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Actualizado el 07/01/2018
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Como un limpio cristal…

Autor: Ricardo Hepp

A José Martínez Ruiz se le conoce más por su seudónimo: Azorín. Fue un destacado novelista español cuando partía el siglo XX, además de ensayista, dramaturgo y crítico literario. Pero, muchos lo recuerdan también como excelso periodista. Claro y riguroso. En respuesta a una consulta sobre cómo trabajar una noticia, Azorín ofreció su receta: “Pues bien, muchas veces he tenido que redactar una noticia y me he visto en grande aprieto. La noticia ha de ser breve, clara y exacta”. Pero, agregó, “debo sortear dos escollos: la anfibología y la batología. La anfibología es la confusión y la impropiedad. La batología es la repetición y escribir prolijo (largo, dilatado), para que la noticia sea como un breve y limpio cristal”.

Varios lectores señalan que los diarios están plagados de errores y que perciben descuido en la redacción. Uno de ellos, Celso Antonio Mora, indica: “¿no es acaso su obligación hacer bien su tarea?”.

Sin duda. Los periodistas deben escribir de manera que el texto se comprenda bien. Deben explicar la realidad y denunciar también situaciones injustas o excesos de poder. Escribir bien en un diario implica dar vida, significado y sentido a las palabras. También, aportar vigor al relato. La belleza del texto -explica el periodista mexicano Leonardo Reichel- “no radica en la cuantía de los vocablos empleados, sino en su combinación, (…) y su profundidad está en aquello que, valiéndose de la palabra, haga sentir o pensar al lector”.

Para el escritor y periodista peruano Mario Vargas Llosa -que en 2010 obtuvo el Premio Nobel de Literatura (autor de “La ciudad y los perros” y “Conversación en la Catedral”, entre otras novelas) “el periodismo ha perdido la seriedad y la influencia que tenía”. Sostiene que el mayor cambio que ha sufrido la profesión es que “se ha banalizado y convertido en una forma de entretenimiento y diversión”.

Carlos Monsiváis, ilustre escritor, periodista y ensayista mexicano (fallecido en 2010) solía decir que “antes, escribir bien era un deber de los periodistas. Hoy es infrecuente oír ‘él escribe muy bien’, y lo común es la resignación de los lectores”, ansiosos de informarse, pese a los errores y a los enredos de sintaxis.

Son juicios severos y rotundos. Pero, es necesario reconocer que la culpa de esta dejación no siempre es, aunque también, de los periodistas. Muchas faltas de ortografía y errores gramaticales que no detectan los filtros (un corrector de pruebas, si lo hay, o un corrector digital), no son causa de la ignorancia, sino de la prisa, que es un mal frecuente de esta profesión. A menudo, no hay tiempo para releer lo que han escrito. Otros, aun teniéndolo, no lo hacen. Simplemente entregan los textos tal como los redactaron, con el peligro que ello implica. Bastaría, como se ha repetido en este espacio, una segunda lectura (suponiendo que hubo una primera) para evitar simples faltas, errores, incongruencias o confusiones.

Cada vez que los periodistas escriben (y también los columnistas) sería necesario que hicieran un ejercicio de responsabilidad y de ética para hacerlo bien. Porque escribir bien ayuda a forjar nuevos lectores. Así, el ejercicio puede contribuir, al menos, a que se conviertan en buenos maestros…

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