la jineta de capitán; y engrosar la vitrina de Colo Colo con tres títulos nacionales; Chamaco Valdés decidió abandonar el fútbol profesional en 1983, a los 39 años. Y seguir con la vida que siempre había llevado. Porque el centrocampista de la envidiable visión periférica, el habilitador ambidiestro y el eximio lanzador de faltas, nunca había dejado de ser tampoco aquel otro Chamaco, el joven que había crecido pateando un balón en los terrenos baldíos de la Río junto a su inseparable hermano Mario, el quinto hijo de Luis y Manuela. Y también el padre, claro, de Pilar y Francisco, de María José y Pablo.

“Él tenía una forma muy particular de ser que no iba con la línea de lo que eran los futbolistas. Ni menos de lo que son hoy. Era bien humilde. No tenía un auto último modelo, tenía un auto antiguo, andaba en micro, andaba en metro. Llevaba una vida normal. Fue una buena persona y eso trasciende a los más de 200 goles que pudo haber hecho”, explica su hija Pilar (39), sumida hoy en la labor de terminar de costear la estatua que su padre tendrá en el Estadio Monumental. “Pero fíjate que Chamaco no era ese jugador que alzaba la voz, él tenía un liderazgo mucho más silencioso. Hablaba en la cancha, con la pelota.

Y en términos políticos, además, era bien transversal y eso le permitía llegar con facilidad a los dirigentes. Como cuando llegó al Estadio Nacional a tratar de que dos ex compañeros de él, (Hugo) Lepe y Mario Moreno, salieran de ese lugar donde estaban detenidos. Chamaco tenía ese carisma, que fue gestando de a poco y de una forma muy silenciosa”, recuerda Véliz. “Yo creo que él realmente nunca se dio cuenta de la dimensión que tenía para la gente, todo lo que había hecho por la Selección y por Colo Colo, que era su gran amor. Y yo que lo conocí bien, estoy seguro de que estaría sumamente orgulloso de que fuera alguien identificado con el club, como Esteban (Paredes), quien rompiera su récord”, refrenda Chamagol.

Tras retirarse e incursionar de manera irregular en la dirección técnica, Chamaco terminó dedicando los últimos años de su vida a su otra gran pasión, la formación de jugadores, una labor que desarrolló hasta que la muerte vino a buscarlo a su casa de la Juan Antonio Ríos el 10 de agosto de 2009. Tenía 66 años y hacía sólo cuatro días que había enterrado a su hermano Mario. Su velorio y posterior despedida constituyó, probablemente, la muestra de afecto más masiva brindada jamás en Chile a un futbolista fallecido.

“Lo que pasa es que cuando Chamaco llegó al funeral de Mario no pudo llorar. Y parece que eso, como ya tenía la cuestión del corazón, le afectó mucho. ¿Pero sabe qué? Chamaco siempre decía que él iba a morir joven, que iba a morir joven y que iba a quedar en la historia. Se lo decía a mi papá. Y parece que tenía razón”, culmina Eliana, sonriendo, detenida ahora frente a la puerta de la casa color salmón de la Río, el último escondite de Chamaco, el lugar en el que siempre quiso estar y en donde todavía vive.

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