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Actualizado el 21/10/2017
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Columna de Héctor Soto: Una elección para clarificar y decidir

Autor: Héctor Soto

Es sano decir las cosas como son: en Chile hace rato que no existe una sola derecha, sino varias; hace rato también que no tenemos una sola izquierda, sino al menos dos. Y en el centro político, particularmente en la DC, el panorama no es muy distinto.

Columna de Héctor Soto: Una elección para clarificar y decidir

En vísperas de una elección como la que viene, es sano decir las cosas como son: en Chile hace rato que no existe una sola derecha, sino varias; hace rato también que no tenemos una sola izquierda, sino al menos dos. Y en el centro político, particularmente en la DC, el panorama no es muy distinto y eso explica la mayor parte de las tensiones que ha estado viviendo la candidatura de Carolina Goic en las últimas semanas.

Desde esta perspectiva, vaya que serán clarificadoras las elecciones. El próximo 19 de diciembre, aparte de elegir a los nuevos parlamentarios y a los candidatos presidenciales que pasarán a la segunda vuelta, puesto que un triunfo por mayoría absoluta en primera es muy improbable, debiera ser una jornada clarificadora. Servirá para investir con la debida legitimidad ciudadana a cada uno de los interlocutores en su respectivo sector y ayudará también a definir el perfil, el piso y los rumbos de cada coalición. Llegó la hora de poner un poco de orden en la política chilena y de conocer con alguna exactitud cuánto pesa cada sector y cada facción al interior de los mismos.

Ese dato es fundamental, porque parece ser un hecho de la causa que nadie -ningún grupo por sí solo, ni siquiera en el caso de los partidos grandes- será capaz de garantizar por sí y ante sí la gobernabilidad que el país requiere para los próximos años. Cualquiera sea el gobierno que venga necesitará rebasar su base de apoyo electoral y buscar acuerdos -acuerdos amplios o acuerdos en temas específicos, da igual- para tener algún margen de acción. Está al margen de dudas que ningún candidato en caso de ser elegido podrá llegar a cabo su programa de gobierno tal cual lo ha concebido en su campaña. Ninguna coalición tendrá el control del Parlamento. Y este dato, que en principio es un poco matapasiones para el maximalismo político, puede ser una gran oportunidad para relegitimar la función parlamentaria y forjar los acuerdos que la sociedad chilena está pidiendo a gritos en materias en las cuales seguimos al debe: crecimiento, seguridad pública, empleo, seguridad social, recuperación de la política, productividad, orgánica estatal, una educación, en fin, a la altura de la sociedad del conocimiento. Las tareas que para Alejandro Foxley configuran la agenda de lo que ha llamado “la segunda transición”.

Un escéptico diría que no hay que ponerle tanto, que la gente cuando vota apenas lo hace en función de la última cuña que escuchó de su candidato, de la mayor o menor cercanía que siente con él o de la sonrisa beatífica suya que le quedó en la memoria emotiva y fue suficiente para llevarlo a votar. Sí, puede ser. La gente a veces vota por razones muy singulares. Hay un estudio, por ejemplo, que señala que gran parte del voto adverso a Piñera se sustenta, primero que nada, en el deseo de que él no vuelva a La Moneda. Por ningún motivo.

Pero dicho eso, y aceptado que esa es una realidad que describe el comportamiento de una parte del electorado, también hay que reconocer que por primera vez en mucho tiempo el país está convocado a una jornada electoral bastante más limpia, bastante menos turbia o equívoca que las anteriores. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque esta vez las campañas son mucho menos asimétricas en recursos y también porque ahora las ofertas electorales son mucho más frontales y nadie -o pocos- anda diciendo una cosa por otra.

Ya es bastante que ninguno de los liderazgos en la actual competencia responda a una matriz mesiánica.

Ya es bastante también que ninguno de los presidenciables tenga un liderazgo carismático. Y, asimismo, es higiénico que ninguno tenga –como lo tuvo la Presidenta Bachelet- una convocatoria fundada en emociones de proximidad, de cercanía, de animismo incluso, que a corto andar no fueron capaces de soportar el test del sentido común y de la racionalidad, al que ningún liderazgo ni política pública debiera sustraerse.

Una escena política donde todo vale y donde cualquiera puede decir -de buena fe a lo mejor, aunque con absoluta impunidad- que interpreta a la mayoría del país es ciertamente un incordio. Pero mucho peor que eso es cuando una ciudadanía entrega mandatos que son equívocos, cuando vota por opciones que no la interpretan y cuando a los seis meses de iniciado un gobierno elegido con una mayoría robusta –fue el caso de la Presidenta Bachelet- comienza a quitarle el respaldo porque esa administración hace lo que dijo que iba a hacer, nada muy distinto de lo prometido, por lo demás, pero no lo que la gente “creía” que iba a hacer.

Buena parte de los problemas que el país ha estado viviendo en los últimos tres años parten de ese desencuentro. No hay duda que para los efectos de sortear esta catástrofe la clase política ayudó poco. Pero la distorsión, antes que de los políticos, vino de la propia ciudadanía. Fue mucha la gente que votó por las razones equivocadas y que vino a darse cuenta un poco tarde de su error. Algo, no lo suficiente, se ha escrito de la falta de densidad política de nuestro electorado. Por un asunto de decepciones sucesivas hace medio siglo los chilenos elegimos primero a un gobierno de derecha, después a uno DC y finalmente terminamos en uno de izquierda marxista. Está bien: en política también operan las lógicas del ensayo y el error. Pero quizás no habla muy bien de su templanza ciudadana un país que elige a Bachelet el 2006, la despide con la popularidad por las nubes y elige para sucederla a Piñera, para enseguida, terminado su mandato, reinstalarla de nuevo a ella en La Moneda, aunque dejándola -otra vez- expuesta a devolverle la banda presidencial a Piñera. Hay algo raro en esa secuencialidad. Sí, Bachelet I no fue igual a Bachelet II. Y lo que antes el país pareció no apreciar en Piñera, ahora al parecer sí lo valora. Ok. Pero, más allá de estas inestabilidades, por supuesto que sería sano que el electorado se ponga de acuerdo.

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