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Actualizado el 05/08/2017
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Columna de Sebastián Edwards: Nuestras universidades y la persona más estúpida de Nueva York

Autor: Sebastián Edwards

Quizás la mayor diferencia entre los dos países es cómo se enfrenta el tema de la literatura en las mejores universidades.

Columna de Sebastián Edwards: Nuestras universidades y la persona más estúpida de Nueva York

La semana pasada, la prensa estadounidense informó profusamente que Michiko Kakutani, la principal crítica literaria del New York Times, había decidido retirarse después de 40 años de labor ininterrumpida. Lo significativo del hecho no es que la Kakutani haya optado por colgar los guantes; después de todo, tiene 62 años. Lo extraordinario es que todos los periódicos, revistas y noticieros de radio y TV llevaran la noticia en forma destacada. En algunos casos, como el New Yorker y Vanity Fair, la historia cubrió más de dos páginas, e incluyó trozos de sus críticas más feroces y/o memorables. Pensemos en lo que esto significa: En pleno siglo XXI, una crítica literaria es tratada por la prensa como una verdadera celebridad, como el entrenador de un equipo de fútbol, como una actriz popular y consagrada.

¿Qué pasaría en Chile si uno de nuestros reseñistas de libros decide retirarse? Lo más probable es que el hecho sea olímpicamente ignorado. A lo más, y en contados casos, su propio medio publicaría una mínima nota, perdida en las páginas interiores, en la vecindad de los resultados del último campeonato de palitroque.

Esto refleja la forma en que los libros y la lectura son vistos en Chile y en los Estados Unidos. En EE.UU. sigue habiendo un enorme interés por la literatura, especialmente por la literatura “seria”, por las llamadas “novelas literarias”, y por la no-ficción erudita. Los principales diarios publican a lo menos una reseña cada día de semana, y suplementos con una veintena de críticas durante los fines de semana. Hay un enorme número de revistas especializadas, y los programas culturales en radio y TV abundan.

Los programas de los grandes libros

Quizás la mayor diferencia entre los dos países es cómo se enfrenta el tema de la literatura en las mejores universidades. En Chile, a no ser que se estudie una carrera de humanidades, los estudiantes casi no leen literatura o ensayos filosóficos. Se zambullen de inmediato en los aspectos técnicos de sus respectivas profesiones. Un alumno de tercer año de Ingeniería Comercial sabe lo que es la curva de rendimiento, la elasticidad cruzada, la ecuación de Slutzky y la fórmula de Black-Scholes para calcular el valor de una opción. Sin embargo, no ha leído a Stendhal ni a Milton, tampoco a Melville o a Parfit, ni a Moliere o Virgilio. Peor aún, lo más probable es que tampoco haya leído a Adam Smith o a Keynes en el original.

En contraste, las grandes universidades estadounidenses -y también las de otros países sajones- tienen programas de lecturas profundos y exigentes. Las universidades de Columbia y Chicago establecieron, hace más de un siglo, los programas de los “grandes libros”, en los cuales todos los estudiantes, sin excepción, tienen que leer durante los dos primeros años unos 60 libros importantes. Desde la poética de Aristóteles hasta la Teoría de la Justicia de Rawls, desde Chaucer hasta De Lillo. La idea es que a través de la lectura y del análisis crítico de estos textos los estudiantes aprenden a pensar y a escribir, a plantear y defender un argumento lógico, a expresarse en forma escrita y oral.

Pero va más allá de eso: los programas de los grandes libros, que hoy existen de una manera u otra en miles de universidades sajonas, ayudan a formar ciudadanos que tienen mayor facilidad para resolver problemas.

En mi propia experiencia, los mejores economistas del mundo, los con visiones más profundas y originales, tienen un pregrado en las humanidades: literatura germánica, filosofía, estética. Sus conocimientos de economía y finanzas, de matemáticas y estadísticas, vinieron más adelante, en un posgrado de perfeccionamiento.

Lo importante es la cultura de la lectura, el amor por las letras, la devoción por las humanidades. Las sociedades que tienen esa cultura son más exitosas y más felices, más prósperas y armoniosas. En Chile nos falta esta devoción; una gran reforma curricular al nivel universitario debiera movernos en esa dirección.

En Chile ha habido algunos intentos por moverse en la dirección de los sajones. Algunas universidades han tratado de instaurar un primer grado de bachiller, con un programa similar al de los grandes libros durante un ciclo común de dos años. Hasta ahora los resultados han sido cuestionables. Me dicen los encargados de estos experimentos -con un evidente aire de decepción- que los mejores alumnos no quieren entrar en estos bachilleratos, los consideran para “perdedores”.

La reacción de los estudiantes es entendible. No saben cómo considerarán los empleadores su paso por estos programas pilotos. Por eso, como he argumentado en otras ocasiones, la única manera en la que una reforma curricular de esta magnitud funcione y tenga éxito es si, en vez de ser opcional, sea requerida para todos. Así fue como los programas de “artes liberales” despegaron en los EE.UU. a principios del siglo pasado. Un puñado de universidades del Ivy League decidió que todos sus alumnos tenían que tener un bachillerato si luego querían ser abogados, médicos o MBA.

Esto es, precisamente, lo que está haciendo la Universidad Adolfo Ibáñez, desde hace un año, más o menos. Todos los alumnos tienen que pasar por un ciclo común, donde al más puro estilo sajón se empapan de “grandes libros”. Durante dos años la UAI forma generalistas, ciudadanos ilustrados capaces de pensar en forma crítica y con originalidad. Es un esfuerzo magnífico, que debiera ser emulado a la brevedad por otras universidades nacionales. En la era de la automatización y los robots, Chile necesita más generalistas y menos especialistas. Serán estas personas las que podrán trabajar con éxito junto a estas máquinas inteligentes, quienes formarán los equipos de “robots con humanos” que dominarán el firmamento del futuro.

Kakutani otra vez
Michiko Kakutani fue una crítica admirada y temida a la vez. Sus ensayos podían catapultar a un autor a la fama y al éxito financiero, o podía hundirlo en una tremenda depresión. Nadie, nunca, pudo acusarla de “amiguismo”. Con el mismo fervor con el que alababa la novela de un autor, destruía la siguiente. En una oportunidad escribió una crítica devastadora sobre un libro de Jonathan Franzen, libro que comparó con un burro. A Franzen le dio tal pataleta, que se refirió a la Kakutani como “la persona más estúpida de Nueva York”. Años después, cuando la crítica festejó su nueva novela, Franzen trató de disculparse, pero ella lo ignoró.
Durante años, Michiko Kakutani ha resguardado su privacidad en forma absoluta. No da entrevistas y hay muy pocas fotos de ella. Tanto es así que la primera foto que aparece cuando uno escribe su nombre en Google no es de ella, sino que es un retrato de la escritora Joan Didion.

Para Kakutani lo importante es la obra, su espesor y vuelo, su originalidad y la manera como captura un momento. El autor no importa; mucho menos el crítico. Tanto es así que según consigna un artículo reciente en el New Yorker, nunca, en ninguna de sus críticas, apareció un pronombre personal. Entonces, ella estaría de acuerdo en decir que Michiko Kakutani no es importante. Lo importante es la cultura de la lectura, el amor por las letras, la devoción por las humanidades. Las sociedades que tienen esa cultura son más exitosas y más felices, más prósperas y armoniosas. En Chile nos falta esta devoción; una gran reforma curricular al nivel universitario debiera movernos en esa dirección. El tema es importante, y debe ser materia de los programas de los candidatos presidenciales.

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