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Actualizado el 13/09/2014
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Compositores chilenos clásicos: una especie en busca de público

Autor: Rodrigo González M.

El jueves se tocan siete obras chilenas en la Gala del 18 de septiembre del Teatro Municipal.

Obras tristes, nostálgicas, con añoranzas de algo que ya no existe. Más o menos así definió la música clásica chilena el destacado compositor estadounidense Aaron Copland. Fue en 1955, cuando visitaba Chile por primera y última vez. Sin saber demasiado de nuestra naturaleza geográfica, artística o emocional, Copland dio en el clavo. 

A casi 60 años de la visita del ilustre autor de Fanfarria para el hombre común, el clima anímico de la música local sigue siendo básicamente el mismo: la nostalgia y  la tristeza siempre asaltan el primer plano. También, como apunta el musicólogo Luis Merino,  están las constantes de “la voz de la mujer y las composiciones para grupos pequeños”. Y el ex decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile agrega: “No somos muy dados a crear para las grandes orquestas, como pasa con Alberto Ginastera en Argentina, Heitor Villa-Lobos en Brasil o Carlos Chávez en México. Nos gusta, por el contrario, la música de cámara”. 

Aquellas características se repiten de cierta forma en la Gala del  próximo 18 de septiembre  que ofrecerá  el Teatro Municipal. Se trata del concierto que reemplazará a la tradicional ópera que se interpretaba en estas funciones y que ahora será transmitido en directo por TVN. Habrá una mezcla de obras de varios compositores chilenos: muchas tienen una pátina de melancolía en su sistema nervioso, una de ellas es para voz femenina y orquesta y otra fue escrita expresamente para una agrupación pequeña. Es decir, el diagnóstico de Copland otra vez. 

Las creaciones que se tocarán son bastante accesibles. Nada de obras electroacústicas o parientes de la atonalidad. En ese sentido, no hay espacio aquí para música de los premios nacionales León Schidlowsky o Fernando García. Tampoco para Gabriel Brncic, radicado en España y postulante este año al galardón. Los que sí caben son Sergio Ortega, con extractos de su ópera Fulgor y muerte de Joaquín Murieta; Luis Advis, con la Suite latinoamericana; Vicente Bianchi y su Tríptico Sinfónico;   Sebastián Errázuriz, con Geografía del desastre; Alfonso Leng y el Andante para cuerdas; Enrique Soro, con Tres aires chilenos, y Jorge Arriagada, con Vocalise de su banda sonora El tiempo recobrado.

La interpretación de piezas locales en la Gala coincide, además, con el concierto que hoy ofrece la Sinfónica de Chile bajo la dirección de Paolo Bortolameolli a las 19 horas en el Teatro U. de Chile. Se tocarán ahí desde clásicos absolutos del ámbito docto chileno, como La muerte de Alsino, de Alfonso Leng, hasta el estreno de la Sinfonietta, de Aliocha Solovera, premio Altazor 2003. Entre ambas se interpretarán Tres tonadas para orquesta, de Pedro Humberto Allende, y la Sinfonía preliminar de El pájaro burlón, de Acario Cotapos.  

Sobre los conciertos, Luis Merino se extiende: “La programación de la Gala me parece bastante acertada en el sentido de que es ecléctica, con autores que se pueden seguir con facilidad: no se trata de asustar a nadie en un concierto así. Tiene también la ventaja de utilizar composiciones que se nutren de la música folclórica y popular, como es el caso de la Suite latinoamericana, de don Lucho Advis, o los Tres aires chilenos, de Enrique Soro, un compositor muy particular, que hizo mucha música en diferentes categorías. Y, claro, está Geografía del deseo, de Sebastián Errázuriz, que es un chico muy talentoso”.

En el concierto del próximo jueves en el Teatro Municipal también se interpretará Vocalise para soprano y orquesta de Jorge Arriagada, que fue el músico de todas las películas de Raúl Ruiz. “Para mí es un honor participar en un acto así, sobre todo porque hay músicos de varias generaciones”, dice Arriagada, quien vive en Francia. Su caso es el del compositor clásico que, además, debe buscar otros medios para canalizar inquietudes y, por supuesto, sobrevivir. En general y, a menos que alguien sea un millonario, es difícil vivir de la creación docta. “En todas las épocas ha sido igual. Mozart vivía del dinero que le aportaban sus composiciones para bailes, conciertos y óperas. Hoy el contexto es diferente, los medios audiovisuales e internet han remplazado los conciertos”, dice.

Mapa clásico local

El contexto de las programaciones de la Sinfónica de Chile, el Teatro Municipal o los festivales de música contemporánea sirven como muestrario de algunos nombres claves en la música chilena. Luis Advis, conocido por su incursión folclórica a través de la Cantata Santa María, es uno de ellos. Similar es el caso de su contemporáneo Sergio Ortega, que como Advis tuvo una destacada participación en la Nueva Canción Chilena.

Sin embargo, ellos son sólo una punta de iceberg. Como figura tutelar aún destaca Juan Orrego Salas, discípulo del chileno Pedro Humberto Allende y del mencionado Aaron Copland. Orrego Salas, de 95 años, reside en EE.UU., ha compuesto más de 100 obras y su estilo ha pasado desde lo tradicional a las vanguardias, sin jamás perder de vista al público. Una de sus piezas populares es la cantata América, basada en versos de Neruda.

De una generación posterior es el también el premio nacional Fernando García. “Es junto a Orrego Salas uno de los  dos compositores chilenos vivos más importantes y, además, alguien muy  querido por los músicos. Jamás descuida su escritura ni escribe cosas que no se puedan tocar”, explica el musicólogo Juan Pablo González.

Entre los más modernos, el mismo González destaca a Eduardo Cáceres y Andrés Alcalde. “El caso de Cáceres es curioso. Aquí armaron una gala con obras de varios compositores y sucede que el 19 de septiembre, Cáceres tiene que ir a Buenos Aires a estrenar su ópera Suyai en el Ciclo Iberoamericano de Opera”, dice.

A la hora de las carencias en el ámbito local, tanto Luis Merino como Juan Pablo González coinciden: falta tocar más las obras. “De estrenar música, se estrena.  Pero no nos sirve de nada si después esas composiciones no se repiten. Para que la gente realmente se quede con la música hay que escuchar dos o tres veces una creación; es un proceso”, dice Merino.

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