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Actualizado el 20/05/2017
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Columna de Óscar Contardo: El mal gusto que tiene la plata

Autor: Oscar Contardo

Lo más probable es que Sebastián Piñera vuelva a La Moneda, gracias a que sus seguidores no ven en su relación con el dinero un problema, pero también a la impericia de sus antiguos adversarios y a la abstención de quienes decidieron que no votar era la mejor manera de expresar su malestar.

Columna de Óscar Contardo: El mal gusto que tiene la plata

Hace menos de dos semanas, el ex presidente y actual candidato a la Presidencia Sebastián Piñera respondió en televisión a las dudas sobre el monto de su patrimonio con una frase inesperada: “Mi madre me dijo que era de mal gusto hablar de plata”. La primera duda que se instaló en mi cabeza luego de escucharlo fue la intención que había después de decir lo que dijo. Saber si esa frase era una especie de confesión sobre el pudor cultural en torno a hablar de dinero o una suerte de advertencia para los periodistas.

La primera alternativa parecería un tanto sorprendente, mal que mal, se trata de una persona cuya carrera profesional básicamente ha consistido en estudiar la forma de hacer más dinero analizando los factores que lo mueven de un lado a otro en ese universo paralelo de las finanzas. Comprar, vender, volver a comprar, invertir y nuevamente vender. Supongo que todo eso no se hace exactamente en medio de un silencio monacal.

Por otro lado, existen rastros sobre cierto rasgo en las costumbres de parte de la clase alta chilena -a la que claramente pertenecía su madre- a ser discretos con su prosperidad, sobre todo en frente de personas con quienes no comparte un mismo origen, o sea, la mayoría. La razón, principalmente, es un resabio de culpa católica, mezclado con el temor a sentirse juzgados por el prójimo y eventualmente amenazados. Es la raíz del culto a una sobriedad severa en la que a cierta burguesía local le fascina verse reflejada: de ahí que muchos de ellos en público sean capaces de asegurar que pertenecen a la clase media, aunque conozcan su árbol genealógico al dedillo, sus antepasados aparezcan en los libros de historia, hayan estudiado en un colegio y una universidad de elite y amasen fortunas considerables. Era un mundo en el que la realidad privada de los privilegios se mantiene en el ámbito de lo familiar, no se exhibe frente a desconocidos, el poder que les confiere simplemente se ejerce entre el círculo de los iguales, no hay para qué alardearlo, es lo natural, no hay que dar explicaciones. Así funcionan las cosas.

La autopercepción de superioridad es tan fuerte, que en el cotidiano demostrarla es innecesario, sería desperdiciar energía. El ejercicio de enarbolar los límites y las aduanas para quienes se atreven a traspasar las fronteras se logra recurriendo a la burla social de baja intensidad, acuñando palabras para aludir a los extraños al salón que no deben traspasar los límites: menospreciar al roto, reírse del siútico, del facho pobre, murmurar sobre el mediopelo y repetir cada tanto la palabra “resentido” para callar los ruidos molestos. En ese ámbito, claramente, no se habla de plata.

Sin embargo, el dinero existe. Y en la última década nos hemos enterado de que circulaba de manera fecunda y acelerada por la trastienda, financiando campañas de manera ilegal, aceitando decisiones políticas, impulsando leyes redactadas en oficinas corporativas. Una de las fuentes de ese descubrimiento han sido las propias acciones de los colaboradores del anterior gobierno de Sebastián Piñera. Sus correos electrónicos demostraban que, al menos en secreto, hablar de plata no era mal visto, era algo así como un punto de encuentro para planear un futuro de éxitos.

Las noticias sobre dinero en adelante han copado las notas políticas y remecido a las instituciones públicas una y otra vez: hemos visto lo que hacía el Ejército con los fondos del cobre, la manera en que se repartía en carretillas en Carabineros, lo que se robaban en las municipalidades y el dinero que se arrojaba a la basura por proyectos mal ejecutados. Lo que rara vez vemos visto, eso sí, es que alguien se haga responsable.
En algún minuto los comunes y corrientes comenzamos a contemplar un mundo que permanecía tapiado por la tradición y que parecía explicar muchas cosas que antes parecían “naturales”, tales como nuestra persistente desigualdad.

Esta semana, un reportaje de Ciper encontró nuevas sociedades vinculadas a Sebastián Piñera a través de sus hijos y nietos. Una de ellas en un paraíso fiscal. Nuevamente aparece el dinero rondando como un fantasma su candidatura y los muchos flancos que se abren por las posibilidades de conflictos de interés en un país con los niveles de concentración de poder que tiene el nuestro. Una nación de salones cerrados a lo público. Nuevamente aparecen montos siderales y la voluntad de evitar a toda costa los impuestos que otros, con el patrimonio de los comunes y corrientes, deben pagar con puntual prolijidad.

La respuesta del candidato frente a estos descubrimientos sigue siendo más o menos la misma: hago más de lo que la ley exige. Es también lo que suelen decir sus asesores. Pero ya sabemos cómo la tradición ha moldeado las leyes que regulan estas cosas en Chile.

Lo más probable es que Sebastián Piñera vuelva a La Moneda, gracias a que sus seguidores no ven en su relación con el dinero un problema, pero también a la impericia de sus antiguos adversarios y a la abstención de quienes decidieron que no votar era la mejor manera de expresar su malestar.

Sin embargo, su eventual triunfo no podrá borrar una nueva cultura, una nueva tradición: la de exigir explicaciones, seguir la ruta del dinero, identificar redes y no conformarse con una explicación superficial para un asunto político de gran alcance. En ese probable nuevo gobierno de Piñera inevitablemente se volverá a hablar de plata y, sobre todo, de impuestos.

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