La Tercera

Columna de sismología: El monte Santa Helena, o el camino a la destrucción

El interior de nuestro planeta tiene su propia dinámica. La gran presión que se produce bajo la corteza y que lucha por ser liberada, mueve las placas, genera terremotos, y permite que el magma suba a través de ella llegando a la superficie, de modo que los volcanes hacen erupción frente a nuestros ojos. Por lo mismo, estamos condenados a vivir con la ocurrencia de terremotos y erupciones volcánicas. Si es que éstos no ocurrieran, significaría que la Tierra no rotaría, y estaríamos todos muertos. Por supuesto, los grandes terremotos y las erupciones volcánicas explosivas tienen un impacto potencial muy grande sobre nuestras vidas, en particular si es que vivimos bajo la creencia que nunca nos van a afectar (recordemos, los desastres no son naturales). Y aunque cueste creerlo un poco, nuestro conocimiento sobre estos fenómenos sigue siendo bajo, lo que habla de su complejidad, pero también se debe a que tanto terremotos como erupciones altamente explosivas son escasas, y no todas se comportan igual. En esta columna les contaré la historia de una de esas grandes erupciones que ayudó mucho al avance de la vulcanología en el mundo: la del monte Santa Helena, en Mayo de 1980.

El monte Santa Helena es un volcán que está en Estados Unidos, y está situado en un paisaje muy lindo, con lagunas cerca de él. Esto lo convertía en un lugar muy turístico hacia 1980, de manera similar a lo que ocurre en muchos lugares del mundo (y acá también, con el Villarrica, por ejemplo). Se sabía que el volcán estaba activo, con campos termales en varios sitios, pero los lugareños nunca habían visto una de sus erupciones. De hecho, ni siquiera se era visible un cráter. Por lo mismo, para muchos fue sorpresivo que el suelo a su alrededor comenzara a temblar en marzo de 1980. Los científicos del USGS, entendiendo que un volcán activo seguramente haría erupción, fueron al lugar e instalaron diferentes instrumentos. Al poco tiempo de estar allí, el suelo se movió fuertemente. Un sismo de magnitud M=4.2, que es muy grande en un entorno volcánico, les dejó claro a todos que algo importante estaba ocurriendo. Más aún, después de ese sismo, en vez de tener la clásica secuencia de réplicas, donde todo decae en el tiempo, la cantidad y la intensidad de los terremotos comenzó a incrementarse por varios días. En ese momento había una conclusión clara: el volcán iba a hacer erupción. Ya que el Santa Helena estaba cubierto de nieve, el mayor miedo que tenían los vulcanólogos era la formación de poderosos lahares, que tenían el potencial de destruir gran parte de los valles cercanos, afectando seriamente a los habitantes de esas zonas. Y si bien se ordenó evacuar a los residentes, muchos otros llegaron a ver qué ocurría con el volcán. Esto llevó a que se cerraran caminos, pero no impidió que un montón de aviones pequeños llegaran al lugar a sobrevolar al macizo. Mientras tanto, la cantidad de sismos seguía aumentando: ¿era tan inminente la erupción?

Resultó que sí lo fue. A fines de marzo el volcán comenzó con una serie de explosiones, con grandes cantidades de vapor de agua. El Santa Helena se convirtió en noticia nacional en Estados Unidos, y gracias a que estaba siendo monitoreado constantemente por un equipo de científicos (algo así como Dante’s Peak, pero con más personas, y sin Sarah Connor), se analizaron muestras de las rocas expulsadas en las explosiones, y encontraron que no había magma nuevo. Es decir, lo que seguramente ocurrió es que un gran cuerpo de magma interactuaba con el fluido (principalmente agua) alojado dentro de las rocas. Este fluido se estaba vaporizando y subiendo a altas presiones, de modo que rompía toda la roca que tenía sobre él, aumentando el tamaño del cráter recién formado. Cada vez que se generaba una de estas rupturas, se visualizaba una nube de tefra oscura acompañada de una nube blanca de vapor de agua. Sólo imaginen la tremenda presión a la que estaba sometido el fluido dentro del volcán. De más está decir que el cielo se llenó aún más de pequeños aviones, muchas personas se las arreglaron para romper el cerco de seguridad, y buscaron tomarse una foto con el volcán de fondo, exponiéndose a un riesgo innecesario (¡Menos mal que no existía Instagram en esa época!). El problema radicaba en que los sismos continuaban y eran muy fuertes. Además se captó un tipo de sismo volcánico bastante peculiar: un tremor armónico. Se suele asumir que este tipo de evento es indicador de movimientos de magma, y el hecho que se hayan captado importantes eventos de tremor con los poco sensibles instrumentos de la época, demuestra que había una enorme cantidad de magma en movimiento. Sin embargo, no había grandes explosiones con magma nuevo. De hecho, ocurrió todo lo contrario: las explosiones comenzaron a decaer tanto en tamaño como en frecuencia. Así, ocurrió lo esperable: ante el alto costo de cerrar los caminos, vigilar que nadie se acerque al volcán, y el monitoreo, comenzó a disminuir la cantidad de personas involucradas en la emergencia. Muchos de los habitantes de la zona exigieron volver a sus hogares, porque claramente todo ya había terminado. Algo entendible, ya que su vida estaba en esa región, y había pasado un mes y medio desde que comenzó la erupción. Ya era suficiente, y todos querían volver a sus hogares. Los vulcanólogos, sin embargo, no estaban de acuerdo. Ellos sí creían que un evento eruptivo más importante estaba por ocurrir, sólo que no sabían cuando. A favor de ellos había un gran argumento: al volcán le estaba saliendo un “cototo”. Y uno muy grande.

Lo que pasó es que el magma no encontró una salida por la cima del volcán, y se trasladó hacia el costado, por uno de sus flancos. Eso generó este “cototo”, que cada día fue más prominente. El volcán se estaba hinchando cada día más, ¡y mostrando fracturas serias en la parte hinchada! Los científicos temían una erupción lateral, que tendría más impacto que una por la cima de la montaña. Pero al no poder decir cuando, la presión social por volver se fue intensificando (les digo, Hollywood se queda chico para contar una historia como ésta). Hasta que un 18 de mayo de 1980 el volcán cedió a la presión, literalmente. Sólo miren la siguiente secuencia:

Nunca en la historia se había visto una explosión lateral de esa magnitud. Generó un flujo piroclástico que arrasó con todo el valle del volcán, y además se registraron tremendos lahares. La cantidad de muertes se estima en 57, y el daño a la propiedad fue tremendo. La parte más explosiva de la erupción en si misma duró poco tiempo, pero fue suficiente para convertirla en una de las más grandes del siglo XX. Además, dado el tipo de evento que se registró, con todas sus características vulcanológicas y sísmicas, dio un tremendo impulso a la modernización de la vulcanología como disciplina. Muchas de las técnicas que se ocupan hoy fueron puestas a prueba durante esta crisis. Recordemos que no hay nada que podamos hacer para evitar una gran erupción volcánica (o cualquier erupción), por lo que entender el comportamiento base de un volcán es algo tremendamente importante, y es en lo que trabajamos muchos científicos en el mundo.

La gran explosión de 1980 fue seguida por actividad intermitente hasta 1986. Luego, en 1990, ocurrió una erupción violenta, pero alrededor de 100 veces menor. Posteriormente se encontró evidencia geológica que el volcán en realidad había tenido alrededor de nueve erupciones tanto o más grandes que la de 1980 en los últimos 5.000 años, mostrando cuán activo y explosivo es. Por lo mismo, el Santa Helena es hoy uno de los volcanes mejor monitoreados del mundo, y del cual aún se aprende mucho. Y es a través de este conocimiento, junto al de cada uno de los volcanes que se estudian en el mundo, es que cada vez somos más capaces de anticiparnos a lo que va a ocurrir en una emergencia volcánica. Ello también nos ayuda en Chile, donde hemos tenido erupciones tan fuertes como la de este volcán en los últimos 100 años.

Cristian Farías Vega es doctor en Geofísica de la Universidad de Bonn en Alemania, y además profesor asistente en la Universidad Católica de Temuco. Semanalmente estará colaborando con La Tercera aportando contenidos relacionados a su área de especialización, de gran importancia en el país dada su condición sísmica.