Sebastián Lelio, el hombre que fue Oscar

Autor: Pablo Marín

Sebastián Lelio la noche del sábado tras recibir el Independent Spirit Award por su filme.

El triunfo de su quinto largo pone de relieve al cineasta, su biografía personal y artística. Nómada, excéntrico y astuto; apasionado e inquieto. Así lo dibujan los cercanos y así lo revela su inhabitual trayectoria.


Cuenta su amigo, el productor Andrés Mardones, que en 1994 armaron junto a Sebastián Lelio una especie de pyme informal que grababa matrimonios, fiestas de empresas o lo que cayera. Se llamaba Cine Libre y cada vez que Lelio, por entonces apellidado Campos, hablaba de ella, señalaba a Mardones y a sí mismo diciendo, “él es cine, yo soy libre”. Anecdótica y todo, la historia da cuenta del humor de Lelio y de su relación con las palabras -escogerlas, jugar con ellas- y de su necesidad de sentirse sin amarras para llegar donde el talento y los instintos se lo permitan.

Eso sí, con estas pinceladas lelianas no alcanza. Menos ahora, tras la estatuilla para Una mujer fantástica, cuando trabaja en el remake de una cinta propia (Gloria, 2013) protagonizado por Julianne Moore, que se montará en Santiago para viajar de vuelta a Hollywood. Hay otras pulsiones y otras constantes en este nómade involuntario que mutó en cineasta global, a mucha honra.

Excéntrico y astuto

Hijo de una pareja chileno-argentina (ella, bailarina de ballet; él, arquitecto), Lelio adoptó a los siete años el apellido Campos, el de su padrastro marino. Junto a él y a su madre, así como a los hijos de la nueva pareja, no estuvo nunca más de tres años en un mismo lugar (“Siempre era el nuevo”, ha declarado): tras Viña vino Concepción, luego EEUU, y a los 12 años, Cholguán, a una hora de Chillán, donde cursó enseñanza media (salvo 1991, en que un intercambio lo llevó de vuelta a EEUU).

Terminado el colegio, llegó a vivir a Las Condes y a estudiar periodismo en la U. Andrés Bello (1993). Una amistad de entonces lo describe “callado” y “súper divertido”. En cierta ocasión -por el físico y la forma de ser-, lo compararon con El Principito. El “lo recibió como un halago”.

Era de leer mucho (“De los clásicos rusos a Carl Sagan”, cuenta el animador y músico Sergio Lagos). Escribía textos que los profesores de redacción alababan y en algún punto, recuerda la periodista Carolina Urrejola, “le dio firme con escribir poemas”: iba a un taller de Mauricio Redolés para el que escribía con seudónimo “poemas luminosos” que Redolés “celebraba siempre”.

Junto a Urrejola, Lagos, Mardones y a otros formaron un “núcleo” de amigos al que llamaron “Evolución”. “Nos creíamos modernos, hacíamos fiestas tecno y lo que hacen los modernos (bohemia, sicotrópicos, viajar, en general)”. En 1994 entra a estudiar cine en la U. Arcis. Su docente preferido, por lejos, fue el realizador Carlos Flores, cuya máxima cervantina “Ataque irreflexivo y retroceso metódico”, pasó a ser algo semejante a su propio lema.

Flores echó andar el 95 su propia escuela -la Escuela de Cine de Chile- y Lelio lo siguió. Pero no quiso irse solo: “Sebastián me convence” de migrar, cuenta Mardones, “y además a Marialy Rivas [futura realizadora de Joven y alocada]. Un grupo de ocho personas más siguió a Carlos Flores. Todos amigos”.

Aunque había dejado la escuela inconclusa, Lelio volvió para sacar el “cartón”. A la hora de escribir y dirigir su trabajo de egreso, Ciudad de maravillas, le llevó la contraria al productor, que había impuesto el uso de celuloide en 16 mm. Finalmente, su episodio de Fragmentos urbanos (2001) fue el único de los seis registrado en digital. Para entonces, ya había trabajado con Lagos en el programa El futuro de Chile (CHV). Juntos, más tarde, se pasaron 24 horas seguidas grabando un piloto, Tiempo real (2002), que recorría Santiago un día completo para comprimirlo en una hora.

En miniDV y en tres días, casi sin guión y con dos cámaras, registró más tarde las decenas de horas que tras un año de edición fueron La sagrada familia. La película se estrenó con sentido de la oportunidad -otro rasgo leliano- en la Semana Santa de 2005, para retratar lo que un crítico llamó “la muerte de la familia”.

En esta cinta, como en casi todas, Lelio tensa y fustiga el rol del padre y del ser masculino, normalmente opaco e irresoluto. La mujer, en tanto, puede ser objeto de análisis, de contemplación o de aprecio. Su colega Fernando Lavanderos, que integró la serie documental Mi mundo privado (C13, 2006-07), recuerda a este respecto un capítulo realizado por Lelio cuya protagonista esperaba un doble transplante. El le había pasado una cámara y “ella se grabó varias veces en momentos muy fuertes”. La potencia del capítulo y el hecho de que las protagonistas de Lelio en la serie fuesen casi todas mujeres, plantea Lavanderos, es elocuente respecto del camino tomado.

En 2006, y como quien arranca una nueva etapa tras reencontrarse con el progenitor, Sebastián Campos vuelve oficialmente a apellidarse Lelio. “Son gestos que no se hacen en contra de nada, sino para ‘ordenar la casa’”, comenta hoy, explicitando que prefiere mantener el tema en la esfera íntima (tal como ahí ha mantenido su larga relación con la artista uruguaya Virginia Acosta).

Eso sí, dice estas cosas con amabilidad y bonhomía. Y es raro que le saquen los choros del canasto, incluso en Twitter. Una excepción vino tras los dichos de Ascanio Cavallo a Capital, en diciembre de 2013. Tras criticar el cine “asocial” y “ahistórico” que veía en su generación, el crítico planteó que “Lelio parte de un punto en que todo indica que quiere hacer un cine de ruptura (…), pero, en realidad, lo que le gusta es el éxito en Berlín, el Oscar”.

Tras calificar estas palabras de “ofensivas”, Lelio declaró que “pedirle al cine que sea ‘social’ a la manera de los 70 tiene un atraso estético de 40 años (…). ¿Es [Jim] Jarmusch un cineasta irresponsable por hacer una historia de vampiros [Only lovers left alive] y no hablar del sistema de salud norteamericano? ¿Por qué en Chile les da con eso?”.

Tras el impulso de Gloria, Lelio se embarcó en Iguazú, un “estudio de la masculinidad” que formaría un díptico con la anterior. Pero apareció Daniela Vega y Lelio empezó a moverse, con el guionista Gonzalo Maza, en la dirección de Una mujer fantástica. La idea original de este creador detallista y hasta obsesivo, que inspecciona cada área de sus producciones, debía “evolucionar a un lugar donde el espectador estuviera en una situación de incomodidad y curiosidad”, cuenta el productor Juan de Dios Larraín, que trabaja con Lelio desde El año del tigre (2011).

Se describe, así, un método que en algún punto coincide con la etiqueta que Flores les colgó a Lelio y a otros (Alicia Scherson, Matías Bize): “Excéntricos y astutos”. Gente que hace mucho con poco, que hace de otra forma, que hace lo que la necesidad y la intuición demandan. Ahí sigue Lelio, como quien va de cacería, camino a lo desconocido.

Seguir leyendo