La huella de Nicanor

Hombres de números, ingenieros de tomo y lomo, todos ex alumnos de la Universidad de Chile, tuvieron la oportunidad de tener a Nicanor Parra como profesor de Literatura entre los años 1972 y 1994. Años antes, en la década del 40, había sido profesor titular de Mecánica Racional y director interino de la Escuela de Ingeniería de la misma casa de estudios..., la misma en que se formó. Aquí, Daniel Malchuk, Álvaro Alliende y Ernesto Rosselot cuentan cómo influyó el antipoeta, matemático y físico en su vida académica, profesional y personal.

Daniel Malchuk
President operations, Minerals Americas, BHP Billiton

Participé en las clases de Nicanor Parra hace aproximadamente 35 años, en el curso de Literatura en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, que él dictaba.

En la carrera era obligación tomar al menos tres cursos electivos humanísticos y me produjo curiosidad poder conocer a Nicanor considerando su tremenda trayectoria.

Todos quienes pasamos por esos cursos descubrimos cosas nuevas, y al personaje, que ya en esa época era reconocido. Fue interesante ver la simpleza y humildad de un personaje como Nicanor. En ese momento no atesoré lo que significaba; con el tiempo me fui dando cuenta de su significado.

Para los ingenieros es muy importante tener esa conexión con el mundo real y las letras, Nicanor fue un referente en ese espacio y me doy cuenta de que a través del tiempo son esas experiencias las que me hacen más completo desde el punto de vista profesional.

Nicanor era especial. Me impresionaron la pasión y el desenfreno de su mente, sus clases lograban generar un ambiente de admiración y a veces perplejo por la manera en que Nicanor abordaba los temas. Fue muy significativo para muchos de nosotros.

Álvaro Alliende
Director de empresas

Aunque originalmente Nicanor Parra ya era parte de la facultad en la cátedra de Mecánica Racional, él se unió a una generación de humanistas, liderados por Enrique Lihn, que fueron exiliados del Campus Gómez Millas por la izquierda sectaria que dominaba esa facultad de la Universidad de Chile los años 70. Tampoco eran de derecha precisamente, sino almas libres, difíciles de encasillar y sospechosos para comunistas y militares. Ortogonales al eje izquierda-derecha como le gustaba decirnos a Nicanor en nuestro lenguaje ingenieril.

Mi experiencia con Nicanor fue a través de tres cursos de Literatura que tomé en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile y unas tres o cuatro veces que fui a su casa a entregar algún trabajo y aprovechar de conversar con él. Era una persona muy cercana, muy aguda y con mucho ingenio y creatividad. Siempre estaba anotando frases o palabras que parecían curiosas y de ahí empezaba a construir sus obras. Como era físico de formación, enganchaba muy bien con nosotros, ya que era bilingüe en el lenguaje de la matemática y el de la literatura. Él nos hizo ver que cualquiera podía ser una persona de letras, que no había que ser un erudito, sino un observador agudo de las personas y de las cosas que nos rodean. También nos enseñó la importancia de las palabras y como éstas crean realidades. Nos desafiaba la creatividad, porque el proyecto final tenía que definirlo uno mismo. No había reglas ni expectativas, no había ninguna guía, menos una pauta de corrección. El trabajo había que entregarlo en su casa y explicarlo. Para nosotros, ingenieros cuadrados, era un ejercicio increíble. Algunos se exasperaban ante tanta ambigüedad. Yo lo encontré apasionante. Un año recopilé todos los grafitis de los baños de la universidad y de cuanto baño público me topaba, a Nicanor le gustó mucho y de inmediato empezó a tomar notas para sus ideas geniales. Fue mi acercamiento a la antipoesía a través del excusado. Otro año, un alumno entregó varias páginas en blanco, obtuvo nota siete, porque según Nicanor era muy difícil ganarle a la página en blanco. Nadie se atrevió a repetir la hazaña. Fue también un pionero de la ecología profunda en una época en que el cuidado por el medioambiente no era un tema que en Chile estuviera en la agenda de nadie. Iba vestido siempre con la misma ropa, porque decía que la ropa tenía que deshacerse en el cuerpo para no contaminar el planeta. De la mano de Nicanor conocí ideas tan disimiles como el taoísmo, la escuela de Frankfurt de la teoría crítica. Las obras de Bertrand Russell, la poesía ecológica de Thoreau, La tragedia del Rey Lear y tantas más. Nicanor Parra, sin duda, dejó una huella imborrable en cientos de ingenieros, matemáticos, físicos y geólogos que pasaron por Beauchef entre los años 70 y principios de los 90.

Ernesto Rosselot
Telco Analytics Sales Executive, Latin America IBM Industry Plataforms

Fue a fines de los años 70 cuando tomé un par de cursos con Nicanor Parra en la Escuela de Ingeniería de la U de Chile. Había pasado la época en que él hacía clases de Física y ya dictaba electivos de Literatura. Yo debo haber tenido 20 años y él poco más de los 60 que cumpliré este 2018.

¿Qué puedo decir 40 años después de esos encuentros? Que me convertí en un parriano incurable, que ejerció una influencia en mi forma de entender el mundo, que se transformó en un referente y era citado con frecuencia en mi familia de origen, en mi círculo de amistades y después por mis dos hijos. Que nos llegó a todos, de distintas formas e intensidades, pero nos marcó.

Puedo decir que leí sus obras y fui a sus exposiciones, que años después él compró su primera casa en Las Cruces, “La Pajarera”, y que luego de que se incendiara compró la propiedad vecina, ambas a dos casas de distancia de la que mis abuelos maternos adquirieron en los años 40.

La que fuera mi casa de veraneo de infancia me transformó en su vecino y hasta hace poco mi madre y mi tía Lela lo visitaban, en simple calidad de buenos vecinos. Él las trataba cortésmente con el título de “misiá”, les elogiaba su apellido, por su musicalidad, y les hablaba del trabajo que estaba haciendo en ese momento. También recuerdo que tuve el desatino de leerle Descansa en Paz a mi abuela cuando mi abuelo recién había muerto. Y en su funeral en Las Cruces, mi tío Carlos Risopatrón, con 87 años a cuestas, le ofició su última misa.

De sus clases mismas no recuerdo detalles. En esos tiempos su obsesión era el taoísmo. Los temas predominantes eran la dualidad del Ying y el Yang, el anverso y el reverso, Lao Tse y la no acción. Decía que la forma taoísta de combatir el frío era cargar la estufa de leña seca, tomar los fósforos y no encenderla. Nos introdujo al Tao Te Ching, al Arte de la Guerra de Tsung Tzu.

Era un curso numeroso, de unos 50 o más alumnos, que se dictaba en el auditorio de Estructuras de la facultad. Parra llegaba puntualmente, cargando en el hombro un bolso de cuero repleto de libros que desplegaba en una mesa, e iba directo a lo que venía, sin preámbulos. Al finalizar, se iba rápidamente sin intimar con los alumnos. Las clases no eran participativas, eran más bien un monólogo, casi de asociación libre, con frecuentes citas de textos. Nunca supe con certeza si las preparaba especialmente o si solo llegaba a hablar de lo que ocupaba su mente en el momento. Siempre parecía algo preocupado o perturbado, aunque a veces sonreía esperando alguna reacción de la platea. Había una cierta teatralidad, a veces escribía en la pizarra con su letra grande característica. El aula, ciertamente, era lo suyo.

Es difícil precisar el plano de su influencia. Hay algo intelectual, sin duda, pero también un fuerte componente emocional y estético. Una admiración por su atrevimiento, irreverencia, sarcasmo, libertad de pensamiento, la contradicción inherente de este huaso que traduce a Shakespeare, profunda capacidad de síntesis, humor, espíritu lúcido y lúdico.

Pensando un poco más, me planteo la posibilidad de que, salvadas muchas distancias y las jugarretas del ego, no haya también a la base una identificación cultural y biográfica, pues también yo fui un hermano mayor, sostenedor familiar prematuro, que vivió su primera infancia en el Chile rural del sur, desterrado de niño a estudiar en Santiago en busca de mejores horizontes, en mi caso en casa de mis abuelos y un colegio pituco, con inclinación temprana por la ciencia, en mi caso las matemáticas, con un gusto compartido por la tiza y un aire cosmopolita con raíces en un Chile rural casi desaparecido.

Supe de su muerte estando por trabajo en Brasil y me entristecí. En el diario O Estado de São Paulo recorté la reseña “Morre o poeta criador da antipoética” y la traje conmigo para ponerla dentro de uno de sus libros.

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