La Tercera

El color de las medallas

El colombiano Leonardo Viana, metodólogo jefe del Comité Olímpico de Chile, estaba pagando la cuenta en un supermercado cuando se fijó en el joven de color que empaquetaba su compra. Medía un metro ochenta más o menos y pesaba, al ojo, unos de 75 kilos. “Este chico está perfecto para el boxeo”, pensó. “Tenía una estructura muy desarrollada, unos brazos largos y muy poco porcentaje de grasa. Creo que era haitiano, porque me respondió en un español muy confuso”. Como lo ha hecho otras veces con otros jóvenes a los que les ve un físico para ser deportista, Viana le hizo una invitación.

-¿Por qué no pasas al Centro de Entrenamiento Olímpico a practicar boxeo?

El joven sonrió, pero nunca se apareció por ese recinto. “A veces pienso que estamos desperdiciando talento. Me encantaría que la inmigración le cambie la cara al deporte chileno”, reflexiona este colombiano que llegó hace siete años para hacerse cargo de coordinar estrategias de los deportistas chilenos pensando en el ciclo olímpico y que dice estar sorprendido por la cantidad de personas de color que encuentra hoy en la calle que podrían sumar otras características al deporte chileno. “La gente de color posee una fibra muscular que le permite una mayor explosividad, ideal para ciertos deportes que requieren fuerza rápida (las carreras de velocidad, el levantamiento de pesas, el patín carrera, el lanzamiento de la bala, por ejemplo) o resistencia (como las carreras de semifondo y de fondo)”, explica.

Sebastián Keitel, ex velocista y actual candidato a diputado, apunta alto cuando piensa en la inmigración: “Yo quiero ver a un chileno campeón del mundo, sea blanco o negro”, dice y su apuesta es que en los próximos 10 o 15 años la mezcla racial de los chilenos con los colombianos, haitianos, dominicanos, entre otras nacionalidades que están llegando al país, pueda hacer cumplir ese sueño.

Desde la base

Viana explica que para aprovechar la inmigración hay que detectar y trabajar con los niños desde edades tempranas. “Yo le puedo decir al chico del supermercado que vaya al CEO y, si tiene condiciones, podría tener un resultado interesante, pero yo los invito de apasionado, porque para pensar en medallas de oro panamericanas y olímpicas estos chicos debieran ser detectados entre los siete y ocho años ”, dice y explica que en Colombia existe un sistema por departamentos (las regiones de acá) con entrenadores, metodólogos y ciencias aplicadas donde se identifica desde niños a los más talentosos, los entrenan y tienen competiciones muy fuertes, al punto que –asegura- en deportes como las carreras en patines la competencia de ese país es más fuerte que la panamericana. “Esas regiones invierten en los chicos no cuando tienen 18 o 19 años, como en Chile, sino cuando tienen siete u ocho años”.

El luchador cubano nacionalizado chileno Yasmani Acosta (29) vino a Santiago en abril de 2015 a un torneo panamericano de lucha olímpica y no tomó el avión de vuelta a la isla con el resto de la delegación. Hoy compite por Chile y hace poco más de un mes logró una medalla de bronce en el Mundial de lucha grecorromana en París, Francia. Él empezó a hacer deporte a los diez años y fue escalando en la pirámide deportiva cubana -los centros nacionales- por sus buenos resultados. “Esta estructura deportiva no se encuentra en Chile, de ahí la diferencia con los atletas de acá”, dice.

Los deportistas extranjeros que han llegado al país tienen incorporada esta mirada. Julio Acosta (30), quien llegó hace 10 años para acompañar a su papá, entró en la historia cuando consiguió el lugar 11 en halterofilia de los Juegos Olímpicos de Río 2016, la mejor actuación de un representante nacional. A la misma hora que Julio entrena en el primer piso del CEO, su hija Amanda, de sólo cinco años, practica gimnasia en el segundo nivel. Los sábados, además, Amanda entrena lucha.

“Quiero que practique el deporte desde pequeña porque esta es la mejor edad para comenzar y llegar bien lejos”, dice Julio sobre la hija chilena que tuvo con su pareja, la pesista nacional Leslie Armijo. “Veo a Amanda motivada. A veces dice que le gusta más la gimnasia, otras que la lucha, pero lo importante es que aprende jugando”.

Julio Acosta y su hija Amanda.

Pero no todo es diversión. Acosta cuenta que hay días en que Amanda les dice que no tiene ganas de ir a practicar y que prefiere quedarse viendo tele o con sus juguetes, pero ellos le insisten. “Lo más importante que puedes inculcarle a un niño es la disciplina y la constancia. Si en la casa el niño dice ‘no quiero ir a entrenar’ y los papás no dicen nada, se va a perder”, explica y agrega que en su país de origen los buenos atletas se distinguen del resto por la mentalidad: “Desde niño te repiten: ‘Hay que seguir, hay que seguir, hay que seguir…’”.

Esto, porque Acosta ha visto pasar por el CEO a cientos de deportistas que fueron un par de semanas y no los vio más, ya sea por la poca constancia o la frustración por un mal resultado. “Yo siempre hablo con los muchachos porque hay que cambiar la mentalidad cortoplacista y de cosas fáciles del chileno. Esto es trabajo duro”.

Algo parecido piensa Arley Méndez (23), pesista de origen cubano quien recibió este año la nacionalidad chilena por gracia para competir por Chile. “La genética claro que ayuda, pero también depende de un buen entrenador de base y que el deporte sea tu pasión para que te dediques al ciento por ciento. Hay que sacrificarse, perderse un poco la infancia y nada de carretes”.

Méndez era la gran promesa del deporte cubano y con ese cartel llegó a Santiago en agosto de 2013 a competir por ese país en el Panamericano Juvenil de levantamiento de pesas. Una noche, en el hotel, aprovechó el descuido de los jefes de seguridad de la delegación y se fugó con la ayuda de un amigo. Su idea era competir por Chile, pero no tenía un peso. “En Cuba no le trabajé un peso a nadie porque era deportista de elite y competía en mundiales y Panamericanos, pero acá me las arreglé porque todo está en querer y me pongo como ejemplo de eso”, asegura. Trabajó como reponedor en una botillería y luego entrenaba; atendió en una panadería y más tarde se iba el CEO. Nunca dejó de entrenar. “Me adapté a este país y entrené el doble para demostrar que era bueno para representarlo, sino ¿cómo me habrían dado la nacionalidad por gracia?”.

Méndez está radicado en Chile y tiene un hijo chileno de un año nueve meses con su pareja, la deportista Antonieta Galleguillos. Se llama Alexis: “No le puse así por Alexis Sánchez, sino por mi hermano que está en Cuba”, aclara y dice que ya tiene planes para él. “Con la genética que tiene he pensado meterlo a gimnasia cuando cumpla cinco años, porque es un deporte muy metódico y de coordinación, los niños aprenden de flexibilidad y les ayuda a descubrir su cuerpo. Es una buena base para el judo, para el levantamiento de pesas o para la lucha. Después que elija lo que quiera”.

Keitel dice que el deporte podría ser una alternativa para los inmigrantes que no consiguen trabajo y que tienen ganas de salir adelante. “Muchos llegan con una mano por delante y otra por detrás, pero vienen con hambre de ser alguien y de destacar, y esto tiene que moverles el piso de los deportistas chilenos, que a veces alegan demasiado”, dice.

Las oportunidades

Zoe Quiñones tiene 13 años y es la más alta de su curso. Llegó desde Venezuela con sus papás cuando tenía tres y empezó a practicar judo cuando tenía ocho, lo que –asegura- le ayudó a integrarse socialmente. Dice que cuando se llega del extranjero hay muchas ganas de aprovechar las oportunidades y, de hecho, es de las pocas niñas en su clase de judo.

Cuenta que va a sacar la nacionalidad chilena cuando cumpla 14 años. Esto, gracias a una modificación legal que entró en vigencia en enero del año pasado y que rebaja la edad para obtener la nacionalidad chilena de 21 a 18 años a los extranjeros que tengan más de cinco años de residencia en el país, mientras que los jóvenes entre 14 y 18 años -también con más de cinco años de residencia- pueden solicitar su nacionalización, siempre que cuenten con la autorización de quienes estén a cargo de su cuidado personal y hayan obtenido el permiso de permanencia definitiva. “Me gustaría competir por Chile porque acá me desarrollé en el deporte y en mi forma de ser”.

El sensei Esteban Araya, su entrenador en el CEO, dice que tiene ventajas fisiológicas evidentes para competir, pero “quizás hay otras Zoe chilenas por ahí y es ella la que aprovecha este programa gratuito para practicar judo y esta oportunidad de surgir”. Araya reclama por más cultura deportiva de los ciudadanos respecto de los deportes olímpicos: “Acá los pobres juegan fútbol y los ricos hacen deportes de élite o de aventura en un super club”.

Agrega que Zoe ha ganado, ha perdido, pero siempre vuelve. “Hay chicos que de pronto no tienen ese carácter y abandonan a la primera frustración. Eso la hace especial. Me gustaría verla campeona del mundo”.

Wisken (abajo izq.) y sus amigos en la escuela de Colo Colo.

Este entrenador ve en el deporte una oportunidad para los inmigrantes y junto a otros judocas piensa crear la Fundación Casa Kano (en honor a Jigoro Kano, maestro fundador del judo) en Estación Central donde hay mucha población haitiana. “Llevar el deporte a los grupos migratorios es darle una oportunidad de integración social y cultural a chicos que no la tienen. Y por qué no sacar un deportista destacado de ahí que represente a Chile”.

Quilicura es otra comuna donde hay mucha población haitiana. Los sábados en el Estadio Municipal de esa comuna funciona desde hace seis años la escuela de Fútbol Social y Deportiva Colo-Colo, a cargo del ex jugador albo Raúl Ormeño -donde colaboran sus hijos Álvaro y Ariel-, que tiene unos 500 alumnos entre los seis y los 16 años. Más de cien de ellos son haitianos.

Son las 10 de la mañana del sábado y están jugando los niños más grandes. En una de las canchas hay un niño de color que destaca por su envergadura física. Se llama Wisken, es haitiano y tiene 15 años. Juega de delantero y su ídolo es Neymar, pero con su metro 88 centímetros le debe sacar dos cabezas al astro brasileño. Llegó hace ocho años a Chile y sus papás lo hicieron un año antes que él. “Quiero ser jugador profesional para ayudar a Chile a ganar muchas copas”, dice y agrega que lleva como 30 goles en la escuela. “Hago hartos goles de cabeza y ocupo bien el cuerpo. Hoy le metí el cuerpo a un defensa y salió volando. Además, soy rápido”, asegura.

El preparador físico Ariel Ormeño dice que en la cancha los haitianos tienen más facilidad de movimiento y son más veloces que sus pares chilenos. “El haitiano es como un niño sin miedo, no le teme a que le vayan a pegar, él va y choca nomás, porque tiene otra envergadura física y es más rápido”, dice, pero agrega que les falta lo más importante: aprender a jugar. “Se nota que no vienen con una base, de hecho la mayoría conoció el fútbol cuando llegó acá. Aparte de eso, por su entorno social, muchos vienen a divertirse y a jugar. Y un niño que llegó a la sub 17 ya es imposible nivelarlo, perdió muchos años”.

Ormeño dice que en unos 10 o 20 años más va a mejorar el biotipo con la mezcla chileno-haitiana “cuando aparezcan los nuevos Jean Beausejour”. Pero por ahora su preocupación es otra: “Hay varios niños que tienen aptitudes deportivas, pero me gustaría que tengan oportunidades reales y no sólo en el fútbol, sino en la vida. Que hoy tengan un buen pasar es más importante que conseguir un nuevo Bose”.