Tercera PM

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Cristián Valdivieso

Cristián Valdivieso

Criteria Research

La Tercera PM

La diferencia entre querer gobernar y tener que hacerlo

En los primeros días de su segundo gobierno, Piñera pareciera haber escuchado más la voz del pueblo que su antecesora. En una clara contraposición a la soberbia tecnocrática que caracterizó su primer mandato, hoy se nos presenta con una propuesta mucho más política que gerencial.



Las comparaciones son odiosas y en algunos casos hasta irritantes. Sin embargo, suelen ser útiles para contextualizar y proyectar escenarios. Y cuando se trata de presidentes, parecen inevitables. Más aun, cuando de pasiones y motivaciones tratan.

Mucho se ha dicho que la segunda candidatura presidencial de Michelle Bachelet, más que de sus propias convicciones, emergió de la presión de su entorno que veía en ella la más aceitada de las llaves para abrir nuevamente las puertas de La Moneda. Las encuestas mostraban que cuatro años después de haber dejado su primer gobierno con una aprobación del 80%, Bachelet seguía siendo respetada, admirada, pero, sobre todo, querida por el electorado. Electoralmente Bachelet era lo que coloquialmente se denomina un “cañón”.

A esta coacción alimentada por las encuestas e instigada por su entorno, posiblemente Bachelet agregó una presión potencialmente mayor, la de su Súper Yo. Una autoexigencia de género y un profundo sentido de la responsabilidad militante ante las demandas de su partido, el Socialista, del que nunca renegó, terminaron empujándola a aceptar la candidatura como una responsabilidad ineludible.

En este contexto, la ex presidenta enfrentó la nueva administración sin particular convicción, transmitiendo cierta dosis de desgano que algunos interpretaron como franca desidia al constatar que delegaba el diseño y la orientación de su segundo gobierno en sus ministros más cercanos, particularmente en el debutante Rodrigo Peñailillo, quien durante los primeros meses concentró un poder que terminó por asfixiarlo.

Este sentido del deber desprovisto de pasión y protagonismo la vació del gran sentido común que tanto le redituó en su primer gobierno, transmitiendo cercanía y capacidad de escucha que exacerbaban su natural empatía y la blindaban ante la ciudadanía frente a las críticas objetivas y subjetivas de sus opositores.

Impasible, Bachelet II no dimensionó cuanto de ese afecto ciudadano obedecía a la figuración que tuvo en su primera versión, a su capacidad de diálogo, su habilidad para promover confianza y a su capacidad intuitiva; habilidades que en sus primeros cuatro años puso al servicio de la responsabilidad de su cargo. Contrariamente, al volver a La Moneda Bachelet optó por retraerse, delegar lo que no era delegable y sobreponer la ideología partidaria a su intuición, avalando en sus primeros días alusiones despectivas de su sector a “los poderosos de siempre” o un proyecto de ley que antes de mejorar la educación pública, partía por eliminar la subvencionada. En menos de un año, y mucho antes del caso CAVAL, la Presidenta que había ganado por 24 puntos de diferencia a la hoy alcaldesa de Providencia, ya contaba con una desaprobación que superaba a su aprobación.

En la otra vereda, Sebastián Piñera dejó su primer gobierno con la mitad del apoyo en las encuestas que el que ostentaba Bachelet y por lo mismo su candidatura no quedó -para nada- instalada desde el día uno. No le llegó por defecto ni por súplica, tuvo que pelearla, ganarse lo que deseaba. Por ello buscó protagónicamente su re postulación y se arriesgó conscientemente, entre muchas cosas, al escarnio de ser motejado como ex presidiario en la primaria de su sector.

Esa ambición por volver explica que Piñera inicie su segundo gobierno con una energía e ímpetu desbordante. En menos de una semana evidenció que había llegado para gobernar, destituyendo generales y derogando decretos de último minuto de la administración anterior. Hizo un llamado a grandes acuerdos nacionales y mandató a su premier derribar la propuesta de cambio constitucional de Bachelet. Eso, sin contar sus deseosos paseos ciudadanos por los entornos de la casa de gobierno.

En los primeros días de su segundo gobierno pareciera haber escuchado más la voz del pueblo que su antecesora. En una clara contraposición a la soberbia tecnocrática que caracterizó su primer mandato, el hoy Presidente se nos presenta con una propuesta mucho más política que gerencial, ofreciendo diálogo para consensuar las transformaciones de largo plazo que Chile necesita.

Habrá que ver si la aspiración de Piñera por superarse a sí mismo logra mantenerlo a raya de su soberbia de origen y, por, sobre todo, está por verse si esa actitud es retribuida por la díscola ciudadanía (encuestada).

Por lo pronto, siempre será mejor querer gobernar que tener que hacerlo.

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