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Actualizado el 06/10/2017
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Caribe para hiperactivos

Autor: Alfonso Bezanilla

El turismo en el Caribe quedó afectado tras el devastador paso de los huracanes Irma y María. En ese contexto sube Aruba, la isla que está fuera de la trayectoria de estos tornados y que busca su espacio por una vereda tropical alternativa, lejana al resort todo incluido y al trasnoche.

Caribe para hiperactivos
El paisaje de Eagle Beach.

Aruba, la pequeña isla de las Antillas holandesas, hoy para los chilenos ríe última pero mejor. Última, porque es la más nueva de las opciones caribeñas dentro un menú de favoritos como Punta Cana, Riviera Maya o Cartagena de Indias. Pero mejor, porque vive su momento de fama, con vuelos diarios desde Santiago en diversas aerolíneas como Avianca, Latam y Copa y con una propuesta de turismo que también incluye palmeras y mar color turquesa, pero se aleja de cualquiera de sus competidores.

Porque la llamada “Isla Feliz” en donde prácticamente no llueve y -muy importante por estos días- los huracanes no llegan, no es uno de esos destinos all inclusive, donde todo se resuelve con una pulsera. Y aunque existen algunos hoteles de ese tipo, el espíritu de la isla está allá, afuera, en sus decenas de playas largas y perfectas, en su zona de restaurantes y bares e incluso en su colorida capital de marcada influencia holandesa.
Para conocer las virtudes de Aruba hay que recorrer y por eso, si su plan es estar sentado junto al bar de la piscina, quizás deba pensar en otras opciones.

Este es un Caribe diferente, de calles impecables y tiendas de lujo, de restaurantes de autor y bares en los muelles donde en los parlantes suena la música de Jack Johnson más que el reggaeton. Nadie lo perseguirá para venderle unos anteojos o un gorro y tampoco encontrará grupos de gangsters de barrio, montados en un convertible y amenazando la calma de la noche. Aruba es tranquilo y seguro, al igual que quienes llegan a visitarlo, que tienden a ser más parejas o familias que buscan relajarse que universitarios gringos en plan de tomatera vacacional.

Que en este país vecino a Venezuela la calma sea regla no significa que sea aburrido. No es el epicentro de la fiesta, cierto, pero aquí hay otro concepto de cómo entretenerse y los deportes extremos son un buen ejemplo. En Aruba sobran las opciones y debido a su clima ventoso, que también ayuda a soportar el calor, la isla se ha transformado en un destino requerido para los practicantes de deportes de vela y kitesurf, actividades que se llevan a cabo en Fishermans Hut, en la esquina norte de la larga playa que agrupa la zona hotelera y donde se arriendan equipos y se ofrecen clases.

Para llegar ahí sólo hay que caminar por la arena hacia las rústicas cabañas con techo de paja, en donde seguramente habrá un grupo de chascones rubios con más pinta californiana que latina, esperando para mostrar las alternativas de clases de distintos deportes en variadas lenguas.

Una de las gracias principales de Aruba es su variedad cultural ya que ahí conviven más de 60 nacionalidades sin roces y por lo mismo, es común que los locales hablen fluidamente cuatro idiomas: español, inglés, holandés y papiamento, la lengua local que tiene mucho de mezcla con las anteriores y una entonación emparentada con el portugués.

Pero es su fuerte conexión con los Países Bajos lo que más contribuye a diferenciarla del resto de los países del Caribe. Aruba es un país autónomo pero forma parte del Reino de los Países Bajos y por eso sus ciudadanos tienen pasaporte holandés y por ejemplo el sueldo mínimo está sobre los dos mil florines, algo así como 700 mil pesos chilenos. Por esto, es común que los jóvenes terminen estudiando en Europa o en Estados Unidos tras salir del colegio y, por otra parte, que muchos holandeses lleguen a Aruba escapando del frío, hacer deporte y para llevar una vida tranquila, cargada a la reposera, a los asados en la playa y a la lectura bajo las palmeras.

Vida en el desierto

Otra actividad que Aruba ha sabido explotar, aprovechando su geografía, son los paseos por lado noroeste, en donde basta alejarse algunos kilómetros para olvidar la zona hotelera e incluso los barrios locales para entrar derechamente a un desierto seco y arenoso, pero que sorpresivamente cuenta con buenas olas que revientas en distintas playas olvidadas y que se han transformado en un rincón desconocido y exótico para una comunidad de surfistas que de a poco se ha ido enterando que aquí hay mucha vida.

Los que no surfean también le han encontrado su encanto al desierto. Para ellos distintos operadores turísticos ofrecen excursiones en jeeps y motos 4×4 para alimentar la fantasía entre saltos y baches de que en esta isla de apenas 180 kilómetros cuadrados, también se puede vivir un rally a pequeña escala.

Paseos en motos 4x4.

Paseos en motos 4×4.

Siguiendo la ruta del desierto, vale la pena conocer el Parque Nacional Arikok, zona protegida que abarca un tercio de la isla, y que tiene una flora interesante, con árboles y cactus medicinales como el besora preto, y la ceida, utilizados por los primeros colonos para curar distintos tipos de males, además del aloe vera, que hoy le ha dado a la isla fama mundial por su alta calidad.

De vuelta en la civilización, las opciones para seguir explorando continúan, sobre todo en el mar. Pueden ser boletos para distintos tipos de paseo en catamarán, desde uno con fiesta, bar abierto y toboganes para tirarse al agua a la hora de la puesta de sol a otros más familiares o que van parando en distintos puntos para hacer snorkel. En ese caso la parada clave es la que ofrece detenerse a mirar la vida submarina que hay en torno a un buque nazi que fue hundido por la resistencia de la isla durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se encontraba merodeando la zona en búsqueda del petróleo que aquí abundaba.

El poder del turismo

El petróleo fue la principal fuente de ingresos de Aruba gran parte del siglo XX, pero ya desde principios de los ochenta que el panorama es otro. Cuando la planta refinadora de crudo Exxon cerró sus puertas y se disparó la cesantía en la isla, el gobierno decidió volcar el país al turismo.

Se expandieron los hoteles, y gracias a una buena estrategia de marketing y playas objetivamente paradisíacas como Eagle Beach –varias veces escogida entre las más lindas del mundo- corrió rápido la noticia de que Aruba era el nuevo destino de descanso.

Vendedor de cocos.

Vendedor de cocos.

Hoy más de un millón de turistas anuales visitan la isla y pero los locales se apuran en decir que hay que tener límites y no sobrevender el país a cualquier tipo de viajero: “buscamos al visitante exclusivo y con una buena situación financiera”, aclara sin rodeos Jonathan Boekhoudt, guía oficial de ATA, la agencia oficial de turismo de Aruba.
Por eso, Aruba no prioriza el sistema todo incluido, y al hacerlo, obliga a los turista a salir más, a comer a hacer paseos, a recorrer, lo que es más caro, sobre todo en este destino donde casi todos los bienes son importados y de altísima calidad.

De todos modos, hay opciones para distintos bolsillos, desde cadenas de comida rápida o picadas locales, como el restaurante Zeerover, del barrio Sabaneta, en donde se puede comer con la mano camarones que casi parecen langostas y pescados recién sacados del agua acompañados de plátano frito, o los distintos puestos de Pastechi, empanadas con variados rellenos acompañados de queso holandés, que se encuentran en kioscos y comedores de Oranjestad, la capital y la ciudad más importante de Aruba, por menos de un dólar.

En la calle principal de Oranjestad es donde también los más consumistas pueden encontrar exclusivas tiendas a precios sin impuesto, o si eso no llama la atención, simplemente pasear por el casco antiguo impecablemente bien mantenido, para encontrarse de frente con la historia de esta isla que no sólo es feliz como dice su promesa de marca, sino que también es diferente.

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