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Opinión
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Actualizado el 08/10/2017
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Aparentemente verdadero…

Autor: Ricardo Hepp

Resulta interesante que una palabra que recién el año 2003 comenzó a ser utilizada en español, como traducción del inglés “post-truth”, en diciembre de este año se incorpore oficialmente al diccionario de la Academia de la Lengua. Posverdad, que partió en un lugar muy marginal en el uso, pasó en poco tiempo a convertirse en un pilar básico de los comentarios periodísticos y políticos.

La lectora Rosario Millán escribe: “en estos días preelectorales encuentro en La Tercera la palabra posverdad tanto en los espacios periodísticos como en las opiniones, pero a nadie parece importarle mucho cómo escribirla. En ocasiones la he visto con la letra te incorporada (postverdad), otras sin la te (posverdad) y, claro, también la he visto con guion (post-verdad)”. Y, pregunta: “¿Cómo, por fin?”.

El tema gramatical que plantea ya lo vimos antes en este espacio. No hay duda: los académicos recomiendan emplear la forma simplificada “pos” (sin la letra te), y la norma dispone que los prefijos se deben escribir unidos a la palabra a la que acompañan. Además, al no tratarse de un prefijo que anteceda a un término que comience por mayúscula, no hay razón para emplear el guion intermedio. Tampoco hay motivo para escribir esta voz con inicial mayúscula, ni existe la necesidad de hacerlo entre comillas. Conclusión: se escribe posverdad. Y, así ingresará en diciembre al diccionario de la Real Academia Española (RAE).

Su director -el académico Darío Villanueva- sostuvo tiempo atrás que el término posverdad se refiere a “aquella información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”. La palabra cobró actualidad cuando la prensa describió la conmoción que causó el Brexit, en el Reino Unido; y también, con la sorpresiva victoria de Donald Trump, en las elecciones de Estados Unidos.

Más allá de la definición académica, muchos periodistas y columnistas han definido el término como algo que aparenta ser verdad y que pasa a ser más importante que la propia verdad…

Solo para reforzar

En columnas de opinión y en distintas secciones del diario encontramos dobles negaciones que se usan para reforzar el enunciado. El lector Abelardo García M., de Valparaíso, envía una larga lista de negaciones dobles -todas correctas- pero señala que algunas le parecen tener, finalmente, un significado afirmativo: “cuando alguien dice que no hay nada ¿no implica que hay algo?”.

Tal vez con un ligero tonillo burlón, pero nada más.

A diferencia de otras lenguas, en español existe una forma particular de negación, que permite combinar el adverbio “no” con otros elementos que aportan significado negativo. Son las dobles negaciones. Así, por ejemplo, ocurre con el empleo de los adverbios “nunca”, “jamás”, “tampoco”, los indefinidos “nadie”, “nada” y “ninguno” y el adverbio de enlace “ni”, entre varios otros.

Expresiones como “no vino nadie”, “no puedo verlo ni en pintura”, “nadie vio nada ni nadie oyó nada”, “no tengo ninguna”, “no lo haré jamás” o “no lo sabrá nadie” emplean la doble negación, y la concurrencia de ésta -según el Diccionario Panhispánico de Dudas, DPD- “no anula el sentido negativo del enunciado, sino que lo refuerza”.

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