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Actualizado el 28/04/2013
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Cambios que son indispensables

Autor: José Antonio Viera-Gallo

La Constitución necesita varios cambios que se han postergado demasiado, lo que provoca malestar ciudadano.
Si se reforma el binominal, se bajan los quórum para aprobar ciertas leyes y se permiten plebiscitos calificados, hablaríamos de una nueva Constitución.
Quienes se han resistido a estos cambios políticos deberán ser más sensibles a la nueva situación política que se ha creado en el país.

LOS CAMBIOS profundos no son fáciles. Requieren un significativo apoyo social y político, claridad de propósitos, una estrategia adecuada y una conducción certera. Es el arte de la política.

Las Constituciones no nacen de la mente de los grandes juristas, sino de los procesos históricos que viven los países.

A la Constitución llamada del 80 le hemos hecho sucesivas e importantes reformas que han ido alterando su naturaleza. Pasamos de la democracia protegida a la pluralista; de la tutela militar al término de los enclaves autoritarios; se democratizaron los municipios y se crearon los gobiernos regionales; ampliamos la nacionalidad y se estableció la transparencia del Estado; se creó el Ministerio Público y se modificó la composición de la Corte Suprema; se conformó un Tribunal Constitucional en regla; se amplió el cuerpo electoral; respeto y promoción de los derechos humanos, etc.

La Constitución actual ya no es la misma que diseñaron sus autores.

Quedan, sin embargo, cambios pendientes que se han postergado por demasiado tiempo, provocando un natural malestar ciudadano, especialmente entre los jóvenes. Tienen que ver con el  carácter “consociativo” del régimen de gobierno surgido de la transición, en que los sectores políticos se dieron  mutuas garantías luego de décadas de enfrentamiento. El clima de desconfianza que reinaba entonces se ha disipado y la ciudadanía exige participación.

El próximo paso es hacia una democracia abierta y participativa. Para eso hay que impulsar tres reformas principales: a) cambiar el sistema electoral binominal por uno proporcional corregido, como en Alemania; bajar los quórum supramayoritarios para aprobar ciertas leyes, homologándolos con los que hay en Francia y España; y c) permitir convocar a plebiscito en casos calificados. Los dos primeros puntos ya fueron concordados con RN en 1988 luego del plebiscito. Esas reformas cambiarían el carácter de nuestra democracia. Se podría, en propiedad, hablar de una nueva Constitución.

Ciertamente, habría que aprovechar la ocasión para hacer otros cambios significativos, como el reconocimiento del carácter multicultural del país y de los derechos de los pueblos originarios; abrir la Constitución al derecho internacional en forma más clara; elevar el estatus de los derechos humanos a criterio de interpretación constitucional; formular de forma más efectiva la garantía de los derechos económicos y sociales; hacer compatibles los cargos de ministros y parlamentarios y diseñar un modelo más acabado de regionalización del Estado.

Para llevar a cabo tales cambios políticos es primordial la próxima elección presidencial y parlamentaria. Quienes los han resistido deberán, entonces, ser más sensibles a la nueva situación política que se ha creado en el país.

Por su parte, en estos años la jurisprudencia de la Corte Suprema y del Tribunal Constitucional ha ido delineando una interpretación de la Constitución de tipo finalista, buscando una relación más armónica entre el texto constitucional y una sociedad en plena transformación. Ello se refleja, por ejemplo, en lo relativo a los derechos humanos.   

Pero repito lo dicho al comienzo: se requiere claridad de propósitos, una estrategia política eficaz y capacidad para conducir los cambios que nos permitan plasmar, con el aporte de todos, lo que podría llamarse en propiedad una nueva Constitución.

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