Black Sabbath impone su leyenda ante un estadio Monumental repleto

El grupo dio una muestra de su absoluta vigencia ante un recinto casi desbordado.




La oscuridad reinó en el estadio Monumental. La frase, ideal para etiquetar cualquiera de los aciagos fines de semana que el último tiempo ha vivido Colo Colo en su reducto, anoche sirvió para ilustrar un escenario casi opuesto: la primera vez en Chile del elenco histórico de Black Sabbath -la formación que legó casi la totalidad de los principios, los ritos y los tics del heavy metal- fue una muestra de comunión y fervor que postula como un hito indiscutible en la cartelera local de esta temporada (ver crítica).

Cincuenta mil personas que no sólo reportaron la segunda mejor convocatoria en el breve historial de megaconciertos en el lugar (sólo superado por Pearl Jam, en 2011, con 55 mil); una legión que también hizo ver el recinto casi desbordado, con asistentes apiñándose en los sectores de las escaleras y otros, ya en el área de cancha, detonando los nervios de guardias derrotados por la marea negra. De hecho, si a las 21 horas una cámara aérea hubiese merodeado el estadio, la imagen arrojada habría sido la de un hormiguero gigante agitándose al límite de su capacidad.

Una masa transversal, pero donde resaltaban militantes de la vieja guardia, de esos que peinan canas o se rindieron ante la calvicie,

que superaban los 40 y hasta los 50 años,

y que crecieron maravillados con las historias de un

Ozzy Osbourne (64)

que mordía murciélagos y figuraba como emisario de las tinieblas. Los mismos que, junto a otros seguidores más recientes, hicieron enormes filas desde la mañana de ayer: a las 14 horas ya había cerca de cinco mil personas en los accesos habilitados y el gran entretenimiento era arrojarse envases de cerveza y agua. Como en los 80, los viejos tiempos, cuando los metaleros se agrupaban en gimnasios de fachada rugosa y desataban rituales al límite de lo decoroso.

Para todos ellos, el conjunto que completan el guitarrista

Tony Iommi (65)

y el bajista

Terry "Geezer" Butler (64)

apareció a las 21:19 horas, emergiendo desde el codo norte del estadio y bajando por los extensos tablones que remataban en el escenario, casi como apóstoles enviados al encuentro con su feligresía.

No estuvo muy lejos de eso.

War pigs,

himno mayor del género, fue el primer mazazo. El coro final, vociferado por parte del respetable como auténticos vikingos a punto de librar una invasión, hizo el resto. En el medio, muchos se tomaban la cabeza bajo gestos de incredulidad, otros cabeceaban y levantaban las manos, y el resto, ayudados por las dos pantallas que secundaban el escenario, no podían creer cómo tres sexagenarios, y uno de ellos -Iommi- en plena batalla contra un cáncer linfático, aún podían dar muestras de vigor y categoría.

Casi como agradecimiento, Osbourne presentó casi todos los temas e incitó una y otra vez al bramido. Into the void, Under the sun/Every day comes and goes -con un fanático emergiendo desde la galería con una suerte de bengala y abriéndose paso hasta la mitad de cancha-

Fairies wear boots

,

Black Sabbath, Iron man

y el emotivo cierre con

Paranoid

completaron una velada impecable.

En quizás el único punto negro, el cambio de escenario decidido por los organizadores -pasó de estar en el centro de la cancha a ubicarse en el ala norte- perjudicó y detonó los reclamos de quienes se situaron en Océano y quedaron más distanciados del montaje. En la previa, y mientras

se encargó de abrir a toda velocidad el espectáculo con un

show de 60 minutos

, los ingleses se

reunieron con ocho fans

que pagaron un paquete VIP que permitía conocerlos. Es cierto: fueron privilegiados. Aunque, cualquiera de los presentes anoche, se fue con la misma satisfacción.

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