Al rescate de la milenaria cestería yagana

Cristina Calderón elaborando una cesta yagana.

Se analizó la técnica usada por la última originaria hablante de este pueblo austral. El trabajo pretende ser registrado como arqueología moderna.


Cristina Calderón nació en 1928, en el sector de Róbalo, a una hora de Puerto Williams, en la zona más austral del mundo. Huérfana desde los cinco años, fue criada por abuelos y tíos. A los 90 años, es la última yagana hablante con vida. La única sobreviviente de una cultura que tras seis mil años, desde su asentamiento en el Cabo de Hornos, apagará sus voces con la de Cristina.

Sin embargo, la singularidad de sus palabras no es su único tesoro. Reconocidos por su artesanía con juncos o junquillos, la continuidad de la cestería yagana también está en sus manos.

En un hecho inédito en Chile, la Policía de Investigaciones (PDI) registró su trabajo. Desde la obtención de la planta hasta el tejido. Y no solo son sus obras, sino su técnica. Gracias a las labores de una perito perimétrica y un fotógrafo, la Brigada de Delitos Medio Ambientales (Bidema) pretende convertir su práctica y legado en arqueología contemporánea.

“Es un patrimonio que pasa de ser material, dado todo lo que conlleva, en cuanto al aprendizaje ancestral de la técnica, la elaboración de los nudos, el tejido y la obtención de los juncos. Es parte de ese patrimonio inmaterial que registramos y queremos conservar”, indicó Edgardo Rodríguez, subcomisario de la Bidema.

Según cuenta Lidia González Calderón, hija de Cristina, la particularidad del trabajo de su madre se encuentra en el aprendizaje. “Aprendió de yaganes puros”, enfatiza. “No existen contemporáneos a la señora Cristina que hayan aprendido la técnica. Ella es la última que maneja esa cualidad ancestral. Es todo prístino”, asegura Rodríguez.

Hoy, sus trabajos se encuentran en el Museo Arqueológico Martín Gusinde, de Puerto Williams. Aunque más allá del valor que tomó con los años, la mujer creó cestas por un tema de subsistencia. “Ella aprendió de pequeña, porque estos elementos le servían para guardar cosas”, indicó Lidia.

En este sentido, su hija destaca la autenticidad del trabajo y aquello que lo diferencia de la artesanía practicada por otros pueblos, como el huilliche. “Ellos mariscan mucho. Hacen el tejido más separado, para que caiga el agua. Ella tiene un tejido diferente. Recolectaba frutos secos, como el calafate. Son frutos silvestres pequeños, tenía que ser más apretado el tejido”, aseguró.

En opinión del subcomisario Rodríguez, una vez que fallece el autor, la creación toma un valor mayor. “El trabajo de la señora Cristina puede ser considerado piezas arqueológicas contemporáneas”.

Con el objetivo de evitar que su legado se contamine o sea vulnerada su autenticidad, este registro pretende materializarse en una inscripción que le otorgue un valor único e intransferible.

“Estamos elaborando un informe final, con el objetivo de solicitar alguna inscripción en el Departamento de Propiedad Intelectual de la ex Dibam”, señaló Rodríguez. La iniciativa de la policía civil se enmarca en el 89 aniversario de la institución, y está orientada a iniciar un camino que continúe con otros exponentes de similares características patrimoniales.

“La PDI es una policía que reconoce la importancia de nuestros pueblos originarios en la conformación de la identidad del país, de ahí la relevancia del registro criminalístico con estándares internacionales que actualmente realiza la Bidema con la etnia yagán, en un proyecto pionero para una policía a nivel mundial”, indicó Héctor Espinosa, director general de la PDI.

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