Columna de Álvaro Vargas Llosa: Trump en la ONU

Donald Trump

Con frecuencia, Trump no está poniendo en práctica su propio populismo, sino el de un amplio sector de estadounidenses, lo que convierte ese populismo más bien en un representante de un cierto "mainstream" antes que adalid de una gran ruptura.




Las versiones periodísticas de lo que dijo Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU –y de lo que dijeron aliados de Estados Unidos como el Presidente Emmanuel Macron y la primera ministra Theresa May- tienden a ser sensacionalistas, lo que impide que el ciudadano que no sigue estas cosas de cerca se pueda hacer una idea cabal de cuál es la visión internacional del actual gobierno estadounidense.

Si hubiera que calificar el discurso con una etiqueta, quizá lo justo sería hablar de "populismo light". ¿Qué es el populismo light? Una forma de fijar la frontera entre el populismo duro y el populismo blando es decir que el segundo está limitado por barreras y contrapesos, que pueden ser institucionales o culturales, del país o el régimen en el que el populista opera. En este caso, Estados Unidos, país con una sólida Constitución democrática y más bien liberal, pero también con costumbres y patrones culturales que desconfían del exceso de poder de los gobernantes, impone a Trump ciertos límites que hacen imposible que se convierta en un dictador populista o en un populista de derecha con espacio para llevar sus instintos a las máximas consecuencias.

Esto vale no sólo en política interna sino también en política externa. Trump no puede hacer en política interna lo que hace, por ejemplo, el populista autoritario Viktor Orbán en Hungría, ni puede portarse en política exterior como el ruso Vladimir Putin. Incluso si retóricamente de tanto en tanto desborda el marco de lo tolerable, en la práctica el populismo de Trump es más bien light.

Con frecuencia, además, Trump no está poniendo en práctica, o intentando llevar a cabo, su propio populismo sino el de un amplio sector de estadounidenses, lo que convierte ese populismo más bien en un representante de un cierto "mainstream" antes que adalid de una gran ruptura. Por ejemplo, cuando defiende el proteccionismo con matices, Trump no actúa como un extraño instalado en un país abrumadoramente liberal. Al contrario: un amplio sector del país que está a su izquierda y una parte del que está a su derecha piensa lo mismo que él en esta materia. Por eso, el Congreso no aprobó el TPP antes de que él llegara al poder. Del mismo modo, cuando Trump impone límites a la inmigración que van más allá de lo que han hecho sus antecesores, no está introduciendo excesos personales en un país donde todo el espectro político es razonable. Al contrario: está siguiendo la línea mayoritaria de la derecha conservadora, específicamente la del Partido Republicano, responsable de que no se haya aprobado una ley para resolver el problema de los 11 millones de indocumentados actuales y de los futuros.

Trump está limitado por las instituciones y las costumbres de su país. Por eso las limitaciones migratorias son hasta ahora más agresivas y aberrantes en el plano retórico que en el real, y en algunos casos siguen frenadas por los tribunales, que la Casa Blanca no puede evitar.

¿Adónde voy con esto? A que su discurso de política exterior es el de un populista light al que el sistema, tanto nacional como internacional, le impone límites. Como el sistema interno lo constriñe, no puede desafiar a la comunidad internacional más allá de un cierto punto, porque esto no se le permitiría internamente tampoco.

Muchas versiones periodísticas nos hablan de un loco sin freno amenazando al mundo desde la tribuna de la ONU. No fue exactamente así. Veamos la diferencia entre lo que dijo Trump, el populista al que los frenos obligan a ser light, y lo que diría un populista duro.

Por lo pronto, el populismo de derecha duro en Estados Unidos cuestiona el multilateralismo hasta el punto de querer que su país se retire de la ONU o la expulse de Nueva York. No dudo que Trump en su fuero interno se inclina por esto. Pero en el podio se limitó a decir que su país paga el 22% del presupuesto y que le gustaría que hubiera una responsabilidad financiera mejor distribuida, así como a pedir que "esta bella entidad" esté sujeta "a una mayor rendición de cuentas" y sea "más efectiva" para que cumpla sus propios ideales, que dijo compartir. También criticó que haya regímenes impresentables en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Ninguna de estas expresiones aleja a Trump de lo que piensan y dicen muchos otros líderes. De hecho, Theresa May sostuvo en ese mismo podio cosas parecidas y también las decía George W. Bush. En esto Trump no actuó como el populista de derecha extremo, sino como un representante del "establishment" de la derecha estadounidense.

En lo que respecta a la "soberanía", palabra que utilizó varias veces para enfatizar la idea de que un gobierno es responsable primordialmente ante sus propios ciudadanos, pasa algo similar. El sobreentendido es que no responde ante organismos multilaterales ni ante otros gobiernos, sino ante su propio pueblo. Dicho en el contexto del mundo global de nuestros días y viniendo de Trump, del que sabemos que desconfía del mundo exterior, puede parecer un ejemplo de populismo aislacionista duro. Pero nótese que aquí también fueron evidentes los constreñimientos que limitan su campo de acción. No hubo referencia a la soberanía de su país que no estuviera acompañada de una defensa de la soberanía de los demás países y de la necesidad de armonizar esas soberanías mediante la "cooperación", palabra que utilizó muchas veces. La idea era: déjenme decir en Estados Unidos "America first" pero no tomen esto como una afrenta a ustedes o una decisión de dejar el espacio que ocupa Estados Unidos en el concierto mundial. Es más: al hablar de soberanía, atacó a Rusia y a China indirectamente por violar la de otros países, "de Ucrania al Mar de la China Meridional". Otra vez, el Trump que habló es el que, a diferencia de Putin, no puede hacer en política exterior lo que le venga en gana.

En materia de comercio exterior, el mandatario estadounidense defendió el proteccionismo, pero también lo hizo de un modo obligadamente matizado y con frases compensatorias. Dijo, como ha dicho muchas veces, que Estados Unidos no permitirá que otros "saquen ventaja" de él y no hará acuerdos "en los que Estados Unidos no gana nada". Su postura aquí, como la de tantos proteccionistas contemporáneos, no es renunciar al comercio exterior sino dirigirlo de modo que ciertos sectores queden protegidos. Pero no dijo que acabará con los tratados existentes. De hecho, sólo ha acabado hasta ahora con el que no estaba vigente, es decir el TPP, no con los de México o Corea del Sur, por ejemplo. Si pudiera lo haría, pero Trump sabe que no puede llegar tan lejos, de allí que utilice la retórica para lograr de la parte contraria "concesiones" que, en su visión limitada del comercio exterior, cree indispensables.

Se ha hablado mucho de las frases que Trump dedicó a cuatro países en particular: Corea del Norte, Irán, Cuba y Venezuela. Si Trump pudiera –me muevo en el terreno resbaloso de la conjetura—, atacaría Corea del Norte e Irán, eliminaría la "normalización" que llevó a cabo Barack Obama con Cuba y probablemente ordenaría una invasión limitada con cobertura humanitaria a Venezuela. Pero ¿qué dijo? No afirmó que pretende "destruir totalmente Corea del Norte". Esto es lo que dijo: "Estados Unidos tiene fuerza y paciencia, pero si se ve obligado a defenderse o a defender a sus aliados, no tendremos otra opción que destruir totalmente Corea del Norte". Esta frase significa que si Pyongyang ataca, por ejemplo, la isla estadounidense de Guam en el Pacífico, o bombardea Seúl o Tokio, Estados Unidos hará valer sus acuerdos internacionales y saldrá en defensa de sus aliados para destruir Corea del Norte. Adviértase aquí que el lenguaje es altamente populista ("destruir totalmente"), pero el fondo no se aparta un ápice de la tradición norteamericana desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Ofrecer un "paraguas" nuclear a los aliados de Asia es el precio que paga Estados Unidos desde mucho antes de Trump por lograr que países como Corea del Sur y Japón renuncien a tener sus propias armas nucleares a pesar de estar rodeados de peligro.

En lo que hace a Irán, Trump usó un arma populista de derecha al criticar el acuerdo nuclear que llevó a cabo Obama con Irán, pero esa es la posición de toda la derecha estadounidense. No dijo que haría lo que realmente quisiera hacer, que es eliminarlo. Sólo lanzó una amenaza velada: "No creo que sea lo último que oímos acerca de esto". Aquí Trump es como el boxeador que quiere golpear al contrario pero no puede porque el árbitro lo sujeta, de manera que queda reducido a lanzar un derechazo verbal.

Trump atacó a Cuba –como lo hace la derecha normalmente- llamándola "desestabilizadora" pero no dio el menor indicio de que vaya a cerrar su embajada. Sólo dijo que mantendrá las sanciones hasta que haya reformas fundamentales, posición que es la tradicional del Partido Republicano, incluyendo la de Marco Rubio, el jefazo de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. Con respecto a Venezuela, mencionó que ha impuesto "sanciones calculadas" y que podrían venir más si se grava el daño que inflige Maduro a su pueblo. Pero ¿de qué sanciones habla? ¿De un embargo económico? No, sólo de medidas contra miembros de la dictadura, algo que la oposición venezolana aprueba plenamente. Esas sanciones, por lo demás, las pidió el Partido Republicano insistentemente antes de que se aplicaran.

Por último, la cuestión migratoria la trató muy al paso, con la obvia intención de evitar demasiada polémica. Sostuvo que la "migración sin control" es "profundamente injusta" tanto para los países de los que la gente emigra como aquellos a los que inmigra, pero no anunció medidas. Es más: para compensar esta observación, enfatizó la ayuda financiera que brinda para ayudar a las víctimas de los conflictos del Medio Oriente, los refugiados o aquellos que buscan refugio, a asentarse cerca de sus países de origen. Esta visión, cuyo espíritu es claramente contrario a la inmigración, no es en los hechos distinta de la que la derecha europea defiende hoy, incluyendo a Emmanuel Macron. Por ejemplo, Angela Merkel, que hoy será reelecta canciller en su país, ha sido atacada por todo el espectro de la derecha europea por haber dado acogida a un millón de refugiados de Siria y otras partes.

En resumen; el populista duro que hay en Trump la está pasando mal bajo los constreñimientos que la acendrada democracia estadounidense y que la comunidad internacional –léase las democracias occidentales más algunos aliados asiáticos- le imponen. Pero no está forzando esos límites excesivamente, como lo demuestra su discurso ante la ONU, donde lo verdaderamente importante es el contenido light de su populismo. Un triunfo, en cierta forma, de las instituciones y la tradición estadounidenses que los críticos del populismo debemos valorar antes de caer en caricaturas que oscurecen el verdadero perfil de las cosas. R

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