El gol del Coto Sierra: un relato personal del instante que marcó a una generación

Hace 20 años el diez de La Roja convirtió una de las anotaciones más bellas de Chile en un Mundial, tanto que se transformaría en el momento cúlmine para una parte del país que esperó toda una vida por esa pelota entrando en un rincón del arco. Ésta es una crónica del tiro libre más celebrado en Chile desde Leonel Sánchez en el 62.


Sierra contra Camerún

A la distancia, por sobre las cabezas de una treintena de niños, se logra divisar un jugador de blanco, listo para disparar al pórtico de Camerún. El bullicio en la sala de séptimo básico del pequeño colegio de Salamanca, un pueblo en medio de la Cuarta Región, se detiene sin que esta vez el profesor lo exija. No hay claridad todavía de quién es el que se prepara para lograr lo imposible: pasar el balón por sobre esas torres vestidas de verde. Es difícil poder identificar al chileno. La televisión es pequeña y está lejos, tanto como para convertir en murmullos los relatos que marcaron a todo un país.


Un Mundial, ¿qué es un Mundial?

Es el 23 de junio de 1998, día en el que la Roja enfrentaba el partido más importante en Francia. Después de los amargos empates frente a Italia y Austria, la selección llegaba al tercer encuentro de la fase de grupos con la necesidad de obtener un resultado que les permitiera acceder a la siguiente ronda, para así poner fin a una sequía que se arrastraba desde 1962.

La expectativa era alta. Esa mañana el país se detuvo, nadie quería perderse esos 90 minutos de juego, menos los que por aquellos años éramos niños que todavía no sabíamos a cabalidad lo que realmente estábamos viviendo.

Para esa generación nacida en el segundo lustro de los 80 y principios de los 90, aquel Mundial se vivió con inconmensurable alegría pero con gran ingenuidad. ¿Qué tan importante es el Mundial? ¿Cuántos países lo juegan? Preguntas que si hoy se hacen a niños de la misma edad, probablemente respondan con más certezas que dudas.

El desconocimiento se debía a la historia que arrastraba el balompié nacional a nivel de selecciones. Luego de que Roberto Rojas se hiciera una tramposa herida en el Maracaná frente a Brasil, la FIFA castigó a Chile dejándolo fuera de las clasificatorias a Estados Unidos 94, por lo tanto, ese extraño Mundial realizado en Norteamérica, que fue para muchos el primero, se convirtió en un evento lejano. Estar o no presentes al parecer daba igual. No había mucho interés, menos los niños de la época que preferíamos alentar por nuestro Power Ranger favorito.

Pero de todos modos el fútbol estaba presente y, de una u otra manera, la ausencia de Chile se comenzaba a colar con pequeños detalles en las mentes de los futuros hinchas de la Roja.


Navidad del 93

Probablemente, el nervio casi invalidante que se apoderó de mí cinco años después en esa sala de clases, al esperar que el diez chileno ejecutara el tiro libre, se gestó en la Navidad de 1993. Sin clara conciencia de que al año siguiente se disputaba la máxima cita del fútbol mundial y, con escasos conocimientos de los seleccionados chilenos, recibo un balón de fútbol como regalo de Navidad.

Hasta ahí todo bien. ¿A qué niño apasionado por el fútbol no le gusta recibir un balón? Pero había un detalle. El regalo era un balón mundialista. Claro está, no el oficial ni nada por el estilo, sino una pelota que traía en cada casco las banderas de los países participantes de Estados Unidos 1994.

Comienzo a reconocer las banderas más “famosas”: Argentina, Colombia, Brasil, Italia, España, Bolivia, Estados Unidos. Le doy una y otra vuelta al balón buscando la chilena, pero parece que olvidaron ponerla, así que exijo a mi papá una explicación de la razón del error. Me acerco a él y lo conmino a explicarme la ausencia de nuestro emblema. Mi viejo, no muy interesado en dilucidar mi cuestionamiento, solo me responde algo seco y para él evidente: Chile no jugará el Mundial. Y sigue con lo suyo, dejándome una batería de preguntas sin resolver en una época en la que Google y Wikipedia no estaban disponibles para ahogar la curiosidad.

A cuentagotas comienzo a recolectar datos sobre las razones. Revistas, comentarios en la televisión y uno que otro dato suelto que me brindaba mi papá, ayudaron a armar el puzzle. Esto, mientras comenzaba a poner atención en cada noticia mundialera. Cuando Estados Unidos 94 comenzó, ya tenía medianamente claro que la ausencia de Chile era mucho más importante que una bandera en una pelota. Desde entonces nace el sueño casi utópico de ver a los nuestros jugando un Mundial.


La pequeña y enorme TV

Suena el teléfono de mi casa y contesto. Era Osmán, mi compañero de colegio de toda la vida que me llamaba para solucionar un grave problema: no teníamos dónde ver el partido contra Camerún.

-Oye, pregunté en la casa y me dieron permiso para llevar la tele mañana-, me dice con mucha alegría -pero pesa demasiado, no me la puedo solo. ¿Podrías pasarme a buscar y la llevamos entre los dos- me pregunta.

Osmán vivía a dos cuadras de mi casa y él a la vez a otras dos del colegio. No parecía ser un tramo muy complicado como para llevar la tele. “Ya po, mañana paso por allá”, le digo. No podía dejarlo tirado. En tiempos en que los televisores no se amontonaban como hoy en las casas, la movida de mi amigo era digna de aplausos.

Temprano, ese 23 de junio paso por su casa y sale con una tele negra de 14 pulgadas marca Daewoo que le tapaba toda la cara. Para dos niños de 12 años, el artefacto parecía demasiado enorme para llevarlo por dos cuadras.

-Uno de cada lado -me dice Osmán, asomando su cara por un costado del televisor. Y emprendemos rumbo al colegio con la tele entre los dos. Dos minutos resistimos el envión anímico y nos cansamos. Pero tuvimos un segundo aire, sabíamos que llegaríamos entre vítores al colegio con la tele. Avanzamos hasta la mitad del trazado y nos detuvimos. La situación era más que compleja, estábamos todavía a medio camino y faltaban menos de 10 minutos para entrar a clases. Las manos no parecían resistir más los dedos estaban rojos y los brazos comenzaban a doler, a pesar de ir rotándonos cada veinte pasos.

Nos detuvimos acongojados por la situación que nunca calculamos. En eso, desde un auto, un hombre treintón nos dice “¿los llevo?”. Nosotros, a pesar de las enseñanzas de nuestros padres de no hablarles a desconocidos y menos subirse al auto de uno, no titubeamos en aceptar la oferta. Era eso o abandonar la tele en la calle. Y decepcionar a nuestros compañeros.

No hubo vítores a nuestra llegada al colegio, básicamente porque llegamos atrasados igual, pero sí satisfacción del deber cumplido. Dejamos la tele en la sala del director, papá de un compañero, y nos fuimos a clases. La previa al histórico encuentro fue en un bloque de matemáticas que fue imposible esquivar.


El “Coto”, ese ilustre desconocido

El recreo fue el momento ideal para ir a buscar la tele. La llevamos a nuestra sala de clases y la instalamos en un mueble que dejamos en medio de la pizarra. Sintonizamos lo mejor que pudimos TVN y comenzamos a amontonar las sillas y mesas a los costados, todo con la venia de nuestro profesor jefe.

Varios se pintaron la cara con los colores de nuestra bandera. Algunos compañeros y compañeras, menos interesados, se sentaron con sola alegría de que esto era una forma de perder clases. En tanto, con un grupo de amigos nos ubicamos al final de la sala, como una pequeña barra, arriba de las mesas, lejos pero aglutinados esperando la ansiada clasificación.

El partido fue tenso de principio a fin. El fervor fue derivando poco a poco en tensión. No era necesario ser un erudito en el deporte rey para darse cuenta que Chile estaba muy complicado con Camerún. La incertidumbre de la clasificación se hacía presente. Los nervios se comenzaban a tomar las caras de los compañeros. Por mi mente pasaban los años esperando este momento, desde ese balón sin la bandera chilena, pasando por el horroroso empate frente a Venezuela en el primer partido de las clasificatorias, hasta el fatídico gol austriaco cuando el partido vivía el último estertor, recuerdos que solo acrecentaban la inquietante tensión que se apoderaba de todos, pero en especial de mí.

Veía el partido silente, enmudecido por los nervios, hasta que Zamorano recibe una falta de Song, jugador africano que esa jornada recibió los más fuertes epítetos que alguna vez se escucharon en una sala de clases.

¡Tiro libre! De manos en la cintura se pone uno de los nuestros frente al balón. Pedro Reyes, fácilmente identificable por su tupida barba se le acerca. ¿Quién es el que va a tirar? ,pregunto . Escucho un “el Coto Sierra” de Román, compañero con el que estaba peleado a muerte pero que me respondió igual, en momentos que el diez dispara. Silencio total. Intento ver la jugada entre las cabezas, pero todos están buscando el mejor ángulo. Veo la trayectoria del disparo entrecortado. La pelota entra, el curso entero se pone de pie y estalla de alegría. Yo no lo hago, quiero ver de nuevo el gol


El gol, la alegría y la frustración

¿Cómo fue que pasó esa pelota por arriba de esos defensas? ¡Quizá no entró y en cualquier momento lo anulan!, pensé con esa fatalidad tan inherente de mi generación.

Repitieron la jugada pero fue imposible verla, había mucha gente entre yo y la pequeña y lejana televisión, pero ya no anularon el tanto, así que decido unirme a la fiesta y saltar de alegría. Ni antes ni después se vivió tanta júbilo dentro de esa salas de clases. Ni cuando aplazaban las pruebas o nos decían: “Hoy veremos una película” o: “No vino el profesor, se pueden ir”.

Lo que siguió fue un partido tenso, casi imposible de disfrutar, salvo por la expulsión del odiado Song. Fue una catarsis. Toda la tensión acumulada se liberó un poco con los garabatos irrepetibles contra el jugador camerunés.

El pitazo final sonó y celebramos, nos abrazamos, saltamos y cantamos el himno, que a diferencia de cada lunes en la fila, esta vez fue a todo pulmón y no por cumplir. “Se pueden ir para la casa”, nos dice el profesor. Mi amigo me dice saliendo del colegio que la tele se la llevará en auto con un auxiliar del colegio.

El regreso a la casa fue entre bocinazos. Era primera vez que veía las calles de Salamanca con tanta gente celebrando. Probablemente, todavía no caía en cuenta lo importante del hecho que acababa de vivir.

Imagen opuesta de que lo se vivía en mi casa. Solo mi papá, que no estaba presente, era futbolero. Me siento en el living para solo ver por fin la repetición del gol desde todos los ángulos y me grabo para siempre al Coto Sierra disparando, con relatos de Carcuro, por sobre los defensas africanos y venciendo al espigado Jacques Songo, quien el año pasado diría a La Tercera que aquel partido fue un robo.

Y no fui el único que grabaría esa jugada. Al día siguiente comencé a ver a compañeros con el cuello de sus poleras levantadas, emulando al Coto Sierra, moda que perduró varios meses. Hoy, sólo pienso que de saber que pasarían 12 años para repetir la experiencia, hubiese disfrutado mucho más de ese instante. El diez chileno había puesto fin a toda una vida de frustraciones pero, sin que lo imagináramos, era el punto inicial de otro largo periodo de tristezas que harían de esta jugaba un ícono que se añoró durante más de una década.


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