Tercera PM

Presenta:

Macarena Ponce de León

Macarena Ponce de León

Historiadora.

La Tercera PM

¿De qué feminismo hablamos?

Alumnas de la U. Católica en la marcha contra “la cultura de la violación”.

El discurso ‘feminista’ de las universitarias requiere precisar sus énfasis porque si bien se trata de igualdad de género, a ratos el discurso parece ahondar en la necesidad de reconocer sus diferencias, y eso solo les resta cohesión y fuerza.


Como todo movimiento social, el de las universitarias contra la discriminación y violencia sexual ha tenido esta semana una fase de diagnóstico y organización asambleística necesaria para alentar la denuncia en el espacio público. La paralización de actividades en más de veinte unidades académicas del país junto a las marchas realizadas ayer, forman parte de una primera etapa de denuncia propia de las movilizaciones originadas en la sociedad civil. Solo un par de días han bastado para que la vehemencia de las estudiantes descorriera el tupido velo sobre un asunto soterrado por generaciones. Hoy existe unanimidad en la condena y eso habla de un profundo cambio cultural que subyace al debate y en el que debiera fundarse la siguiente fase ‘propositiva’ del movimiento que, dicho sea de paso, parece bastante más difusa.

Quienes lo lideran se declaran feministas y deploran el sexismo educacional. Sin embargo, esta aseveración no es suficiente. No porque sean mujeres y persigan la igualdad de derechos entre individuos de distinto sexo es un movimiento feminista; ni tampoco porque denuncien la discriminación sexista en la esfera pública y privada es un movimiento amparado en una ideología de género. El feminismo es un concepto heterogéneo y ha tenido énfasis disímiles a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, las demandas feministas en las primeras décadas del siglo XX fueron civiles y económicas más que políticas. Las mujeres querían divorcio y no sufragio porque necesitaban ampliar sus derechos sobre su patrimonio y de esta forma independizarse de la potestad masculina. Para ese entonces ya existía una masa crítica de mujeres universitarias, aunque pequeña. Querían trabajar. Para qué les servía el voto si no podían comer. Así, el feminismo solo persiguió el derecho al sufragio a partir de los años 1930, cuando las mujeres tomaron conciencia de que el voto les era indispensable para conseguir posiciones de poder y construir esa libertad.

En la actualidad, todo parece indicar que se trata más de una demanda cultural que de políticas públicas, ya que el foco está puesto en eliminar la violencia y los roles sociales definidos por el género. La evidencia más dura demuestra que a pesar de las brechas aun existentes, nunca antes las mujeres contaron con más derechos y oportunidades que en la sociedad actual. Por tanto, el discurso ‘feminista’ de las universitarias requiere precisar sus énfasis porque si bien se trata de igualdad de género, a ratos el discurso parece ahondar en la necesidad de reconocer sus diferencias, y eso solo les resta cohesión y fuerza.

Seguir leyendo