Viaje en la micro al fútbol profesional

Camilo Saldaña, pensativo en el living de su casa minutos antes de partir al primer entrenamiento de la pretemporada. Foto: Juan Farías

El primer día de su primera pretemporada en el primer equipo del juvenil de Palestino Camilo Saldaña, apuesta personal de Cavalieri y proyecto de la factoría árabe. Un joven de 18 años que le ganó el gallito al destino a través del fútbol. Ésta es la historia de un trayecto de la población La Araucanía al Municipal de La Cisterna. El camino del anonimato a la élite.


Su día ha comenzado como cualquier otro, tumbado en la cama de su pieza del pasaje Cacique Leocato de Conchalí. Pero hoy no es un día cualquiera.

A las 7.00 de la mañana, el silencio es total en el laberinto de estrechas calles que conforman la población La Araucanía, un estigmatizado reducto urbano agazapado tras un hilera de edificios situados en la confluencia de las avenidas Guanaco y Zapadores. Es viernes, es verano y hace más de media hora que ha amanecido.

Camilo Saldaña (18) se levanta de la cama y camina parsimoniosamente hacia el living. Sus cinco hermanos duermen todavía. Manuel, su padre, es el único que está despierto. El comedor de la casa se encuentra en penumbra, pero una tenue luz procedente del exterior se filtra a través de la puerta principal. Camilo se viste despacio, toma desayuno, prepara cuidadosamente sus dos pares de zapatos de fútbol y baja la vista al suelo. Y piensa que lleva demasiados años esperando este momento.

Al salir al patio de la vivienda, pasa al lado del altar de Aarón, como todos los días. Lo mira de reojo, pues el recuerdo todavía duele. La historia del altar de Aarón es tan desgarradora como sencilla. La familia lo construyó hace dos años, después de que mataran a balazos, frente a la puerta de la casa, al primo de Camilo. Un ajuste de cuentas. Un recuerdo maldito. “Tuvo unos problemas aquí en la Población y lo mataron aquí mismo. Fue una balacera afuera de la casa, como hace dos años más o menos. Pero igual fue duro, fue fuerte, porque yo me acuerdo que justo venía del colegio y estaba ahí viendo todo”. El día en que lo mataron, Aarón Rojas tenía 22 años. Camilo Saldaña, 16.

El juvenil de Palestino, pasando frente al altar de su primo Aarón, en su casa de Conchalí. Foto: Juan Farías

A las ocho de la mañana, el joven se despide de su padre y abandona la vivienda. Afuera, los pasajes de la población La Araucanía, el paisaje de toda su infancia, comienzan a desperezarse. “Soy bastante joven, pero el camino ha sido largo”, dice, a modo de presentación el joven futbolista. Se lo dice a eldeportivo de La Tercera, pero también a sí mismo. Sobre todo a sí mismo.

Pero no hay demasiado tiempo para las cavilaciones. El camino a La Cisterna es largo y en apenas una hora arrancará el entrenamiento de Palestino. Tal vez el primer día del resto de su vida. La primera práctica de su primera pretemporada con el primer equipo.

“Estoy un poquito ansioso en este momento, pero con ganas de demostrar lo que uno se ha venido preparando durante tantos años, en la Sub 16, en la Sub 15… Así que con ansias nomás de poder demostrarlo haciendo bien las cosas”, confiesa, con una determinación pasmosa, mientras aguarda en el paradero la llegada de la micro, la primera escala de su largo recorrido. “De aquí voy al metro, luego en metro a Santa Ana, y ahí me bajo y tomo la 302, que me deja justo en la orilla de la carretera”, repasa, en voz alta, recorriendo mentalmente su itinerario de todos los días. El camino del esfuerzo. La historia de su vida.

“Fue difícil compatibilizar el fútbol y los estudios cuando chico porque entrenaba en la tarde y estudiaba en la mañana, pero no todos los colegios permitían de repente retirarte un poco más temprano para ir a entrenar. Era complicado encontrar un colegio que te diera facilidades para poder llegar a entrenar y, por lo mismo, pasé por hartos colegios. Los recorridos eran muchas veces muy largos, de dos horas o dos horas y media, y sólo podía hacerlos en micro. Pero ahí fue donde estuvieron mis papás conmigo, acompañándome siempre”, recuerda. Y después prosigue, echando la vista atrás a medida que el bus avanza y el futuro, al fin, parece más cerca:“Nosotros somos seis hermanos, tres y tres, y yo soy uno de los del medio porque tengo un gemelo. Mi papá trabaja en una panadería, tiene un almacén, un negocio aquí en la población. Y mi mamá no trabaja, es dueña de casa. La población es bastante complicada. Hay de repente peleas, ajustes de cuentas, pero trato siempre de no involucrarme en esas cosas. Siempre he sido tranquilo, mis hermanos igual, y en mi caso desde pequeño siempre el fútbol fue lo que me alejó de eso, lo que me sacó de ahí”.

Aguardando el metro para desplazarse a La Cisterna. Foto: Juan Farías

La pretemporada, ese período de preparación previo al inicio de la competencia, representa poco más que un trámite para los futbolistas más veteranos, que acumulan en sus piernas decenas de procesos similares. Pero para jugadores como Camilo, en cambio, ese presunto trámite se transforma en una ventana abierta. Y en un trampolín. En el escenario y el momento perfectos para tratar de convencer al entrenador -a contrarreloj- de que no hace falta que siga buscando. “La pretemporada es muy importante para mí. Creo que también para el resto de compañeros, pero en mi caso, cuando llegas a un primer equipo, tienes que tratar de sacar ventaja de todo. Y todo parte por esa preparación física”, manifiesta, mientras camina con sus zapatos de fútbol en la mano.

El nuevo Cereceda

Camilo Saldaña (nacido en Santiago el 13 de julio de 1999) podría haber sido el lateral izquierdo del futuro en el Cacique, pero Colo Colo, el club en el que inició su andadura en divisiones menores, decidió un buen día prescindir de sus servicios. El jugador tenía entonces 13 años. “Tuve un problema de un día para otro y se decidió que no siguiera. Ahí apareció Palestino”, rememora.

De manera que fue en el cuadro de colonia donde terminó completando su formación, con un objetivo claro: llegar algún día a debutar en el primer equipo. Y con un referente más claro todavía: “Yo juego de lateral izquierdo y me considero un tipo rápido, fuerte en la marca y muy ofensivo. Trato siempre de atacar. Pasar, pasar todo el rato, jugar prácticamente como un puntero. Y tuve la suerte, cuando subí al primer equipo de Palestino, de que estuviera allí Roberto Cereceda. Tuve la suerte de que estuviera él delante de mí, porque es una gran persona que siempre me ayudó y me aconsejó. Yo lo veía día a día cómo entrenaba, con más de 30 años y es un hueón que se entrena al 100 todos los días. Aprendí hartas cosas de él”, reconoce, sentado ahora en un banco del andén de la línea 2 de metro. “Yo soy zurdo también, Roberto para mí siempre fue un ídolo, desde chico, y cuando me subieron al primer plantel verlo sentado al lado mío era algo muy bonito”, agrega.

Pero hoy, en La Cisterna, el recinto que comienza a vislumbrarse ya al final de la Avenida El Parrón cuando el reloj marca las 8.45 de la mañana, Camilo no se encontrará con el ex capitán de Palestino. Sí que estarán allí otros pesos pesados del plantel que logró mantener la categoría el pasado semestre, pero no el Eléctrico, flamante contratación de O’Higgins de Rancagua.“La adaptación al primer equipo fue fácil. De repente los más viejitos tienen sus mañas, pero siempre tienen la disposición para ayudar. No hay ninguno mala leche”, desclasifica Saldaña, sonriendo ahora cuando se dispone a ingresar en el recinto deportivo del conjunto árabe.

Trabajando en el gimnasio con sus compañeros. Foto: Juan Farías

A las 9 llega el momento de los abrazos y las presentaciones. Camilo, formado en el club, saluda afectuosamente a los conserjes. Se siente como en casa en La Cisterna. Incluso mejor, a veces. En el interior del camarín aguarda el responsable de su promoción al primer equipo, el técnico del cuadro tetracolor Germán Cavalieri. “El profe ha sido muy importante. Es una gran persona y a mí personalmente me ha dado la confianza para poder debutar y para sentirme más parte del plantel adulto. Porque yo ya había estado considerado y había jugado un par de partidos. Pero Germán ha sido, en ese sentido, un gran apoyo. Un gran amigo casi”, dice, antes de perderse rumbo a los camarines. A las 9.30 de la mañana, cuando el sol comienza a desparrarmarse lentamente sobre el césped del estadio, arranca el primer entrenamiento de Palestino.

Cuesta esfuerzo volver a vestirse de corto después de un período de inactividad tan prolongado. Pero más aún cuando lo que aguarda, de partida, es una larga rutina de gimnasio a las órdenes de Gerardo Pablo Piersanti, el preparador físico del equipo. Y cuando el mercurio de los termómetros alcanza, al filo ya del mediodía, los 30 grados centígrados y los trabajadores del club se obstinan en encontrar un ventilador con el combatir, en el interior del recinto, las asfixiantes temperaturas.

Alrededor de las 13 horas finaliza en La Cisterna la primera práctica de Palestino. El primer examen de Camilo. Y el futbolista se enfunda de nuevo sus zapatillas, toma la chaqueta del buzo en una mano, se ajusta la gorra de los Bulls sobre las orejas y sale a la calle. Es hora de volver a casa. Se siente feliz, dice. Y aún cree que con esfuerzo todo puede lograrse. “Yo soy hincha de Palestino. Después de tanto tiempo aquí le agarras amor a la camiseta. Y además Palestino es un lindo club. Hoy fue el primer día, ojalá que de algo importante, porque lo que me juego es mucho. Pero tengo también esa pequeña ventaja de que soy juvenil y tengo que saber aprovecharla”, reflexiona, antes de iniciar su camino de regreso.

Y es de nuevo en la micro -en la micro que lo llevará al metro que lo dejará al lado del paradero de la micro que lo llevará de vuelta a casa- donde Camilo se vuelve por primera vez más realista, más pragmático. Y entiende -aunque probablemente ya lo había aprendido mucho antes- que el fútbol es mucho más que un juego y que una vía de escape. Es también una profesión, un medio de vida para salir adelante. “Yo veo el fútbol como un trabajo, quiero decir, sé que cuanto mejor te vaya mejor te van a ir pagando. Y es una oportunidad única para mí y para mi familia que tengo que saber aprovechar dando el 100 cada día, todos los días, empezando por hoy”, sentencia.

Y a la hora del almuerzo se encuentra ya de vuelta en su barrio de siempre, caminando por las calles de la población La Araucanía para llegar a su casa. Para entrar a la vivienda y pasar al lado del altar de Aarón, para mirarlo de reojo y tumbarse, llegado el momento, sobre la cama de su pieza del pasaje Cacique Leocato de Conchalí a la espera de un nuevo día.

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