Crítica de cine: Misterios de Lisboa

por Gonzalo Maza. - 20/10/2011 - 08:50

Cuando se exhibió el año pasado en el Festival de San Sebastián, y fue recibida como la obra maestra que es, por un momento “Misterios de Lisboa” se entendió en el mundo del cine como el testamento fílmico de Raúl Ruiz. Tengo que confesar que esta idea me pareció perturbadora la primera vez que la escuché. Debido a que la filmó muy enfermo y se dudó que incluso llegaría a terminarla, para muchos su estreno implicaba un triunfo sobre la esquiva muerte, esa que estaba presente en cada una de sus películas pero que, incluso en los peores momentos, quizás por su lucidez y su infatigable capacidad de crear, a todos los ruizianos siempre nos pareció una posibilidad lejana, irreal, impensable.

Hoy, tal como los relojes de los soldados que se pierden en la guerra, “Misterios de Lisboa” es un artefacto fascinante que encarna el fin máximo del cine: transciende a los vivos. Pero a pesar de su metraje extenso (266 minutos, que en Chile se exhibirá en salas dividido en dos partes), no hay en ella ampulosidad ni exceso ni ostracismo: es una película generosa, accesible a cualquier espectador que quiera sumergirse en ella e intente explicársela luego de verla. Como bien lo puso algún amigo nada cinéfilo que pudo verla: “Es tan entretenida y rara como ver una fusión de un capítulo de “Lost” con una teleserie brasilera de época”.

El comentario podrá ser pedestre pero no es superficial: “Misterios de Lisboa” se trata, como muchas películas de Ruiz, pero también como muchos folletines, de un enigma de identidad. En este caso, de un muchacho de 14 años llamado Joao, sin apellido, que gracias a las gestiones del sacerdote que lo cuidó toda su vida, ahora está preparado para conocer su orígenes. Viajar en el espacio es también moverse en el tiempo, hacia un pasado tabú, que en su caso involucra a una condesa, un déspota conde y una galería de personajes dobles (que se llaman de una manera pero que después son los mismos) donde cada momento es de una intensidad emotiva solo comparable a la del señor Rubio (Ignacio Agüero) en “Días de campo”: la suya es la empresa de un huacho buscando respuestas.

Muchas veces en entrevistas Ruiz bromeaba con la idea de que su cine no era “fácil”. “¿Para qué hacerlo fácil si se puede hacer difícil?”, dijo más de una vez. En rizar el rizo, espesar la narrativa, aglutinar referentes siempre fue un prodigio, un jugador de escondidas porque todo tesoro necesita ser buscado para ser tesoro. En “Misterios de Lisboa” Ruiz decidió liberar a los espectadores de esa tarea. Esta vez, su cámara (que vuela, se distorsiona, atraviesa puertas y espejos) es el arma desnuda de un perseguidor. En una de las secuencias más fascinantes de la cinta, cuando el Conde conoce a la futura Condesa en un baile, la persecución dura un plano secuencia de casi seis minutos.

Reside en esta incansable búsqueda, la misma que tantos personajes de Ruiz emprendieron en tantas películas, la misma en que tantas veces dio por triunfo el extravío y por meta la nada, el deseo más perpetuo de cine, y aquello que en definitiva lo elevó a Ruiz al rango de maestro de su disciplina: despegar a la emoción de la conciencia, y sumergirse en la aventura de hacerlo una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

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