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12 de agosto de 2012
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 Publicado en La Tercera, 11 de agosto


En el deporte de alto rendimiento sostener una campaña es lo más complejo. Escribo esta columna antes de que Argentina enfrente a Estados Unidos por la semifinal masculina de básquetbol en Londres, por lo tanto sin la carga emotiva -a favor o en contra- del resultado.

Los años han pasado desde que Argentina vino a Valdivia con Rubén Magnano en la banca y se llevó el Sudamericano de 2001. Luego clasificaron en el Premundial de Neuquén a Indianápolis 2002, donde se convirtieron en el primer equipo en vencer al "Dream Team" estadounidense, para luego caer en la final ante Yugoslavia. Fue un robo. El camino no varió un ápice y la hora mayor llegó en Atenas 2004, con el oro olímpico, superando otra vez a los norteamericanos en semifinales y en la definición a Italia.


El periodismo los bautizó como la "Generación Dorada". Emanuel "Manu" Ginóbili se había transformado en una referencia, a partir de su consagración con San Antonio Spurs en la NBA, en la que incluso fue campeón. Luis Scola compartía y no peleaba el liderazgo, también brillando en la mayor liga cestera del planeta. En ese plantel inicial descollaba Andrés Nocioni, un jugador que contagia y transmite, aunque la valla parezca inalcanzable. Los actores del comienzo fueron apagándose por el paso del tiempo o porque los niveles declinaban. Rubén Wolkowyski  y Fabricio Oberto, puntales bajo el tablero para colaborar con Scola, dijeron adiós, al igual que Alejandro Montecchia y "Pepe" Sánchez, mientras iniciaba su despegue Carlos Delfino, emergente en Grecia, vital en Londres.

Desde esa irrupción de 2001 este grupo de jugadores fue capaz de alcanzar el bronce en Beijing 2008, el cuarto lugar en el Mundial de Japón 2006 y el quinto puesto en el Mundial de Turquía 2010. Más de una década después reiteran su vigencia en una prueba de suficiencia que no deja de sorprender, pero sobre todo de emocionar.

A los que el deporte nos atrae por convicción, las epopeyas que el grupo liderado por "Manu" consiguió  tocan la fibra. Si me pidieran cómo definir un equipo, no tengo duda en elegir a la pandilla del zurdo de Bahía Blanca. Siempre optimistas, ganadores, respetuosos del rival, pensando que cada partido es una final o el más importante de sus vidas, solidarios, sin divismos, rindiendo más que en sus clubes o por sobre sus posibilidades. Las pruebas son palpables, pero quizás el ejemplo que dan sus entrenadores es llamativo.


Hoy dirige Julio Lamas, pero lo secunda Sergio Hernández, su antecesor. Se la hago corta: es como si Sergio Batista fuera el ayudante de Alejandro Sabella. Parece imposible, pero no es nuevo. Antes Magnano también recibió la ayuda de sus pares y él tampoco se restó.  Cuando observamos los distintos comandos técnicos de la selección argentina de básquetbol apreciamos a buena parte de los entrenadores que dirigen en la Liga Nacional, el germen de este proyecto envidiable. Desde Chile podemos decir que nunca Lamas o Hernández, a pesar de todo lo que consiguieron, se negaron para venir a colaborar con nuestro baloncesto, en especial con las Clínicas que organizó Miguel Ureta y la Fundación Encestando una Sonrisa.

Todo lo anterior permite sostener que la "Generación Dorada" es la mejor expresión en la historia de los deportes colectivos sudamericanos. Permanecer más de 10 años en la línea de fuego de la elite, con la misma base, cuando el juego de la pelota naranja alcanzó su mayor categoría y expansión a partir de la apertura de la NBA es un hito que difícilmente podamos volver a ver.

Es cierto que lo anterior se involucra en el terreno de la discusión, pero el fútbol argentino y brasileño, con todo su potencial grupal e individual, con Maradona, Messi, Ronaldo y Romario de estandartes, no han logrado equiparar a la pandilla de "Manu".

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