Tercera PM

Presenta:

Francisco Cox

Francisco Cox

Abogado

La Tercera PM

Alegatos con peluca: De piojos y superioridad moral

En mi opinión, las justificaciones de este verdadero disfraz esconden una forma más de exclusión a la que echa mano el derecho, rodeándose de un aura sacro santa que tanto le gusta a quienes ejercemos la profesión de abogado.



Al inicar la etapa oral en el Palacio de la Paz de La Haya en contra de Chile, rápidamente algunos dejan de prestar atención a los argumentos de fondo para divagar por la forma de vestir de jueces y abogados.

Ello quizás por lo aletargado de los alegatos, la ausencia de prueba rendida en forma directa o porque simplemente al final siempre la frivolidad cumple un rol en nuestras cabezas. Y emerge, entonces: ¿por qué las túnicas, baberos y pelucas?

La explicación rápida es que ante la Corte Internacional de Justicia los abogados y abogadas deben comparecer a estrados como lo hacen ante sus cortes nacionales. Por eso, algunos abogados visten la túnica y babero, otros, como los chilenos, usan trajes, y otros llevan túnicas, baberos y pelucas.

Sin embargo, esta no es la práctica de todos los tribunales internacionales. Por ejemplo en la Corte Penal Internacional, a unos kilómetros de distancia de la Corte Internacional de Justicia, también ubicada en La Haya, donde me ha tocado litigar, todos quienes pisan el interior de una sala de audiencia deben usar la túnica negra y el babero blanco.

Pero si la razón es que uno comparece como lo hace ante los tribunales locales, la pregunta se traslada a por qué los abogados del Common Law visten túnica, babero (jabbot) y peluca y los jueces túnica.

La respuesta suele ser que la túnica iguala, imprime solemnidad, sobriedad y da la imagen de imparcialidad. En tanto que el babero o jabbot, según algunos, representa los diez mandamientos y de ahí su forma representando tablas. Las razones del uso de la peluca se remontan al siglo XVII y era la forma de vestir formal, algo como el traje para nosotros. Ahora, las justificaciones prácticas del empleo del peluquín son bastante asquerosas. En aquellos años la sífilis y los piojos estaban sumamente extendidos. La primera entre otros males causaba pérdida de pelo, por lo tanto, ponerse pelo de caballo en la cabeza era una rápida solución. En cuanto a los piojos, los que tenemos hijos sabemos que deshacerse de aquellos habitantes es bastante tortuoso, de ahí que se optara por el rapado y al comparecer ante tribunales se cubrían con una peluca, así como lo hacían para eventos formales.

En mi opinión, las justificaciones de este verdadero disfraz esconden una forma más de exclusión a la que echa mano el derecho, rodeándose de un aura de superioridad sacro santo que tanto le gusta a quienes ejercemos la profesión de abogado. Al igual como es habitual el empleo del latín por abogados, profesores, jueces que no tienen la más mínima noción de esa lengua, al ponerse una peluca, túnica y babero, el mensaje que se transmite es: somos pocos los que manejamos este conocimiento vedado para ustedes, ciudadanos comunes.

Por eso se disfruta que toda esa magia y pompa se desvanezca. Como cuando llevas un par de días o meses litigando con túnica y babero, habiéndose enganchado la maldita túnica en la silla al levantarte para interrogar un testigo, y tu vecino vuelve a todos a su humanidad más básica y te pregunta: “¿Habrá alguno de estos que esté desnudo debajo de la túnica?”.

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