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Actualizado el 28/07/2017
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Buscando vida entre la muerte

Autor: Matías Sánchez Jiménez

Las 24 horas del día y durante toda la semana los equipos de procuración buscan en las unidades de pacientes críticos candidatos a posibles donantes de órganos. En Santiago, cinco coordinadores entrevistan constantemente a las familias de personas que han muerto para hacerles una pregunta difícil en uno de los peores momentos de su vida. Los acompañamos de principio a fin.

Buscando vida entre la muerte

A las siete de la tarde, la enfermera Lydytt Alfaro (45) recibe una llamada desde la Unidad de Pacientes Críticos (UPC) del Hospital La Florida. El hombre de 66 años que visitó el día antes fue declarado con muerte cerebral.

“Se viene una larga jornada”, dice ella mientras se pone unos zuecos azules. “Con esto aguanto como 18 horas, después me cambio a zapatillas”, agrega mientras prepara la colación para el colegio de su hijo que ese día está de cumpleaños y se despide del mayor: “No sé a qué hora volveré”.

Al llegar al hospital, pasa por la entrada de la UPC donde decenas de personas esperan de pie o sentadas alguna noticia sobre la salud de cercanos. “Lo más probable es que ahí esté la familia del paciente que murió”, dice Alfaro mientras pide por citófono que le abran. Antes de que eso ocurra, una mujer se levanta desde el fondo de la sala y se le acerca.

– “Disculpe… ¿Usted es la persona de procuramiento de órganos?”, le pregunta tímidamente. “La estamos esperando para conversar con usted. Soy la esposa del hombre que falleció”, agrega.
-“Sí, soy yo. Por favor, déjeme ingresar para ver en qué situación está y salgo a conversar con usted”, responde la enfermera.

Las puertas se abren y Alfaro entra.

¿Es común que la familia se le acerque a usted?
No, pero es un buen indicio.

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En 2011, el Ministerio de Salud (Minsal) creó el Departamento de Coordinación Nacional de Trasplantes. “La única forma de profesionalizar el tema era generar un proceso intrahospitalario, es decir, que en cada hospital en el que se generaran donantes, existiera una unidad de procuramiento”, cuenta José Luis Rojas, coordinador nacional de trasplantes.

Como resultado, actualmente en la Región Metropolitana hay cinco equipos de procuramiento, que es como se llama el proceso mediante el cual, después de varias etapas bien definidas, se extraen los órganos de alguien que ha muerto para que sean implantados en uno o más receptores que los necesiten. Estos grupos se organizan por zonas y están encabezados por enfermeros que siguen el ingreso de potenciales donantes a las áreas de urgencias y cuidados críticos a los hospitales. También entrevistan a las familias para obtener su consentimiento y determinar qué órganos están dispuestos a donar. Finalmente organizan la búsqueda de los equipos médicos que realicen la extracción y gestionan la entrega a tiempo.

Entre enero y junio de este año se han realizado 253 trasplantes, un 62 por ciento más que en el mismo periodo de 2016. Las familias de 96 pacientes con muerte cerebral accedieron a donar, beneficiando así a 253 personas.

Actualmente, el Minsal tiene una lista de 2.886 pacientes que esperan un órgano.

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Un cuarto para la diez de la noche, Alfaro entra a la UPC y se presenta ante las enfermeras y médicos del lugar. Ella coordina el grupo a cargo de los hospitales La Florida, Padre Hurtado y Sótero del Río, y explica que viene a ver al paciente que llegó dos días antes descompensado a la Urgencia. Venía con problemas para hablar y respirar y una parálisis en la parte izquierda del rostro. El escáner mostró que tenía una hemorragia cerebral grave producto de un accidente cerebrovascular.

El equipo de neurocirujanos que lo atendió administró medicamentos y tras hacer todo lo posible determinó que era imposible operarlo dada su gravedad. Luego se diagnosticó su muerte cerebral, también llamada muerte encefálica, que es cuando se produce el cese completo e irreversible de la actividad encefálica.

Al entrar al box donde está el hombre, la enfermera procuradora se lava las manos y dice “permiso”. “Sé que está muerto, pero merece respeto como todos”, aclara.

Pero no se ve muerto. “Si lo tocas, está calentito. Si lo miras, está respirando, pero en realidad falleció. Es por eso que yo no critico a las familias que no entienden la situación porque él luce como alguien vivo y comprendo que su muerte tan repentina es complicada”, explica Alfaro, que luego se concentra en calcular su peso y estatura, revisa si tiene tatuajes o heridas, aplica luz en sus pupilas y pasa una paleta por sus pies. El paciente no responde a nada porque tras la muerte del cerebro sólo el respirador artificial lo mantiene con signos vitales al permitir que órganos como el corazón sigan recibiendo oxígeno. Sólo los pacientes en ese estado de muerte encefálica pueden ser donantes, ya que así los órganos se conservan y pueden ser utilizados para un trasplante.

Para que la donación sea médicamente posible también hay que descartar la presencia de enfermedades transmisibles y cáncer. La enfermera obtiene algunas muestras de sangre y las lleva personalmente al laboratorio. Una vez que tiene los resultados se decide a ir a hablar con la familia.

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“Nosotros hacemos la pregunta más difícil en el peor momento de la vida de un familiar. Responder si quiere donar los órganos de ese ser querido que recién murió no es fácil”, dice Alejandra Zapata (27), coordinadora de la zona que corresponde al hospital Félix Bulnes y San Juan de Dios, en el que trabaja hace dos años.

La mayoría de los equipos de procuración están formados por al menos dos enfermeros, que se dividen en turnos semanales. Siempre hay alguien disponible para atender un llamado de un hospital que avisa que tiene un potencial donante. “Hay aproximadamente 120 pacientes mensuales con muerte cerebral a nivel nacional, pero de esos diría que unos 12 llegan a una donación”, explica el coordinador nacional de trasplantes.

Tamara Neculqueo (30), coordinadora de la zona que abarca los hospitales El Carmen, San Borja Arriarán y la Urgencia de Asistencia Pública (la Posta Central), explica que hay una serie de mitos que generan miedo y resistencia, “como que los órganos se venden o que matamos a las personas para trasplantar a los ricos”, dice.

El proceso desde que se detecta a un donante hasta que finalmente se entregan los órganos para un trasplante, suele ser largo y estresante. “En una ocasión estuve más de 50 horas seguidas en el hospital”, dice Rodrigo Martín (28), quien lleva tres años trabajando como coordinador en el hospital San José y el pediátrico Roberto del Río. “Pero siempre olvido todo lo negativo del trabajo y me doy cuenta de que le estamos dando vida a otras personas y familias”, agrega.

A estos equipos muchos de sus pares en los hospitales los conocen como “los buitres”, porque, tal como explica Rodrigo Martín, “siempre estamos rondando cuerpos y a la muerte. Me lo tomo con humor, pero la verdad es que estamos lejos de ser ese animal porque nosotros damos vida”.

A Lydytt Alfaro, en cambio, el apodo no le causa gracia. Cuenta que pocos días antes, mientras analizaba el caso de un potencial donante en un hospital, pasó un kinesiólogo a su lado y le comentó a una estudiante que ella era “un buitre”. La enfermera le hizo saber con la mirada que le había molestado el comentario y el autor reculó y le replicó rápidamente a su acompañante: “Les decimos así de cariño porque ella hace una gran labor en el tema de donación”.

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Cerca de las 11 de la noche, Lydytt Alfaro sale de la Unidad de Pacientes Críticos a buscar a la mujer que se le acercó al llegar y la lleva a una sala, se presenta y le explica su labor. “La muerte cerebral sucede de un momento a otro, pero médicamente se hizo todo lo posible para salvarlo”, dice. La mujer sólo mira en silencio y escucha atentamente.

– “¿Él manifestó en vida si quería ser donante?”, pregunta la enfermera.
Actualmente, a menos que alguien declare expresamente ante notario que no quiere serlo, la ley convierte automáticamente a todos los chilenos en donantes de órganos. Pese a eso, la última decisión está en manos de los parientes.

“Si la familia dice que no, legalmente nosotros igual podemos extraer sus órganos, pero siempre se respeta la decisión de los cercanos porque es importante crear conciencia de que esto es voluntario”, dice Zapata. “Una mala experiencia puede generar una cadena y que muchas personas digan que no. Acá es muy importante el boca a boca”, agrega.

La mujer le explica a Alfaro que sí, que su marido siempre dijo que quería ser donante. Los órganos que pueden ser trasplantados después de una muerte cerebral son el corazón, los pulmones, hígado, páncreas, riñones, intestino, córneas, huesos e incluso la piel, pero la enfermera le explica que en este caso, por motivos médicos, sólo se podrían extraer los riñones, hígado y córneas.

– “¿Qué va a pasar con sus ojitos? ¿Se notará cuando saquen las córneas?”, pregunta la mujer.
– “No, no se notará, el proceso de córneas no es invasivo. Yo le aseguro que su marido recibirá todo el respeto y dignidad que merece. Con todo este acto de amor, usted está salvando a cinco personas”, explica Alfaro.

Cuando la mujer accede, triste pero amablemente, Lydytt sale en busca de los formularios que autorizan la extracción de los órganos y comienza a llenarlos en conjunto con la esposa despejando sus dudas.

Al terminar, la enfermera le agradece el acto de generosidad y le deja su teléfono: “Siéntase con la confianza de llamarme cuando quiera, incluso después de que termine todo este proceso”, le explica.

Al salir, Alfaro se emociona. “Me afecta porque es un matrimonio de varios años donde ella cuenta que lo último que le dijo fue que la amaba”, dice mientras camina con su celular en mano. “El día que estas situaciones no me afecten dejaré este trabajo”.

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La enfermera llama a su jefe en el Hospital Sótero del Río y le cuenta que la familia aceptó. Lo mismo hace con el enfermero de turno de la Coordinación Nacional de Trasplantes.

Alfaro ingresa todo los datos al Sidot —Sistema Integrado de Donación y Trasplante—, un programa del Minsal al que tienen acceso los coordinadores nacionales para ofrecer los órganos a distintos centros hospitalarios del país.

A partir de ese momento se comienza a buscar a nivel nacional receptores para los órganos, basados en las características del fallecido y la lista de prioridad nacional. También se contacta a tres cirujanos especialistas para extraer los riñones, hígado y córneas.

Cada centro tiene máximo una hora para responder a la oferta, de lo contrario, se ofrecen a otro. En esta ocasión, la Coordinación Nacional no encuentra receptor para el hígado, ya que no concuerda con las características de los pacientes que necesitan este órgano y se determina extraer sólo los riñones y córneas.

Alfaro no deja de recibir llamadas del Minsal, preguntando cómo avanza el proceso. Finalmente, la enfermera fija la operación para las 6 de la mañana.

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“Por favor, necesito que me abran pronto, estoy en medio de un proceso de trasplante”, le dice la enfermera a una auxiliar de aseo del Hospital Sótero del Río cerca de las dos de la mañana.

Como en el Hospital La Florida no son tan comunes las extracciones de órganos, Alfaro fue a buscar los implementos necesarios a ese centro de salud. Generalmente el traslado se hace en ambulancia, pero para apurarse ella va en su auto. El problema es que el guardia con las llaves no aparece.

Cuando logra entrar saca tres cajas de plumavit y las llena con 16 kilos de hielo común, seis kilos de hielo estéril sellados al vacío y ocho litros de líquido de perfusión para limpiar y mantener los órganos.

También busca los frascos donde guardará los riñones y córneas y pone todo en una maleta negra. Entre las llamadas y mensajes que no para de recibir, llega una de la esposa del donante que le pide que hable con su hija y le explique el procedimiento. Ella la llama de vuelta y hace lo que le han pedido.

A las tres y media de la mañana, Lydytt Alfaro está de vuelta en la entrada de Urgencias del Hospital. Va a ver al donante y toma muestras de sangre para enviarlas al Instituto de Salud Pública (ISP) para que analicen la compatibilidad de los riñones.

Lydytt habla con la jefa de Urgencias y le explica la situación y le pide un pabellón con enfermeras, instrumentista, auxiliares y un anestesista que tiene la tarea de mantener los signos vitales del donante.

Mientras el paciente es bajado al pabellón, una de las auxiliares que empuja la camilla lo mira. Ella no sabe que está con muerte cerebral porque la información de procuración sólo la manejan los involucrados en el proceso. “Ojalá salga bien de la operación, se ve una persona joven”, dice.

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“Si tuviéramos más personal en el área, podríamos aprovechar más las donaciones”, dice Fernanda Poblete (30), coordinadora de la zona en que están los hospitales El Pino, Dr. Exequiel González Cortés, Parroquial de San Bernardo, San Luis de Buin y Barros Luco Trudeau.

Según ella, la poca especialización en equipos de procuración junto con la amplia zona que debe cubrir impiden que se entere de todos los potenciales donantes. “Es imposible hacer rondas diarias en todos los hospitales, por lo que dependo de la buena voluntad de algunos médicos en áreas de urgencias y de pacientes críticos, que me avisen”, dice.

Poblete añade que en sus tres años como procuradora ha visto una evolución entre los doctores y enfermeros que hoy están más abiertos a la donación. “Antes era casi una molestia porque cuidar a un paciente fallecido es más complicado que a uno vivo, ya que no tiene un apoyo propio, así que el personal debe velar por mantenerlo”, explica.

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Pasadas las seis de la mañana, dos urólogos llegan al pabellón y se suman a los otros cinco profesionales que ya están en el lugar. Cuarenta minutos después se cierran las puertas y se escucha fuerte: “Bisturí”.

Los cirujanos comienzan a cortar. Lydytt prepara sus recipientes para recibir los órganos. Pone hielo en las cajas de plumavit y luego, con martillo y cincel esterilizados, muele hielo.

Los doctores tienen dificultades para llegar a la zona de los riñones por lo que la cirugía se extiende y el estrés se siente en el lugar. La presión está sobre los cirujanos. Hay que apurar el proceso, pide la anestesista, ya que no puede seguir manteniendo al donante con signos vitales por mucho tiempo más.

“Pinzas, pinzas”, exige un cirujano pero la arsenalera se confunde y se demora. “Ya pues, apúrese, esto tiene que ser rápido”, replica enojado. “Estamos todos bajo presión”, explica Alfaro mientras cuelga las seis bolsas de líquido de perfusión.

Los cirujanos le informan a Lydytt que ya ven los riñones y que ponga hielo en el interior del cuerpo para comenzar a enfriar los órganos. La anestesióloga vuelve a insistir en que la situación es crítica.

“Clampeo a las 8:56 de la mañana”, dice fuerte el urólogo. A partir de ese momento se detiene toda intervención artificial para mantener vivo el cuerpo. Los cirujanos empiezan a sacar los órganos y comienza a correr el tiempo que pueden soportar los órganos fuera del cuerpo antes de ser trasplantados. En el caso del riñón son cerca de 24 horas porque ese órgano es uno de los que más tiempo puede preservarse fuera del cuerpo. A las 9:25 de la mañana los oftalmólogos ingresan al pabellón.

Mientras, el urólogo le dice la anatomía del riñón a Alfaro y ella anota toda la información en un formulario que después pegará en la tapa de la caja de plumavit.

La bolsa con cada órgano es introducida en otra con el hielo estéril y puesta en un envase que va a la caja. El mismo proceso se repite con el riñón derecho.

A las 10:45 de la mañana termina la extracción de los riñones y los cirujanos suturan los tejidos. Lydytt prepara dos envases con un líquido rosado para guardar las córneas. Las cajas de los órganos son selladas con cinta adhesiva y entregadas a un funcionario del ISP que espera afuera del pabellón. Él se encargará de trasladar uno de los riñones y ambas córneas al instituto para realizarles pruebas de compatibilidad con otros pacientes.

Los cirujanos se retiran y en el pabellón quedan sólo las enfermeras y auxiliares. Entre todos limpian el cuerpo para entregárselo a la familia. Lydytt lo revisa minuciosamente. “Sus ojos quedaron intactos”, dice y luego le habla al cuerpo: “No tengo palabras para agradecer el acto heroico que has hecho hoy. Gracias a ti varias familias podrán seguir disfrutando de sus seres queridos”. Mientras, el resto del equipo la escucha y tapa el cuerpo hasta el cuello con una sábana verde. Ella misma finaliza el proceso, cubre el rostro y dice: “Gracias”.

 

 

EL CASO QUE ME MARCÓ

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Lydytt Alfaro
Procuradora en la zona sur oriente.
“Entrevisté a la esposa de un caballero de 50 años. No tenían hijos, eran solamente ellos dos. Cuando hablamos sobre la donación, ella accedió inmediatamente. Al principio me alegró que pensara así, pero después me llamó la atención un poco su frialdad. Ahí cuando me contó su historia: ‘Mi marido fue una persona muy mala conmigo, me pegó y maltrató física y sicológicamente durante todo el matrimonio. Sufrí mucho y la verdad es que no le tengo nada de cariño. Si puede, sáquele todo, hágalo tira si quiere’. Quedé impactada porque el trasfondo de esta buena obra era su venganza, pero su argumento era que, pese a lo malo que esa persona fue en vida, de esa manera podía contribuir con los demás”.

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Rodrigo Martín
Procurador zona norte.
“Uno de los casos más complejos que viví fue cuando un menor de siete años estaba con muerte cerebral. Si enfrentar la muerte de un familiar es difícil, la de un niño es mil veces peor. Al hacerles la entrevista a los padres, ambos accedieron inmediatamente a la donación de órganos porque habían visto en televisión que un niño necesitaba un trasplante, así que no dudaron en ayudar. Al entregarles el formulario de donación, ambos me miraron y me dijeron que no sabían leer ni escribir. No supe qué hacer y lo único que les dije fue que yo podía llenarlo por ellos. ‘Confiamos en usted’, me respondieron. Al preguntarles qué órganos donarían, ella dijo que todos, excepto el corazón. Le pregunté por qué y me dijo: ‘Porque el corazón de mi hijo es mío y de nadie más’”.

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Fernanda Poblete
Procuradora zona sur.
“Estaba embarazada de mi segundo hijo cuando me llegó el llamado de una paciente que había muerto en el pabellón mientras daba a luz. Me costó mucho hacer la entrevista porque me sentí identificada con la situación, al ver al marido, que era doctor, con el niño recién nacido, sin ningún apoyo. Además, ella aún tenía su cuerpo de embarazada, sus pechos seguían llenos de leche. El marido, en medio de su dolor interfiriera, aceptó donar todos los órganos”.

Tendencias Tamara Neculqueo, procuradoras del Hospital de Urgencia de Asistencia Pública. Entrevista para Tendencias de la Tercera. Tema Transplantes Fotografia : Marcelo Segura

Tamara Neculqueo
Procuradora zona Central.
“Siempre recuerdo a la primera familia que me negó una donación de órganos. El paciente era una mujer que había fallecido tras un accidente cerebrovascular y en la entrevista estaba la hija, quien sí quería donar, el marido que no tomaba ninguna postura y el hijo que decía que no. Fue una situación muy triste e incómoda porque discutían entre los tres, hasta que en un momento la hija se paró agotada de la situación y le gritó a su hermano: ‘tú tienes hijos y ojalá no necesiten nunca un órgano. Eres una mala persona y Dios te va a castigar’. La idea nunca fue formar un conflicto entre ellos, sino que sensibilizarlos para llegar a un acuerdo. Después de la entrevista lloré desconsoladamente”.

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Alejandra Zapata
Procuradora zona occidente.
“El año pasado me tocó una familia de un paciente de 36 años que murió en un asalto en el que le dispararon en la cara. En la entrevista estuvieron su señora e hijo, de 16 años. Ella estaba muy enojada con la vida y con Dios porque le habían quitado a su pareja, amigo y compañero. El día en que el hombre falleció, su hijo estaba de cumpleaños. A pesar de que uno cree que los jóvenes tienen un alto grado de inmadurez, él le dio la fuerza a su mamá para aceptar la donación. En ese momento lo único que quería era llorar, pero tenía que mantenerme fuerte para apoyar a esta familia”.

 

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