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Actualizado el 12/01/2018
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Bullying urbano

Autor: Javiera Sánchez B.

Nadie pensaría que hay lugares de la ciudad diseñados especialmente para incomodar. Pequeñas sutilezas que a simple vista pasan desapercibidas y que silenciosamente resguardan los espacios públicos y obligan a las personas a comportarse.

Bullying urbano

Hay gente que cree que esas esferas de hormigón que han proliferado en algunos lugares de Santiago son un simple adorno. Muchas veces no es así, y no están puestas en parques, estacionamientos y otros espacios con fines meramente decorativos sino que por seguridad, para prevenir alunizajes o limitar el acceso de los automovilistas capaces de subirse arriba de cualquier cosa con su máquina para quedar lo más cerca posible de su destino. Otras personas piensan que en algunos parques, las bancas tienen un incómodo tercer brazo fijo al medio porque el que lo construyó no sabía lo que hacía, pero la verdad es que el diseñador a cargo tenía su objetivo claro: impedir que alguien se tumbe y por ejemplo, pase la noche sobre él.

Sentarse donde corresponde Uno de los fines objetivos del diseño hostil es que intenta delimitar los espacios donde la gente puede o no sentarse, como esta infraestructura ubicada cerca del metro El Golf en que las semiesferas están puestas para evitar que la gente lo haga sobre el muro.

Sentarse donde corresponde
Uno de los fines objetivos del diseño hostil es que intenta delimitar los espacios donde la gente puede o no sentarse, como esta infraestructura ubicada cerca del metro El Golf en que las semiesferas están puestas para evitar que la gente lo haga sobre el muro.

En general, el diseño busca soluciones que les faciliten la vida a las personas, pero en ciudades cada vez más grandes en las que la convivencia se hace más difícil ha comenzado a florecer un tipo de mobiliario creado para ahuyentar al público o disuadirlo de ciertas prácticas como robar, consumir drogas o destruir el antejardín de las personas que viven alrededor del colegio de sus hijos con su auto. Se llama diseño desagradable o arquitectura hostil, y cuando está bien hecho da con una serie de estrategias para que los usuarios –especialmente algunos específicos como adolescentes o vagabundos- se queden un tiempo limitado y no usen los espacios para dormir, pololear o trabajar.

Esta estrategia puede tomar muchas formas y de eso se dieron cuenta la arquitecta Selena Savic y el diseñador Gordan Savicic hace casi diez años, mientras vivían en Rotterdam, donde empezaron a fotografiar estos dispositivos de la restricción. Con el material recopilado editaron el libro Unpleasant Design, que plasma distintas formas del diseño desagradable.

Por desagradable los autores entienden todo aquello que ha sido intencionalmente creado para prohibir ciertos usos o intimidar a usuarios y que puede expresarse en una reja con púas o un espacio con pinchos hasta recursos más sutiles: una baranda más alta de lo común para que la gente no alcance a sentarse sobre ella, un banco sin respaldo o con uno extremadamente recto para que las personas no se acomoden tanto, una superficie rugosa anti-skaters o incluso luces que se supone que producen determinados efectos como, por ejemplo, parecen creer algunos municipios británicos que han iluminado con rosado, color que resalta espinillas e imperfecciones en la cara, ciertos sectores de los edificios públicos para evitar que se junten ahí pandillas de adolescentes. Mientras tanto, en Estados Unidos, donde los baños públicos son hoy un campo de batalla contra el extendido uso de opiáceos sintéticos, recientemente una bomba de bencina en Pensilvania puso luces azules fosforescentes en el suyo porque impiden que los consumidores de droga se encuentren la vena para inyectarse.

Anti-skaters Estas protuberancias en las barandas hacen imposible que un skater pueda usarlas como rampa

Anti-skaters
Estas protuberancias en las barandas hacen imposible que un skater pueda usarlas como rampa

En otras palabras, el diseño desagradable busca controlar el comportamiento social y evitar conflictos entre ciudadanos a través de objetos o prácticas que, tal como explica el libro Unpleasant Design, actúan como agentes silenciosos para hacer la ciudad más segura y reducen la necesidad de contar con policías o guardias.

Para la investigadora de York University Cara Chellew, quien creó el blog #DefensiveTO dedicado a documentar este tipo de prácticas en Toronto, una de las ciudades más pobladas de Canadá, y sus alrededores, estos dispositivos les dicen a sus grupos objetivos que no son parte de su público y no son bienvenidos, pero terminan por hacer incómoda la ciudad para todos. “Las bancas defensivas limitan el espacio a dos adultos, cuando en una normal podrían caber dos cómodamente. Además, impide que personas con discapacidades puedan usarlas si es que necesitan más espacio. Otros elementos, como las protuberancias metálicas, pueden resultar peligrosos para niños y personas con problemas a la vista”, explica.

Rebeldes con causa
¿Funciona el diseño desagradable? “Sí, el buen diseño desagradable funciona, logra su objetivo”, dice Selena Savic y agrega: “La gente no puede dormir en las bancas con apoyabrazos en medio y se va a otro lugar. Tampoco pueden sentarse en los espacios de las entradas de los edificios cuando tienen objetos puntudos de metal”.

“La gente siempre encuentra la forma de esquivar la rigidez del diseño urbano defensivo. Quien necesite dormir lo hará sentado. He visto personas removiendo elementos antipatinetas y a otros llenando con cemento las ranuras que impiden su paso”, explica por su parte Chellew, quien tras un tiempo analizando al fenómeno, dice que casi todos los espacios públicos nuevos o que han sido refaccionados incorporan alguno de estos elementos y que su uso se ha normalizado.

Sin dormir Los brazos en medio del asiento impiden que alguien se recueste sobre él y delimitan cuántas personas pueden sentarse.

Sin dormir
Los brazos en medio del asiento impiden que alguien se recueste sobre él y delimitan cuántas personas pueden sentarse.

Pese a que en muchos casos estas prácticas sirven para fomentar una sana convivencia entre las personas o prevenir la delincuencia, esto no siempre deja a todos contentos y han surgido grupos que se oponen a esta forma de hacer ciudad. En la propia página de Unpleasant Design, hay un apartado con estrategias de resistencia o reapropiación que muestra maneras de “hackear” estos elementos.

En Londres hubo un caso que resonó fuertemente. Ocurrió en 2015 cuando frente a una tienda ubicada en Shoreditch, en la zona este de la ciudad, pusieron pinchos en el suelo tal como estaba ocurriendo en distintos sectores para evitar que se instalara la gente que no tienen dónde vivir.

En medio de una discusión sobre si los pobres estaban siendo expulsados de Londres, un grupo de artistas y residentes locales decidió boicotear la medida e instaló colchones sobre las púas y puso además una minibiblioteca con libros sobre desigualdad, gentrificación y hackeo de lugares. Así surgió Space, not spikes (espacio, no pinchos) en contra del diseño hostil y cuya performance se puede ver en Tumbler Betterthanspikes. Una de sus integrantes, Leah Borromeo, dijo a The Guardian que si bien las púas cumplen con su objetivo no se hacen cargo del problema de fondo que es la pobreza.

Pero de acuerdo a la autora de Unpleasant Design, en general una vez que la gente empieza a notar estas estrategias, su actitud frente a ellas cambia. “Esto ha provocado discusiones sobre lo que es razonable en las políticas de diseño urbano y cómo lidiar con el problema de raíz, como en el caso de los indigentes”.

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