Un cintillo hippie atado a la cabeza ("pa' que no se me escapen las ideas"), unos jeans gastados y una sarta de chistes cortos y filosos le bastaron al Lolo Palanca para desatar la carcajada colectiva en los 70. Una década después, el humorista y diseñador de 30 años, Alejandro González (1947), enterró a su primer personaje para convertirse en el Cuesco Cabrera, un chileno común y corriente y que en medio del régimen militar y la irrupción de los Chicago Boys, salía al escenario a divagar sobre un país que había extraviado la risa. Ya en los 90 y con poco más de 40, sacó a la calle al Oterito, un cuidador de autos con la chispa a flor de labios. Pero ahora que ya tiene 70 años y 12 nietos, dice en su oficina en calle Apoquindo, Coco Legrand cree que es tiempo de colgar disfraces y descubrirse el rostro.

"Cuando repaso mi trayectoria, pienso que los personajes que he hecho fueron creciendo a la par conmigo", reflexiona. "Con el ímpetu de los 20 años hice al Lolo Palanca, con la tosudez de los 30 al Cuesco Cabrera, y cuando uno tiende a agachar más el moño, al cumplir los 40 años, le di vida al Oterito. Y hoy, que por primera vez estoy en una obra de teatro con todas sus letras, quise ser yo mismo o al menos una proyección muy honesta de lo que terminaré siendo: un viejo más en este país, pero uno choro", agrega.

Fue en septiembre de 2016, para la reinauguración del Teatro San Ginés, cuando el humorista volvió a las tablas luego de dos años con Viejos de mierda, la comedia escrita y dirigida por Rodrigo Bastidas en la que comparte el escenario con Jaime Vadell y Tomás Vidiella.

Ambientada en los tiempos que corren y cuando se habla cada vez más sobre la soledad de la tercera edad, así como de sus enfermedades y pensiones, tres veteranos sin nombre ni apellido se topan por accidente en una oficina municipal que gotea durante un día lluvioso, y hasta donde uno de ellos (Vadell) llega para renovar su licencia de conducir. Al rato aparecen los otros dos.

Desde su estreno, el montaje se ha presentado en varias salas y espacios del país, del Teatro Regional de Rancagua al Nescafé de las Artes en Santiago, donde volverá a cartelera entre el 4 y 14 de enero, además de salones de casinos y auditorios de empresas. 150 mil espectadores lo han visto a la fecha, y solo un tercio del total corresponde a cifras de este año, convirtiéndola en la obra más vista de 2017 (ver recuadro). Y, al menos por ahora, dice Legrand, el fenómeno no se detendrá: las funciones para enero y otras agendadas en el Enjoy de Viña del Mar para febrero, ya se encuentran agotadas desde hace semanas.

"Yo ya había hablado sobre la vejez en uno de mis monólogos, Ríase por la recesión o la fuerza (1982), y vi teatros llenos durante años mientras actué solo, pero nunca me había tocado ver un éxito de estas características", comenta el fundador del Circus OK, su teatro demolido en 2012. "A Jaime y Tomás los conozco hace años, y ellos también están impresionados por el revuelo que ha generado la obra, si imagínate: estuvimos agotados los primeros 8 meses y tuvimos que suspender 38 funciones por problemas de salud de ambos, pero la gente no quería que les devolvieran su plata, sino que preferían esperar hasta que volviéramos a darla", agrega.

¿A qué le atribuye tanto éxito?

Estoy convencido de que el público reaccionó ante una temática actual, urgente y de la que nadie está libre. Además, la obra tiene el valor de contar tres historias terribles desde el humor, que es lo que a mí me interesa y que fue lo que aprendí de mis maestros, de Fernando Josseau -el dramaturgo junto al que trabajó en los 90-, a quien le debo el teatro por sí mismo, y a Jorge Romero Firulete, quien heredó en mí la porfía para permanecer en esto. Porque yo no me hice humorista para hacerme el gracioso, sino para rezongar, y en Viejos de mierda puedo hacerlo de sobra.

La obra parecía ser su mejor carta para la postulación al Premio Nacional de este año, y que finalmente ganó Alejandro Sieveking. ¿Le molestó no haberlo ganado?

¿Molestarme? No, para nada. Yo fui postulado por varios artistas y acepté por el trabajo que he hecho durante 48 años. De hecho, apenas supe quién lo había ganado, le envié mis saludos, porque lo merecía.

Para el lanzamiento de su campaña, Ud. dijo que los premios tenían una deuda histórica con el humor... ¿Aún lo cree así?

Los premios te estimulan, y el Nacional obviamente llama la atención por todo lo que significa. Yo, por ejemplo, acabo de recibir uno de la Asociación Chilena de Publicistas, el Arbol de la Creatividad se llama. Lo recibí la semana pasada y solo dos lo habían ganado antes: Don Francisco y (Gabriel Osorio) el director de Historia de un Oso. Son estímulos, como te digo, pero para mí el premio mayor ha sido la lealtad y el cariño del público, como ocurre con esta obra. Y sí, sigo creyendo que hay deudas con el humor y no solo en cuanto a premios. Aquí una sola universidad, la Diego Portales, se interesó por investigar y conversar sobre humor, pero hasta hace algunos años en ninguna parte le daban bola. Era visto más bien como un hobbie o un arte en extinción. Para mí es una virtud.

Con toda la agenda que le espera a Viejos de mierda, ¿está trabajando ya en un nuevo show?

En un monólogo, sí, aunque con mucha calma, porque los Viejos de mierda tienen para rato.

¿En quién se convertirá esta vez?

No creo que haya más disfraces ni caretas, la verdad. Estoy trabajando en un personaje que envejece tratando de saber si la gente no solo se ríe de él y con él, sino si además saca sus conclusiones sobre lo que él está diciendo. Soy yo mismo, al final, con mis miedos y locuras, y así será hasta que diga ya no más.