El sur no existe en la nieve

Parte de la delegación de Ecuador en su primer desfile en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Foto: Reuters.

De los 45 países que han sumado medallas en los JJ.OO. de Invierno, sólo dos no pertenecen al hemisferio norte (31 son europeos). Argentina y Chile podrían ser la excepción sudamericana, pero las condiciones geográficas y climáticas no lo son todo: la carencia de cultura deportiva y la falta de recursos apagan las esperanzas.


Los deportes invernales están determinados, y tal vez resulta obvio decirlo, por una serie de factores geográficos, económicos, culturales, sociales y políticos. El balance de todos ellos tiene su máxima expresión en un dato simple: de las 45 naciones que han obtenido al menos una medalla en una de las 22 ediciones de los Juegos Olímpicos de Invierno (sumando combinados unificados y países extintos, como Yugoslavia y la Unión Soviética), sólo dos pertenecen al hemisferio sur: Australia y Nueva Zelanda. En el primer caso, con 12 (5-3-4) y sólo una presea de plata en el caso de los neozelandeses.

Curiosamente, se trata de las dos naciones que presentan las mejores cifras a nivel económico al cruzar sus datos de ingreso per cápita y sus niveles de equidad en la distribución de esos ingreso (a través del índice Gini).

Como si ese dato fuera poco, el carácter exclusivo de estas competencias lo demuestra el hecho de que de los 206 países miembros del Comité Olímpico Internacional (COI), 96 jamás han participado, incluyendo algunos plagados de montañas, como Afganistán y Bután, que se ubican en el tercio inferior de la tabla de países según su IPP.

31 países de los que han cosechado medallas son europeos, a los que se suman cuatro asiáticos (las dos Coreas, China y Japón), dos americanos (EE.UU y Canadá) y dos oceánicos (Australia y Nueva Zelandia). El único continente que no ha subido al podio es África, donde a la imposibilidad climática de practicar estas disciplinas se suman la pobreza y el escaso índice de desarrollo humano de sus países.

Aquí es donde asoma otro factor fundamental: los deportes de esta naturaleza, de acuerdo con los expertos, se desarrollan en sociedades donde grandes poblaciones conviven regularmente con la nieve o el hielo y que, para realizar sus actividades diarias, deben convivir con esos fenómenos climáticos o bien, donde un alto porcentaje de sus poblaciones tiene los recursos financieros para acceder a los lugares y centros donde se practican.

Por eso, por ejemplo, en la lista de las 45 naciones que alguna vez se han colgado medallas figura la totalidad de Europa occidental y muchos países de Europa del este. En el primer caso, se agregan los factores climáticos y financieros, mientras que en los segundos, a la abundancia de condiciones para la práctica se agrega el apoyo estatal, heredado de los modelos de desarrollo deportivo utilizados en los antiguos regímenes socialistas.

En cuanto al plano más local, todos los países sudamericanos han participado al menos en una oportunidad (Ecuador lo hace por primera vez en 2018), salvo Surinam, carente absoluto de centros de esquí o invernales, salvos los casos de Argentina y Chile, donde están algunas de las estaciones de esquí preferidas por los deportistas del hemisferio norte durante el verano boreal.

En todos los catálogos de turismo, por ejemplo, aparecen mencionados centros como Portillo, Valle Escondido y Nevados de Chillán, mientras que en Argentina resaltan Las Leñas y Cerro Catedral.

Chile está 132º en el índice Gini, de acuerdo con los datos recogidos por la ONU para el año 2015. Y Argentina mejora, pero tampoco demasiado: 100º. Y en ambos casos, todos los grandes centros poblados están en zonas donde no hay nieve y, pese a que los resorts invernales se encuentren en las cercanías de las grandes ciudades (en el caso chileno, siempre a menos de 150 km, salvo Concepción), su acceso está limitado por los costos de acceso.

En el caso de un santiaguino, el costo sólo por el día a un centro invernal no baja de 80 mil pesos, considerando gastos mínimos en transporte, tickets y arriendo de equipos. La opción de quedarse en la montaña dispara los precios. Los más accesibles se encuentran en Farellones y Lagunillas, con pisos mínimos de 60 y 40 mil pesos, respectivamente. A todos esos gastos se debe agregar, por cierto, alimentación, con valores muy superiores a los que pueden hallarse en las zonas urbanas.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas, el 50% de los trabajadores chilenos gana menos de $ 350 mil mensuales.

De esta manera, resulta entendible que sólo un pequeño porcentaje de los chilenos tenga alguna cercanía con la montaña. En una reciente entrevista con La Tercera, Thomas Grob, el deportista nacional de mejor resultados a nivel olímpico (11ª en descenso, en Nagano 98), explicó que “hoy los principales resultados vienen de casos puntuales muy bien apoyados por la Federación y con méritos propios. Todavía queda mucho camino en relación a los recursos”.

En el mismo tono se expresó Dominique Ohaco, quien representa a Chile en Pyeongchang, en estas páginas: “Tenemos las montañas. Solamente nos falta tener una mejor cultura del esquí. Sé que no todos tienen la posibilidad de aprender a esquiar y por eso quizás es un deporte tan pequeño. En otros países, la cultura del esquí es mucho más grande. Me gustaría ver eso en Chile, porque obviamente crecería el apoyo de las marcas y el gobierno. Hay que empezar por ahí”.

En todos estos casos, por supuesto, la discusión se limita a la posibilidad de hacer crecer la masa crítica de practicantes del esquí con pretensiones competitivas, sobre todo en la variedad alpina. Ni hablar de las restantes disciplinas relacionadas con juegos de equipo (hockey y curling), el trineo (skeleton, bobsleigh) o el salto (que requiere infraestructura inabordable, por falta de recursos y nulo retorno financiero), entre otras.

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