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Actualizado el 15/04/2017
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Columna de Óscar Contardo: Matinales, el universo de la sana entretención

Autor: Óscar Contardo

Parafraseando a Christopher Hitchens, el célebre intelectual británico, la estupidez y la crueldad son parientes bastante cercanos y marcan espléndidos índices de sintonía si se los programa en el horario adecuado.

Columna de Óscar Contardo: Matinales, el universo de la sana entretención

Esta semana, Canal 13 debió ofrecer disculpas públicas luego de dar a conocer en su matinal detalles de un informe médico de Nabila Rifo, la mujer golpeada y mutilada en Coyhaique hace un año. La información difundida por el programa era parte de la vida privada de la víctima y al hacerla pública se la estaba agrediendo nuevamente. Además, se sugería que esos datos de su intimidad explicarían la salvaje golpiza a la que fue sometida. Pocos días antes, en el matinal de TVN, una amiga del principal inculpado del ataque concedía una entrevista. La mujer defendía al sospechoso, pero no condenaba el hecho. Sostenía que su amigo no era culpable, pero aun así justificaba el ataque apuntando a Nabila Rifo; afirmaba que el destino de la víctima se explicaba por su estilo de vida: “Ella se lo buscó”, dijo. Esta vez, a diferencia de lo ocurrido en el programa del 13, una periodista interrumpió a la mujer y cortó la entrevista.

Durante años escuché decir que la televisión chilena funcionaba con la premisa -sostenida por quienes la dirigían- de que la audiencia media de los chilenos tenía la edad mental de un adolescente. Uno no muy listo, más bien opaco; uno al que los creativos debían tener presente a la hora de producir un programa. No era una idea que compartieran todos quienes trabajaran en el medio, pero era la que funcionaba. Aquel adolescente era el norte de todo lo que se ponía al aire. Nunca he confirmado qué tan real era esa premisa, no parece estar escrita en ningún documento, pero a juzgar por lo que he escuchado de personas cercanas que han trabajado en televisión, no se aleja de la realidad. Basta hacer un repaso de la historia de la producción televisiva nacional desde que ésta se hizo masiva en los 80. Los programas de no ficción y de entretenimiento más exitosos y duraderos parecen indicar que para captar la atención del público hay que apelar a un individuo sin más inquietudes que un par de estímulos básicos, la ansiedad por un premio y ninguna curiosidad por comprender el mundo más allá de la burla por lo que le resultaba distinto y ajeno. La televisión local fraguó bajo esa premisa una idea de “sana entretención familiar” de la que son herederos principalmente los programas matinales.

Hace unas semanas vi parte de un matinal. Durante varios minutos los conductores se dedicaban a bailar en pantalla una música estridente que repentinamente se detenía. Cuando eso sucedía todos debían permanecer quietos. Era el juego del “Un, dos, tres, momia” ejecutado por largos minutos por un puñado de adultos que estaban ahí para entretener a una audiencia a la que, aparentemente, ese ejercicio -repetitivo, ruidoso, sin sentido- les parecía interesante. Pensé entonces qué tipo de ‘audiencia media’ tenían en mente quienes producían estos programas. Qué podría deducirse de las personas que miraban los matinales a juzgar por los temas que se trataban en ellos. Una especie de ejercicio inverso al del adolescente como modelo de espectador.

El resultado indica que se trata de un público que parte el día preguntándose si Tauro congenia con Escorpión o si Virgo puede guardar esperanzas de ser feliz con Libra; personas que disfrutan con la idea de que una catástrofe ocurrirá muy pronto devastando el país, según lo indica un vidente brasileño que predice terremotos y anuncia 200 mil muertos como si nada; gente que quiere todos los detalles sobre una casa embrujada en los suburbios de una ciudad del sur en donde aparentemente vuelan las ollas por el aire; una audiencia que ha decidido dejar de confiar en la ciencia y se ha hecho devota de teorías espurias sobre el mejor modo de mantener la salud y tratar las enfermedades; espectadores que en lugar de sentir compasión por una mujer agredida esperan encontrar algún detalle que les indique que la golpiza que sufrió era nada más que un castigo por su modo de vida.

Cuando era niño era habitual escuchar la historia jamás comprobada de un chico que luego de ver Superman en la televisión se lanzó de un edificio pensando que podría volar. Era una manera de sembrar la alerta sobre lo que la televisión hacía con la gente. Ahora, creo que en el fondo hay demasiadas personas allá afuera esperando que algo así suceda -que un niño imite una fantasía que lo arrastre a una tragedia- para luego sintonizar un matinal y ver allí los detalles del acontecimiento: escuchar las declaraciones de los padres de ese niño, juzgarlos por la educación que le daban y condolerse como una forma de matar la mañana, reafirmando de paso sus creencias y su propia forma de vida. Aun más, existe una industria dispuesta a darles en el gusto a quienes esperan que lo peor ocurra, que el caos se desate y difundirlo sin más reflexión que la necesidad de capturar público.

Parafraseando a Christopher Hitchens, el célebre intelectual británico, la estupidez y la crueldad son parientes bastante cercanos y marcan espléndidos índices de sintonía si se los programa en el horario adecuado.

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